Sentada sobre mi cama, vuelvo a contar el dinero que el señor Lacroff me envió de propina. Es el doble de lo que gano en todo un mes en el café. ¿Por qué me lo dio? Por más que lo analizo no le encuentro lógica. «Tal vez se compadeció porque no tenías dinero para comprar comida». ¡Qué vergüenza! Aunque eso es mejor a que me esté pagando por lo que hicimos el sábado, como me sugirió Claudia. Digo, yo no fui buena amante, no tendría razón para pagarme tanto dinero. ¿Y si...? Mi corazón palpita frenético ante la idea. ¿Y si él siente algún tipo de compromiso conmigo, gracias a la intimidad que tuvimos el sábado? Es que él se preocupa por mí de una forma que me confunde. «Deja de fantasear». Esbozo un suspiro y guardo el dinero. Ni modo, tendré que esperar al miércoles para devolvérselo

