Capítulo 3

1513 Words
Esos ojos grises... Ese cabello n***o y bien arreglado... Esos labios sensuales que dibujan media sonrisa y ese porte de hombre elegante y refinado me están dejando sin aliento. ¿Qué me pasa con este extraño? ¿Por qué me he quedado paralizada y sin palabras delante de él? No sé cuánto tiempo ha pasado ni qué tan raros nos vemos nosotros aquí parados, con las miradas conectadas y sin hablar. Solo estoy consciente de que esos ojos me tienen hipnotizada, de que la esencia de este hombre es como un imán que me atrae sin que pueda evitarlo. —Amor, aquí estás. —Y como si me hubieran echado un balde de agua fría encima, la voz de Esteban me saca del trance en el que me he sumido. Miro a mi novio con nerviosismo, quien arruga el rostro al encontrarse con el apuesto extraño, pero después de unos segundos de observación, agranda los ojos y su expresión se suaviza. —El señor me estaba dando su punto de vista acerca de las obras. —Por más que trato de evitarlo, la voz me sale temblorosa. —Creo que lo conozco... —Esteban entrecierra los ojos como si analizara al hombre frente a nosotros—. Se parece a un artista que mi amigo admira. Me tenía hasta la coronilla enseñándome fotografías en revistas y unos cuadros raros que no entiendo. Él le llama arte abstracto... —Esteban se pone un dedo sobre los labios. Miro al hombre sorprendida. ¿Él es un artista famoso? El rostro del extraño se tensa y es muy obvio que está molesto por algo. —Me confunde de persona —escupe un poco alterado y se marcha. No entiendo por qué se enojó; si no es él era solo aclarar que Esteban se confundió y ya. —Es él, estoy seguro —murmura Esteban sin apartar la vista de donde se encontraba el hombre, segundos atrás—. Pero me imagino que le molesta que lo reconozcan porque está metido en un escándalo y hasta dejó de pintar. —Para no gustarte el arte estás bien informado. —Sonrío maliciosa. —No es por gusto, es que Ferro no deja de hablarme de esas cosas. Me dijo que era una lástima que su ejemplo a seguir se hubiera retirado; al parecer el asunto fue serio. —¿Qué le sucedió? —Qué voy a saber yo. Ferro solo me dijo eso. Suspiro, ya más calmada gracias a la tonta conversación. Es un alivio que Esteban no haya notado lo que me pasó con ese hombre. ¿En qué estaba pensando? Tengo novio, no debo sentir estas cosas por otro hombre, esto no está bien. —Vámonos que mañana madrugo. —Esteban me saca de mi ensoñación. Camino junto a él sumida en mis pensamientos. Estoy desconcertada y me asusta esta sensación que no he podido apartar de mi pecho. Esos ojos... ¿Qué rayos me pasa? Tengo novio y lo quiero. Esto no significa nada, no; solo me ha deslumbrado que es artista... ¡Rayos! ¿A quién engaño? Me deslumbró todo su ser. Hay un no sé qué en él que me ha dejado cautivada. Soy una mala mujer, una infiel... —Has estado callada en todo el camino. —Me espanto al escuchar a Esteban. ¿Ya llegamos? —. ¿Estás enojada porque te dejé sola en la exhibición? —No... Es solo que no me siento bien... —No miento, de verdad me siento pésimo, pero es porque la culpabilidad me está torturando de forma cruel. —Ven aquí, chiquita. —Esteban se desabrocha el cinturón de seguridad y abre los brazos para recibirme. Me acurruco en su pecho y la gana de llorar me quema. ¿Qué es lo que está mal con nuestra relación? ¿Por qué siento que hemos perdido esencia? Yo soy la única culpable... Esteban me levanta el mentón y me besa de manera demandante, con esa pasión que hacía mucho no me demostraba. Me dejo llevar por él y por ese beso que provoca que mi corazón palpite fuerte. Su lengua me invade la boca de manera asfixiante, al punto de yo tener que detener el beso para poder respirar. Limpio la saliva que se ha regado en los bordes de mi boca y trato de recuperar la compostura. No me gusta que me bese así... —Te amo, mi amor... —dice sobre mis labios y vuelve a besarme. Esta vez me dispongo a corresponderle con la misma intensidad, lo que provoca que él jadee—. Vamos a tu