Ha pasado un año desde que entré a la universidad y ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida. Me siento tan motivada y feliz. Al principio fue un poco incómodo adaptarme porque no estaba acostumbrada a socializar ni al gentío, mas con el tiempo y la ayuda de Esteban he logrado acoplarme. Es la primera vez que me siento tan bien al interactuar con otros estudiantes, puesto que en mi niñez y adolescencia sufrí de acoso y rechazo en la escuela, debido a que era la hija de una criada, a quien los señores de la casa donde su madre trabajaba les pagaban el colegio. No era un regalo del todo, porque le pagaban menos a mamá, pero se les agradeció la ayuda.
Mamá estaba tan feliz de que estuviera en un colegio bueno donde me darían una educación de altura, que no me atrevía a decirle sobre el infierno que viví allí. Un año antes de terminar la secundaria el señor de la casa murió y los hijos se llevaron a la señora a vivir con ellos al extranjero; pero para mi infortunio ella me dejó el año pago, así que pude terminar mis estudios secundarios allí.
Meses después de que empezara mi último año escolar, mamá empezó a enfermarse y fue cuando descubrí que ella padecía aquella extraña enfermedad desde años atrás, que la estaba destruyendo de a poco, pero que no trató a tiempo por falta de dinero.
Suspiro mientras me miro al espejo y trato de no llorar. Mamá hizo lo que pudo para que yo saliera adelante, ella ahora descansa de esa vida dura que le tocó vivir. Es por esto que pondré de mi parte para lograr mis metas, por ella, por su sacrificio, por mí...
Sonrío ante el espejo una vez más y muevo las ondas castañas claras que me caen por los hombros y terminan en la cintura. Mamá dice que saqué el tono de cabello de papá, quien lo tenía castaño claro con reflejos rubios. Los ojos verdes son de ellas. Mamá, pese a su descuido, era una mujer muy hermosa y de rasgos finos. Yo saqué su belleza y no me apena reconocerlo. Soy hermosa, aunque eso me ha causado muchos problemas en la vida. He tenido que lidiar con mujeres envidiosas que me maltratan porque se sienten opacadas con mi presencia, asimismo con hombres acosadores que se creen con el derecho de ultrajarme, solo porque soy una simple criada.
La notificación por parte del celular me saca de mis meditaciones y entiendo que debo apresurarme o Esteban se va a enojar. Salgo de mi pieza, que consiste en un pequeño cuarto donde me queda todo junto: baño, cama y cocina, y camino a toda prisa y con los nervios de punta.
—Otra vez tarde. —Es su saludo. Trago pesado y le sonrío de forma forzada.
—Lo siento... Pero acabas de llegar...
—Te dije que no quería esperar aquí afuera, amor. Sabes que cuando te paso a buscar me gusta encontrarte aquí, en la esquina, así no tengo que esperar. ¿Es eso tan difícil?
Me aguanto las ganas de llorar.
—No... Lo siento...
—Siempre lo estás sintiendo. Es tu culpa que tenga que ser así. Estás consciente de eso, ¿cierto?
No...
—Sí, lo entiendo.
—Pero ya no peleemos más, preciosa... —Se acerca y me besa. Le correspondo de forma mecánica porque ya no se siente como cuando empezamos a salir. Sé que está mal, pero no sé qué sucede conmigo. Esteban tiene su temperamento, pero es un buen novio. Yo soy la que no ha podido corresponderle como espera... Es que aún no me siento lista para dar ese paso.
Esteban habla animado mientras conduce y yo me limito a escucharlo. Está emocionado porque un amigo lo invitó a su exhibición de arte y, aunque a Esteban no le gusta mucho esa disciplina, se siente halagado porque no es una exhibición cualquiera. Allí asistirán personas importantes y famosas, puesto que el amigo de mi novio es adinerado y de buena reputación en la sociedad.
Llegamos al lugar y me siento incómoda. Esteban tenía razón en cuanto a mi vestuario, no está a la altura de la celebración y lo voy a avergonzar. Todo aquí es lujoso y caro. Pero ¿con qué dinero me iba a comprar un vestido a la altura de estas personas? Me gasté todo un sueldo para estar presentable esta noche, pero eso mi novio no lo valora.
Saludo a las personas con timidez, mientras que Esteban se lanza a ellos, aunque no los conozca. Ni que fuera el anfitrión.
—Amor, ¿por qué no te das una vuelta por la exhibición mientras yo me relaciono con estas personas y saludo a mi amigo? Sé que prefieres mirar cuadros en vez de estar en medio de personas tan sofisticadas, al fin y al cabo, es lo que estudias.
—Tienes razón... —Lo miro dubitativa—. Pero creí que me presentarías a tu amigo.
Esteban arruga el rostro.
—Esa era mi intención, pero... —Me mira de arriba abajo con desaprobación—. No puedo presentarte a él con esas fachas que te pusiste. ¿Qué pensará de ti? Por eso te dije que te vistieras a la altura, mi amigo es de la alta sociedad y no pasaré vergüenza delante de él. Oportunidades para presentarlos tendré de sobra, amor. Tú me entiendes, ¿cierto?
No, no entiendo qué tiene de malo mi ropa. Digo, no es de calidad, pero es un vestido de gala nuevo.
—Sí, te entiendo. —Finjo una sonrisa. Esteban me da un beso fugaz y desaparece de mi campo de visión con gran rapidez. Una sensación amarga me recorre el pecho y el sentimiento de abandono y decepción me asfixia.
Necesito un trago...
No suelo beber, pero ahora mismo me ahogaría en alcohol. Decanto por una copa de vino y decido que, ya que estoy aquí, disfrutaré de la exhibición. Observo cada pintura con fascinación y admiración, deseando ser tan buena como el artista que las ha creado algún día. Aunque apenas estoy cursando materias acordes a mi carrera, recibo muchos elogios por parte de mis maestros y compañeros, así que no pierdo la esperanza de llegar a ser una artista reconocida en el futuro.
—Esta obra es buena, pero al artista le falta pasión. También carece de ese ingrediente único que te hace reconocer a quién pertenece la obra, no sé si me explico.
La voz detrás de mí suena gruesa y con autoridad. Tomo un sorbo de mi copa ante los escalofríos que escuchar al desconocido me provoca. ¿Por qué me siento tan extraña? ¿Qué es esta electricidad en mi cuerpo?
—Entiendo... Es como una huella, ese toque que identifica al pintor y que hace que sus obras sean únicas. No un cuadro comercial más —respondo con tono pícaro. ¿De verdad le estoy coqueteando a un extraño que ni siquiera me he atrevido a mirar?
—Tú sí me entiendes. El artista aplica bien las técnicas, pero no hay pasión ni sentimientos en sus pinturas.
—Si no lo menciona, no lo habría notado. Tiene buen ojo para el arte... —dejo de hablar cuando, al girarme para saber con quién hablo, me encuentro con los ojos grises más profundos y hermosos que he podido apreciar en toda mi vida. No sé si el vino esté haciendo algún efecto en mí, pero ahora mismo estoy perdida en un trance sublime donde esa mirada que, parece dos estanques de aguas plateadas y cristalinas, me observa con intriga y curiosidad, o eso creo.
No puedo apartar la vista del elegante y apuesto hombre frente a mí, quien tampoco deja de observarme. No sé explicar este momento, pero pareciera que nuestras miradas fueran un imán porque ninguno dejamos de observarnos con esa intensidad que me provoca escalofríos.
¿Qué es esto? ¿Atracción a primera vista?