Verlo

890 Words
Las luces frías del hospital seguían encendidas, y el aire acondicionado me calaba hasta los huesos, pero yo ya no sentía frío. Lo único que sentía era vacío. Una sensación de muerte lenta en el centro del pecho. Clara se acercó a mí en silencio. Me acarició el hombro con ternura y me habló con esa dulzura que solo alguien que te quiere puede usar en medio de una tormenta como esta. —Ven —dijo en voz baja—. Vamos a darte un respiro. No puedes seguir así. Negué con la cabeza. No quería moverme de ese banco. No podía. ¿Y si el médico salía? ¿Y si algo cambiaba? ¿Y si Liam…? —Ana —insistió—. No estás sola. Arturo está aquí. Yo también. No te estoy pidiendo que te alejes… solo que tomes aire. Liam necesita que estés fuerte. Y eso me dolió más que todo. Porque yo me sentía rota. Me levanté finalmente, solo porque mi cuerpo ya no podía más. Me tambaleé un poco, y Arturo se acercó en silencio, rodeándome con el brazo para sostenerme. —He conseguido una habitación privada en el piso superior —me dijo—. Es pequeña, pero al menos podrás darte una ducha y descansar un poco. Clara irá a buscarte ropa limpia. Lo miré, con la voz atascada en la garganta. Quería agradecerle, pero solo pude asentir. Caminar por los pasillos fue como andar entre fantasmas. La gente pasaba, los monitores pitaban, y yo apenas escuchaba. El zumbido del dolor estaba por encima de todo. Subimos en el ascensor y entramos a una pequeña habitación blanca, sin alma, pero limpia. Arturo cerró la puerta con cuidado y salió, dándome privacidad. Minutos después, Clara regresó con una bolsa. Me había comprado una muda de ropa: pantalones de algodón suaves, una blusa holgada, ropa interior nueva, y una chaqueta. Hasta un cepillo de dientes y un shampoo de lavanda. —No me preguntes cómo, pero encontré una tienda abierta —dijo con una sonrisa cansada—. Vamos, dúchate. Te vas a sentir mejor. Me metí al baño. Me vi en el espejo y casi no me reconocí. Tenía la cara hinchada, los ojos enrojecidos, el maquillaje corrido, y el cabello pegado al rostro. Y el vestido… ese vestido blanco, ahora gris y rojo… fue lo peor. Me lo quité temblando, con una mezcla de rabia y tristeza, y lo dejé caer como un trapo muerto. Me metí bajo la ducha. El agua caliente golpeó mi piel, pero no alcanzó a lavar el dolor. Me enjaboné varias veces. Me froté los brazos, las piernas, como si pudiera arrancarme el horror. Y aun así… seguía sintiéndome sucia. Vacía. Cuando salí, Clara me estaba esperando. Me ayudó a vestirme, me abrazó fuerte. En la mesita de noche, Arturo había dejado un plato con comida: sopa caliente, pan tostado, un té. Me senté, pero no tenía apetito. —No puedo comer —susurré—. Me siento enferma. —Ana —dijo Clara con firmeza—. Tienes un bebé dentro de ti. Y ese bebé te necesita. Ahora más que nunca. La miré. Y vi la verdad en sus ojos. Me obligué a comer. Rápido. Casi sin saborear. Pero lo hice. Por Axel. Por Liam. Por mí. Cuando bajamos de nuevo, el tiempo parecía congelado. Todos seguían en el mismo lugar. Las mismas caras. La misma incertidumbre. Y entonces… el médico apareció. Su bata blanca, su rostro cansado. Todos nos pusimos de pie. La madre de Liam se adelantó como una flecha. —¿Cómo está mi hijo? El doctor respiró hondo. —Está vivo. Pero en estado crítico. El proyectil rozó una arteria importante. Logramos detener el sangrado, pero ha perdido mucha sangre. Y aún no se despierta. Está en coma inducido. —¿Podemos verlo? —No directamente. Solo a través del cristal de la unidad de cuidados intensivos. Deben prepararse. Su aspecto puede ser impactante. La señora Celia asintió. Y yo fui detrás de ella, como un fantasma. Caminamos por el pasillo en silencio. Cada paso me pesaba como si llevara piedras atadas a los pies. Arturo venía detrás. Clara me sostenía la mano. Cuando el médico nos guió hacia una sala con un gran ventanal, sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Y entonces lo vi. Liam. Mi Liam. Tendido en esa cama blanca, pálido como nunca, con tubos en su boca, vendas en el pecho, y rodeado de máquinas que pitaban cada ciertos segundos. Cables salían de sus brazos, monitores mostraban sus constantes. Sus párpados cerrados. Sus labios partidos. Y me quebré. Me aferré al marco de la ventana, con los ojos bañados en lágrimas. El alma rota. —¡Dios mío…! —murmuré—. ¿Qué te hicieron, mi amor? Quise morirme en ese instante. Cambiarme por él. Sacarme el dolor con las uñas. Apoyé mi frente contra el vidrio, deseando que pudiera sentirme. —Resiste —susurré—. Por favor, Liam… no me dejes. No le hagas esto a nuestro hijo. No me hagas esto a mí… Y aunque las máquinas sonaban, aunque las luces parpadeaban, lo único que yo podía ver… era el cuerpo del hombre que amo, luchando entre la vida y la muerte. Y mi corazón, sangrando en silencio junto al suyo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD