Entrar a esa habitación fue como caminar directo a un abismo. Había luces frías, el zumbido de las máquinas, cables por todas partes, un olor penetrante a desinfectante… y en el centro, estaba él. Mi esposo. Mi Liam. Tendido en una cama blanca. Pálido, inmóvil. Con tubos en la nariz y la boca. Su pecho apenas se movía, sostenido por una máquina que lo mantenía con vida. Y yo… Yo solo podía mirar. Quise correr hacia él. Quise arrancarme los guantes, la bata, todo. Quise sentir su piel, su calor, su respiración. Pero no podía. No debía. El enfermero me dijo que solo tenía diez minutos. ¿Diez minutos para hablar con el amor de mi vida cuando no sabía si volvería a escucharlo? Me acerqué como si caminara sobre cristales. Mis piernas temblaban. Cada paso era una eternidad. Cada respi