pieza, preciosa... Me tenso... Si Esteban me ha pedido que entremos a mi casa es porque quiere hacer eso... Estoy tan rígida que parezco estatua. Lucho contra los temblores de mi cuerpo y fuerzo una sonrisa; él me sonríe de vuelta con la mirada brillante del deseo. Nos apeamos del vehículo y entramos. Puesto que este es un lugar barato, no contamos con un ascensor, así que nos toca subir las escaleras. Yo voy de forma lenta, como si no quisiera llegar nunca, mientras que Esteban no puede disimular las ansias y me toma del brazo con prisa. Suspiro cuando estoy frente a la puerta; hacer que la lleve entre en la cerradura se convierte en toda una odisea. Estoy tan nerviosa... Una vez la puerta se abre, Esteban me empuja adentro y la cierra con urgencia. No me da tiempo de asimilar nada, porque se me lanza encima como bestia hambrienta. Sus besos bruscos duelen y sus manos sobre mi piel se sienten rústicas e invasoras. «Es tu novio, no un extraño», me grita la conciencia. Pero ¿por qué lo siento incorrecto? No entiendo la razón para que mi cuerpo lo repele. Cada toque se siente como quemadura; una dolorosa e insoportable. Me echo para atrás por inercia, mas él se sigue abalanzando contra mi cuerpo con desesperación y poca delicadeza. Gimo del dolor cuando él me succiona el labio inferior y la jala con fuerza. Al escucharme, gruñe del deseo y me besa más fuerte. Esto es insoportable, me duele la boca. ¿Acaso confundió mi alarido de sufrimiento con excitación? Esteban me baja el vestido, dejando mi sostén al descubierto. Empieza a sobarme los senos con tantas ansias, que siento que me hace daño, que me mancilla. No lo soporto más... Las lágrimas empiezan a dejar mis ojos, pero él no lo nota. De manera magistral, se deshace del sostén y mis senos quedan expuestos a él, a su boca. No negaré que esta parte no se siente mal, que me gusta de cierto modo. —¡Auch! —me quejo cuando él me pellizca ambos pezones. No es un pellizco sensual ni agradable, no; es uno violento y que me duele. Su respiración agitada, junto a los sonidos raros que salen de su boca al besarme y acariciarme la piel, me provoca náuseas y repulsión. —Esteban... —balbuceo mientras trato de alejarlo de mi cuerpo, pero él me ignora. Empieza a bajarse los pantalones y es cuando me quedo pasmada y la angustia me hace temblar. ¿Piensa tomar mi virginidad de esta manera? ¿Ni siquiera nos acostaremos en la cama? —Hasta qué por fin cumples con tu deber... —me susurra sobre el cuello mientras termina de quitarme el vestido. No, no, no, no... —¡Espera! —Lo detengo alterada cuando, después de bajarme la braga hasta los tobillos, sostiene su falo dispuesto a enterrarse en mí. —¡No me digas que te arrepientes! ¡No me dejarás así, Layla! —No lo resisto. Estallo en llanto. —Perdón... Es que tengo miedo... —¡Eres una mujer no una adolescente! ¡Ya deja de ser tan frígida e inmadura! Con tu actitud solo lograrás que me canse de ti y me busque a una mujer de verdad, que sea capaz de complacerme. No... —Perdóname, por favor. Es que le tengo miedo a la penetración; sé que es estúpido, pero no puedo evitarlo. Solo te pido paciencia, por favor. Dame tiempo, ¿sí? Esteban inhala y exhala varias veces y luego me mira con remordimiento y me abraza. —Te he tenido lucha paciencia, amor. Todo porque te amo. Nunca le había soportado tanto a ninguna mujer. —Suspira—. ¿Qué haré ahora? Estoy demasiado excitado. —Haré lo que me pidas, solo no me presiones a tener coito hoy, por favor. —Lloro sobre su pecho. —¿Lo que te pida? —La manera en que lo dice me da escalofríos. —Sí... —digo dubitativa. Es así como, por primera vez, sé lo que es estimular a un hombre con la boca. Pese a lo repulsivo que me es y a que no paro de lagrimar, me las arreglo para que Esteban no note lo desagradable que es para mí hacerle esto. Soy una mala novia y una mala mujer... Si amo a Esteban, ¿por qué no puedo sentirme a gusto al tener esta intimidad con él?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD