Celeste sentía que su mundo de repente dio vueltas en el momento que escuchó esa pregunta directa del Teniente Tharso. ¿Será posible que cayó en la trampa que sus mismos padres intentaron liberarla? De tan solo pensarlo, sintió que la sangre se le helaba en las venas. Su cucharon, ese con que estaba comiéndose esa sopa de carne, tembló en su mano y tuvo que dejarlo sobre la mesa para disimular el temblor que se había apoderado de sus dedos.
—¿Cómo puede ser peligroso este lugar si estamos rodeados de soldados Licanos y superiores Fae? —preguntó tratando de sonar casual, aunque su voz salió más aguda de lo normal—. No logro comprender, ¿no es suficiente protección?
Tharso la observó con esos ojos azules penetrantes que parecían leer cada una de sus emociones como si fueran páginas de un libro abierto. Luego de mirarla lo suficiente, él se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa. Sus músculos se marcaron bajo la tela de su camisa áspera, y Celeste no pudo evitar notar la manera en que los hombros de él se tensaron.
—Los superiores Fae viven en la ciudad real de Sílfides, solo acuden cuando se les llama, o cuando es realmente necesario —dijo él, dando a entender que ellos eran solo título y pocas acciones— los únicos que permanecen aquí todo el tiempo, son los capitanes, es decir, usted. Debería saberlo… —agregó Tharso arqueando una ceja.
Cuando Celeste oyó eso, tragó saliva.
—Además —prosiguió el Licano—, cada campamento tiene protección, Capitana. Un halo de magia que impide la entrada de los Nocturnos —explicó con su tono militar formal, pero había algo en su voz que sugería que la explicación no sería tranquilizadora para ella—. Su gente, los Faes, utilizaron las Venas de Magia que corren bajo tierra para crear estas barreras mágicas. Esa es una red compleja de energía que rodea el perímetro del campamento.
Celeste frunció el ceño, tratando de procesar esa información. En el palacio real, nadie le había explicado los detalles técnicos de cómo funcionaba la protección de los campamentos militares. De hecho, ella no tenía idea de nada de lo que pasaba en los campamentos militares…
—Sin embargo —continuó Tharso, y su tono se volvió más grave—, esas barreras no son impenetrables. No son muros sólidos que los Nocturnos no puedan atravesar.
El cucharón que Celeste acababa de recoger volvió a temblar en su mano.
—¿Cómo que no son impenetrables… teniente Tharso?
—Nada en esta vida es invencible, Capitana. Los Nocturnos a veces logran entrar, otras veces no —respondió—. Depende del chupasangre en cuestión —continuó Tharso, observando cómo el rostro de ella se ponía cada vez más pálido—. Algunos vampiros son más poderosos que otros. Los antiguos, aquellos que han vivido por siglos, pueden atravesar las barreras como si fueran niebla, poseen un poder elevado que ganaron con los años, en cambio los más jóvenes se ven repelidos. Pero nunca sabemos cuál tipo aparecerá en nuestro campamento, si un Nocturno antiguo o uno joven.
Celeste tragó saliva con dificultad. Sus padres, los comandantes, le habían dicho que estaría segura aquí, que los Licanos la protegerían, pero nadie le había mencionado que los vampiros podían atravesar barreras mágicas como fantasmas en la noche.
—Por eso la noche es especialmente peligrosa —agregó Tharso sin dejar de mirar el rostro pálido de su nueva capitana—, porque es cuando ellos salen a cazar. Y nosotros, el Regimiento Luna Roja, somos quienes vamos a buscarlos antes de que vengan por nosotros. Salimos cada noche a patrullar el perímetro, a enfrentarlos en territorio neutral antes de que se acerquen al campamento y a las Venas de Energía mágica que tanto desean obtener.
Al escuchar eso, Celeste se quedó sin palabras. De repente, el pan en su boca le supo a tierra seca y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para tragar. Sin antes no tenía hambre, ahora no tenía ni una pizca de apetito.
—Cada noche, Capitana —repitió Tharso, notando su expresión de horror—. Cada noche hay al menos una patrulla del regimiento Luna Roja cazando vampiros en los bosques que rodean este campamento. Anoche, de hecho, estuvimos tres noches consecutivas en operaciones de caza.
—¿Tres días? ¿Y ha dormido algo?
