Tres meses después...
—Eres genial, Layla. —Guillermo, un compañero de clases, me sacude el hombro con emoción. En estos días hemos estado cursando dibujo y pintura en el mismo salón, y él siempre queda impresionado cuando le muestro mis trabajos.
—Exageras... —respondo avergonzada.
—No exagero. Incluso los maestros están encantados contigo. Eres muy buena. —Sonrío ufana. La realidad es que sí me alaban mucho en clase, no solo porque sobresalgo con los trabajos, también porque nunca falto, no fallo con las tareas y siempre doy más de los que se me pide, pese a que a diferencia de la mayoría aquí, debo trabajar también.
—Layla. —La voz seca de Esteban me causa escalofríos.
—Amor —respondo a su llamado con una sonrisa y me acerco a él. Dejo un beso casto sobre sus labios, pero este ni se inmuta, tiene su mirada sería clavada sobre Guillermo. Los demás lo saludan y él responde por cortesía, mas yo sé que está enojado.
—¿Nos vamos? —pregunta él con frialdad. Trago pesado ante su actitud. ¿Por qué su presencia me causa tensión? Digo, no siempre es así, cuando estamos a solas o con sus amigos él se muestra más relajado y la pasamos bien, pero últimamente se comporta extraño cuando estoy compartiendo con otras personas, en especial si se trata del sexo masculino.
Me despido de los demás y lo sigo. Le hablo de mi día y de lo bien que me está yendo en las clases. Él solo me escucha en silencio. Prefiero disimular que no pasa nada porque hoy no quiero discutir, aunque es obvio que algo le molesta.
—¿Me llevarás a casa? —pregunto. No sé si hoy saldremos o no, puesto que él no me ha dicho nada.
—Entonces no quieres pasar tiempo conmigo —asume.
—No he dicho eso. Es que no has hablado desde que nos subimos al auto...
—¿Y tú no puedes proponer nada? Si yo no tomo la iniciativa en todo nunca haríamos nada.
Y aquí vamos...
—¿Cómo quieres que tome la iniciativa si siempre estás a la defensiva y te enojas por cualquier tontería? Es que ya no sé cómo tratarte ni qué decir.
—Sabes lo que tienes que hacer para contentarme, pero tú no estás dispuesta.
—Te dije que me tuvieras paciencia... —Me muerdo el labio inferior.
—¡Paciencia te he tenido de más! —Se altera. Golpea el guía varias veces y maldice.
—Vamos a mi pieza... —Trago pesado—. Hoy te voy a complacer.
—Sabes que no me gusta ir a tu casa. Ese lugar pequeño es asfixiante, además le tomé repulsión cuando me rechazaste la primera vez y lo sabes.
¡A veces es tan inmaduro!
—Pero disfrutaste mucho la última vez que estuviste allí.
—Eso ya no es suficiente. Necesito sexo de verdad, Layla.
Suspiro...
—Está bien, tú ganas. Vamos a casa y me acostaré contigo —escupo molesta. A veces es tan manipulador que me hierve la sangre. Su rostro cambia de repente y una sonrisa turbia se le dibuja en los labios.
—¿Estás segura? No quiero que me calientes para luego dejarme con las ganas. Por cierto, cariño, ese tal Guillermo como que es muy confianzudo contigo. No me gusta que hables con él, es un propasado.
—¿Guillermo? Estás confundido. Él es un chico respetuoso y prudente.
—No, "Don perfecto". No me lleves la contraria que sabes que odio que lo hagas. Yo tengo más tiempo en la universidad que tú, por lo tanto, más experiencia. Conozco a los lobos como él, se acercan con esa carita de inocente para engatusar a las chicas ingenuas como tú. Te lo digo por tu bien. Tú sabes que no eres muy buena juzgando a las personas y que es fácil que los demás se aprovechen de ti.
Este es uno de los momentos en que cuestiono mi relación con Esteban. No respondo para evitar una pelea sin sentido. Entramos a la casa y, desde que cierro la puerta, Esteban se me lanza encima como si fuera una fiera.
—Espera... —Lo aparto de mí—. Así no...
—Así no, ¿cómo? —Esteban me mira con reclamo.
—Sé más delicado, por favor...
—Como digas... —Baja la intensidad al besarme, pero me acaricia de forma brusca. Nuestras ropas caen al piso y Esteban me tira en la cama. Su cuerpo sobre el mío es un poco asfixiante, sin embargo, lucho contra todos los pensamientos negativos para poder entregarme a mi novio.
Ya basta de ser la boba miedosa que tiene problemas en su relación por tonterías. Que otra persona haya tenido mala experiencia en su primera vez no significa que conmigo sea igual. Sí, todo mi drama es porque fui testigo de forma accidental de cómo una compañera de escuela perdía su virginidad. El chico fue tan brusco que ella salió lastimada y había mucha sangre en la sábana.
Días después me enteré que en realidad fue una violación, puesto que la chica fue drogada. Desde ese día le he temido al sexo y, por más de que trato de pensar diferente, me es muy difícil no recordar el sufrimiento de la chica y la sábana con sangre. Y el que Esteban sea tan rústico al acariciarme y besarme no me ayuda a disipar la tensión. ¡Estoy tan nerviosa!
—Esteban, se más delicado, por favor —ruego con la voz en un hilo. Mi cuerpo tiembla y el corazón me late tan fuerte, que siento que me sofoco. Es tan asfixiante su cuerpo aplastando el mío, mientras sus manos golpean mis muslos y aprietan mis bustos con fuerza.
—Sé cómo hacer el amor, Layla. De seguro ya te arrepentiste y buscas excusas para parar.
Sí, quiero que se detenga...
—No, es solo que nunca lo he hecho y temo que me duela.
—Siempre duele la primera vez. —Rueda los ojos. Sus palabras me ponen más tensa.
Esteban me abre las piernas y me penetra, bueno, eso intenta.
—Abre bien las piernas, Layla... —gruñe con frustración al no poder entrar. Por mi parte, grito por el dolor que sus embestidas me causan.
—Me duele... —lloro para que se detenga.
—¿Cómo te va a doler si ni siquiera he entrado? —Todo él denota enojo y decepción. Me siento tan insignificante en este momento.
—Te juro que me duele...
Esteban ignora los ruegos y sigue intentándolo, mas después de un rato sin obtener resultado, maldice a gran voz y se apea de la cama frustrado. Siento gran alivio cuando mi cuerpo se ve libre del suyo.
—¡Esto es el colmo! ¡Es como si tuvieras una barrera ahí abajo! ¡Qué ridiculez! —Empieza a vestirse de mala gana. Las lágrimas me mojan el rostro y se escurren hasta llegarme a las orejas, lo que me provoca un cosquillo molestoso.
—Esteban, espera… —No quiero que se vaya de esa manera; me duele estar peleada con él y que piense que hago esto adrede. Él no dice nada. Me mira con decepción y tristeza antes de marcharse, dejándome con el corazón sangrando y el pecho adolorido por la impotencia. Quiero correr detrás de él y pedirle que me entienda, que yo de verdad quiero complacerlo y ser una persona normal; sin embargo, me quedo aquí inerte como una piedra, con las lágrimas emanando de mis ojos irritados y el dolor ahogándome.
Esteban…, perdón…