En este momento las alarmas del cuerpo deberían provocar un derroche de adrenalina, que, en su defecto, sería el combustible para yo correr lejos de él y pedir ayuda. Sin embargo, estoy aquí paralizada sin poder moverme ni hablar. Haz algo, tonta... Esteban me sostiene por los hombros y me empuja contra la pared. Debido al sonido brusco y el impacto, sé que lo ha hecho con fuerza, pero estoy tan conmocionada que no siento dolor. Grita, escapa, haz algo... No puedo... Aparte del miedo y de sus fuertes manos aferradas a mis hombros, siento el cosquilleo caliente viajar por las mejillas, lo que significa que estoy llorando. —Eres la peor mujer del mundo. Una maldita desgraciada sin sentimientos y de corazón frío —espeta él sobre mi rostro mientras me aprieta el cuello—. ¿Cómo es eso de