—Si, unas seis horas —respondió Tharso, y luego agregó: — seis horas distribuidas en esos tres días.
Cuando él dijo eso, Celeste se dio cuenta de que, efectivamente, había notado las ojeras en el rostro del Licano, las líneas de fatiga alrededor de sus ojos. Ahora comprendía por qué.
Tharso por su parte la observó con detenimiento, notando cómo el rostro de la Fae de cabello azulado había perdido el poco color que tenía. Era evidente que nadie le había explicado la realidad de este lugar.
—¿Es usted una noble, Capitana? —preguntó el Teniente sin rodeos, inclinándose ligeramente hacia ella, mientras bajaba la voz —, disculpe el atrevimiento, pero debo insistir en eso.
Celeste sintió como si esa pregunta hubiera venido acompañada de un rayo. Sabía que mentir era necesario para proteger su identidad real, pero bajo la mirada intensa del Licano se sentía como si estuviera siendo interrogada por un cazador experto superior a ella que podía detectar cada mentira en vez de estar hablando con alguien de rango inferior a ella.
—Sí... soy una lady —admitió al fin Celeste en un hilito de voz—. Lady Celeste Halmort.
—Comprendo —dijo Tharso, asintiendo con lentitud mientras se acomodaba de nuevo en su silla—. ¿Y qué trae a una lady a un campamento militar en primera línea de batalla? Porque esto no es exactamente el lugar donde enviarían a una noble por razones convencionales… —declaró, mirándola hasta donde su vista le permitía.
Celeste sintió que su corazón se aceleraba. Necesitaba una mentira creíble, algo que explicara su presencia sin revelar su verdadera identidad. Ya había comenzado el engaño desde el momento en que el Comandante Supremo Adael la había presentado como "Capitana Celeste Halmort", y ella había seguido la corriente sin protestar incluso hasta ahora en ese instante. Pero la verdad era que su apellido real no era Halmort en absoluto: era Sílfides, el mismo nombre del reino Fae. Ella era Celeste de Sílfides, la princesa heredera al trono.
«Tengo que pensar en algo creíble ahora mismo», se dijo a sí misma mientras sentía la mirada penetrante de Tharso sobre ella. Fue entonces cuando las palabras salieron de su boca antes de que pudiera elaborar bien la mentira:
—Mi familia... mi familia estaba pagando una deuda —dijo, tratando de que su voz sonara convincente—. Una deuda muy grande con... con personas muy peligrosas. Los acreedores querían usarme como parte del pago, como garantía o... algo peor. Así que mis padres decidieron enviarme aquí para protegerme hasta que pudieran resolver la situación financiera —mintió, encogiéndose de hombros, llevando su mirada al plato de comida que ya estaba enfriándose.
Luego de oír esa explicación, el teniente Tharso la estudió con esos ojos que parecían capaces de detectar hasta las mentiras disfrazadas de verdades. Sus cejas se fruncieron ligeramente, y Celeste sintió como si estuviera siendo evaluada por un depredador que decidía si valía la pena o no comérsela viva. Los segundos se sintieron eternos bajo esa mirada escrutadora.
Después de lo que pareció una eternidad, él asintió con lentitud.
—Es comprensible —dijo finalmente Tharso—. Es normal que sea una lady, después de todo, todos los altos mandos Faes provienen de casas nobles. Los Faes comunes no llegan a rangos de capitán o comandante. Y es común entre nobles de tu especie tener deudas para costear sus estilos de vida lujosos…
Celeste sintió un pequeño alivio al ver que, por lo visto, el Licano había creído su historia.
—Debo aclararle algo, no me importan sus asuntos personales ni lo que la trajo aquí, Capitana —continuó Tharso con esa formalidad militar que mantenía siempre—. Mi trabajo es asegurarme de que funcione eficientemente como parte de este regimiento. Lo que necesito saber en este momento es si tiene experiencia en algo útil para nuestras operaciones.
Celeste se mordió el labio inferior, presintiendo que su respuesta no sería la que él esperaba escuchar.
—¿Qué tipo de experiencia, teniente Tharso? —preguntó con cautela, mordiéndose el labio inferior.
—Vuelo de vigilancia cuando use sus alas, manejo de armas de cualquier tipo, conocimiento de tácticas militares, estrategia de combate, primeros auxilios de campo, comunicación mágica a larga distancia —enumeró Tharso—. Cualquier cosa que pueda servirnos en las operaciones del regimiento. No es útil dejarla aquí durante las noches…
La joven e inexperta princesa sintió que el peso de su inexperiencia que hasta ahora sabía que tenía, caía sobre sus hombros como una losa de piedra. La verdad era dolorosa, pero era la verdad.
—No sé nada de eso, Teniente Tharso —admitió con una voz tan bajita que casi fue un susurro—. Lo siento mucho. Realmente no tengo experiencia en ninguna de esas áreas. Vine aquí porque a mis padres le sugirieron que era el mejor lugar para esconderme —susurró, y esta vez si dijo la verdad, aunque a medias, por supuesto.
Tharso se recostó en su silla, procesando esa información. En su mente, la situación le parecía una locura absoluta. ¿Cómo era posible que hubieran enviado a una noble, y ¡además una mujer! sin ninguna preparación militar a uno de los campamentos más peligrosos de toda la línea de frente? ¿Por qué habrían hecho semejante locura los altos mandos Faes?
Pero no podía cuestionarla abiertamente; ella era su superior jerárquico, y los Vínculos de Servidumbre que llevaba marcados en el corazón le impedían cualquier forma de insubordinación directa. El tatuaje de cadenas entrelazadas sobre su corazón comenzó a picarle un poco, recordándole su lugar en la jerarquía.
Sin embargo, Tharso sabía que, si quería que su regimiento sintiera al menos un mínimo de respeto por ella, tendría que mentirles a sus propios lobos. No podía presentarles a una capitana completamente inútil e inexperta. Sus soldados necesitaban creer que su líder tenía al menos alguna habilidad que justificara su rango para no sentirse tan frustrados por como por ser Fae, alguien inútil, un claro peso muerto, era superior a ellos.
—Por favor... —susurró Celeste de repente, y su voz sonó tan vulnerable, tan llena de súplica genuina, que Tharso sintió algo extraño y desconocido moverse en su pecho—. Le ruego que me guarde el secreto de que soy una lady en apuros. No quiero que los demás soldados piensen que soy... que soy una carga o algo peor.
Sus ojos verdes se llenaron de una súplica tan sincera que Tharso se quedó completamente inmóvil. La miró fijo, y por primera vez desde que la conoció en esos cuantos minutos, algo cambió fundamentalmente en su expresión. Sus ojos azules se abrieron un poco y sintió una calidez extraña subir por su cuello hasta sus mejillas.
Se sonrojó.
Escuchar a una lady Fae rogándole a él, un Licano jerárquicamente esclavizado, era algo que jamás en sus veintiocho años de vida pensó que vería. Era algo que desafiaba todo el orden establecido, todo el rango que conocía. Y, sin embargo, ahí estaba ella, con esos ojos enormes llenos de vulnerabilidad, pidiéndole ayuda.
En el fondo de la mente de Tharso, una idea oscura comenzó a formarse como una sombra siniestra. Esta mujer era débil, vulnerable, completamente indefensa en un lugar diseñado para guerreros curtidos. Sería tan fácil deshacerse de ella... Podría crear un "accidente" durante una patrulla nocturna: un ataque sorpresa de Nocturnos donde ella quedara expuesta, una caída "accidental" en una de las zanjas que rodeaban las Venas de Magia, cualquier cosa que pareciera natural en un lugar tan peligroso.
Lo más inquietante era que sabía que podría hacerlo a pesar de los Vínculos de Servidumbre. Ya había "probado" los límites de esos lazos mágicos en el pasado, y había descubierto que los accidentes... bueno, los accidentes «sí» podían funcionar a favor de un Licano si quería eliminar a un Fae. Los vínculos no podían castigar lo que técnicamente no era desobediencia directa.
Después de todo, él aborrecía a los Faes con cada fibra de su ser por lo que le habían hecho a su pueblo. Por los Vínculos de Servidumbre que lo obligaban a obedecer, por la esclavitud de toda su especie, por el genocidio de su familia real. Esta mujer representaba todo lo que él había jurado destruir algún día.
Pero mientras observaba su rostro bonito tan preocupado, esos ojos verdes llenos de miedo genuino y desprotección total, se dio cuenta de que no podía seguir con esa línea de pensamiento. Había “algo” en ella, en su vulnerabilidad genuina, que hacía que la idea de hacerle daño se sintiera... equivocada.
Si él, que había pasado menos de una hora con ella, ya la consideraba presa fácil, ¿qué pensarían el segundo teniente y el resto de su regimiento cuando la vieran? Los Licanos del Luna Roja eran los más resentidos de todos los regimientos, los que más odiaban a los Faes por las humillaciones diarias, por los compañeros perdidos, por las cicatrices que llevaban tanto en sus cuerpos como en sus almas.
Y ella estaba literalmente en la guarida de los lobos más salvajes de todo el ejército.
—Bajo ninguna circunstancia debe verse débil ante los lobos del regimiento, Capitana —le dijo Tharso con ese tono respetuoso pero firme que usaba con sus superiores—. Usted es la capitana y debe actuar como tal, sin importar lo que sienta por dentro. Debe ser ruda, autoritaria, inflexible. No puede mostrar dudas o vacilación ¿comprende? Fínjalo si no lo siente, pero no mire a los demás con esos ojos con los que me está viendo a mí, no le hable al resto como me está hablando a mí, y tampoco les pida ayuda… como me lo está pidiendo a mí.
Celeste asintió rápidamente, aunque su expresión mostraba que no tenía idea de cómo lograr eso.
—Y, sobre todo —continuó Tharso, mirándola directo a los ojos—, no tenga miedo. Los Licanos pueden olerlo. Tenemos sentidos muy agudos, y el miedo tiene un aroma distintivo que todos reconocemos al instante.
Al escuchar eso, Celeste sintió que el pánico se apoderaba de ella como una ola fría. Sus ojos se agrandaron y su respiración se volvió más rápida. Inconscientemente se encogió en su silla, haciendo que su postura se viera pequeña e indefensa.
Tharso movió su nariz ligeramente y el aroma a miedo llegó hasta él como una bocanada intensa. Era imposible de ignorar: ese olor acre y dulce al mismo tiempo que despedían las presas cuando se sabían en peligro.
—No haga eso —le ordenó Tharso con voz baja pero firme—. Justo eso es lo que no puede hacer. Relájese. Respire profundo y trate de calmarse, Capitana Celeste.
La princesa obedeció de inmediato, tratando de controlar su respiración mientras él la observaba con esos ojos que parecían evaluar cada uno de sus movimientos.
—Escúcheme bien, Capitana —dijo Tharso inclinándose hacia adelante una vez más—. Durante las tardes, cuando todos duermen después del almuerzo para descansar antes de las patrullas nocturnas, le enseñaré defensa personal básica. Es absolutamente necesario si va a estar aquí. Le enseñaré movimientos que puede usar contra un Licano, y contra un Nocturno… le serán útiles en el futuro —dijo Tharso, sintiendo que al hacer eso, era como si estuviera traicionando a los suyos, pero ahí estaba dándole “consejos” de supervivencia a otro enemigo.
Sin embargo, Celeste lo miró con sorpresa. No esperaba esa oferta de ayuda.
—También le enseñaré posturas de autoridad, cómo caminar como un líder, cómo hablarles a los soldados para que la respeten —continuó—. Si va a sobrevivir aquí, necesita aprender a proyectar fuerza, incluso si no la siente.
«¿Qué estoy haciendo? ¡No exageres en la ayuda!», exclamó Tharso en pensamientos, como reprendiéndose a sí mismo porque ni siquiera comprendía por qué estaba ofreciéndose para ayudarla tanto.
Mientras la miraba, tratando de analizar sus propias motivaciones, se dio cuenta de la respuesta que prefería no admitir: se había "ablandado" simplemente porque Celeste era una mujer hermosa…, si, quizás era eso.
Y las mujeres hermosas eran hermosas sin importar si fueran Faes, Licanas o incluso vampiras. Ellas tenían ese poder inexplicable sobre los hombres de cualquier especie los hacía actuar de manera irracional. Quizás todos los hombres caían ante ellas, en especial Licanos como él que llevaban meses sin contacto femenino real ni ese tipo de "acción". Las pocas mujeres que había en su regimiento eran guerreras curtidas, con cicatrices de batalla y músculos desarrollados por años de entrenamiento. Nada que ver con la delicadeza aristocrática de esta lady.
—Termine de comer —le dijo Tharso, carraspeando su garganta, y regresando a su tono profesional militar—. Tenemos mucho que recorrer y no disponemos de todo el día.