Cuando salieron de la tienda, Tharso caminaba con pasos largos, mientras que Celeste prácticamente tuvo que trotar para seguirle el ritmo. Ahora que estaba afuera, ella provechó para observar de reojo el nuevo lugar que sería "su hogar": había Licanos por todas partes, algunos usando sus uniformes, otros con los torsos al descubierto, caminando, entrenando, comiendo. También había mujeres, pero se veían tan rudas y curtidas que ella sintió temor de siquiera acercarse. Todos, sin excepción, la miraban cuando pasaba —se la quedaban viendo de una manera tan fija que la hacía sentir incómoda— pero ella no hizo nada al respecto, limitándose a seguir al Teniente Tharso hasta que se detuvo frente a una tienda que lucía mejor que el resto.
Tharso, con el disgusto aun amargándole la boca, hizo a un lado la tela gruesa de la entrada y depositó el equipaje en el interior. Le hubiera gustado tirárselo, pero se contuvo. Se colocó recto con las manos tras su espalda en la típica pose militar de descanso cuando estaban frente a un superior y, antes de hablar, le echó otra mirada rápida de pies a cabeza.
En esta ocasión notó que las botas de la capitana eran completamente nuevas, apenas tenían tierra encima. Su uniforme tampoco había sido confeccionado a la medida porque le quedaba algo ancho en los hombros y largo en las mangas. Todo indicaba que se lo habían dado a los apuros, prestado quizás. Todo era muy extraño.
—Esta es su habitación. Podrá instalarse y ponerse cómoda —dijo con formalidad—. ¿Ya comió, Capitana?
Esa última pregunta ella no se la esperaba, pero juzgando por su tono de voz y la forma tan rígida como estaba parado frente a ella, era evidente que el Teniente Tharso lo decía solo por protocolo, no porque realmente le importara si había probado alimento o no.
—Eh, aún no he desayunado... —admitió Celeste encogiéndose de hombros mientras se pasaba una mano por su cabello corto.
—Entendido. Vendré dentro de treinta minutos con su desayuno. Luego, dentro de una hora, exactamente a las seis y treinta, vendré a buscarla para hacerle el recorrido del campamento y que conozca nuestro regimiento —dijo con un tono que Celeste encontró forzado, como si intentara lucir correcto y profesional.
—Muchas gracias, Teniente Tharso.
Tharso se quedó serio, observándola.
—¿Necesita algo más, Capitana?
—No, no necesito nada más.
—Entonces solicito permiso para retirarme.
Celeste entrecerró los ojos, confundida, y luego tragó saliva.
—Sí, le doy el permiso.
—Se dice "permiso concedido", Capitana —corrigió Tharso mirándola de reojo. Era tan novata que ni siquiera sabía las terminologías básicas.
—Permiso concedido —respondió ella con rapidez, mientras Tharso le hacía una reverencia con la cabeza y se dirigía hacia la salida. Pero cuando estaba a punto de atravesar la entrada de la tienda, Celeste lo detuvo:
—¡Teniente Tharso!
Él se detuvo sin voltearse, aprovechando para hacer una expresión de exasperación que ella, por obvias razones, no pudo ver. Cuando finalmente se dio la vuelta, había recuperado su rostro serio y su pose rígida.
—¿Dígame, Capitana?
Celeste se humedeció los labios de manera nerviosa y luego miró hacia la cama perfectamente arreglada.
—¿Qué le sucedió... al otro capitán de regimiento?
Tharso hizo una expresión de extrañeza porque esa pregunta la encontró completamente fuera de lugar.
—¿No le informó el Comandante Supremo Adael?
Celeste supo que había metido la pata al preguntar, pero Adael no le había dicho nada sobre eso, apenas y habían podido hablar cuando lo vio.
—Aún no me han informado... y, siento curiosidad.
—El antiguo Capitán de regimiento murió la semana pasada en una misión aérea, Capitana —respondió Tharso como si eso fuera lo más común del mundo—. Recibió un ataque desde el cielo por parte de los Nocturnos y cayó al campo abierto de batalla. Cuando llegó a tierra firme, ya estaba muerto.
La joven Fae palideció al escuchar eso.
—¿Necesita saber algo más? ¿Algo que ya debería saber pero que, por lo visto, no está informada, Capitana? —preguntó Tharso lanzándole una indirecta sutil de que parecía una niña perdida en ese lugar.
—No, no necesito saber nada más.
—Entonces, solicito permiso para retirarme.
—Permiso concedido —respondió Celeste al instante, y en esta ocasión el Teniente Licano ni se molestó en disimular cuando le dirigió una mirada fría con esos penetrantes ojos azules que tenía, antes de retirarse y dejarla sola en la habitación que ahora era suya, pero que había pertenecido a un muerto.
REINO DE SÍLFIDES – PALACIO REAL
(Tres días atrás)
—Sus sospechas e informes son eran reales. Nosotros también hemos escuchado rumores de que hay espías entre nosotros y que planean matar a nuestra princesa heredera —dijo el Rey Fae Braull al Comandante Supremo General de las tropas Licanas.
Era de noche en el palacio real. En el salón de estrategias, donde se efectuaban los principales planes del reino, solo estaban presentes el Rey Braull, su esposa la Reina Grace y el comandante. Nadie más.
—Ya no confío en nadie —prosiguió el Rey—, ni siquiera en los magistrados o funcionarios. No sé si alguno de ellos está actuando en mi contra o pretende asesinar a nuestra hija —declaró el Rey Fae con una evidente preocupación.
—Es mejor que no confíe en nadie, Su Majestad. Los informes no fallan: nos han confirmado que hay Nocturnos con fuertes conexiones entre los altos mandos aquí en el palacio real. Tienen planeado atacar a la princesa heredera. Ella ya no está segura aquí en el palacio —explicó el comandante con seriedad—. Le aconsejo que la envíe al lugar donde jamás creerían que estaría.
—¿Dónde? ¿La enviamos a las afueras del reino? —preguntó la Reina Grace con preocupación.
—No, en las afueras podría ser más peligroso. No sabríamos si alguno de los sirvientes que vaya con ella, o incluso los contratados, son espías del Reino de Umbraluna donde viven esos demonios chupasangre. El lugar más seguro son los campamentos donde están los regimientos Licanos, Su Majestad.
—¿Qué? ¿Los regimientos de los Licanos? —cuestionó el Rey Braull—. ¡Mi hija no puede ir a ese lugar! ¿Acaso se ha vuelto loco, comandante?
—Es el único lugar donde ella puede estar segura. Un Licano jamás se aliaría con un Nocturno, así le ofrecieran todo el oro del mundo. Y recuerde: ellos son nuestros esclavos por los Vínculos de Servidumbre que portan. Su Majestad, la princesa está más segura entre Licanos que entre nosotros mismos.
Los reyes se miraron con pesar. Como lo más importante era su hija —porque con ella aseguraban el trono y el reino— no les quedó otra opción que acceder.
Como se trataba de una misión secreta, no llamaron a ningún sirviente para evitar llamar la atención. El rey y la reina fueron directamente a la enorme habitación de su hija, quien a esas horas de la noche seguramente andaba entretenida regando sus plantas en el jardín de su terraza.
Cuando entraron sin tocar la puerta, la encontraron exactamente como esperaban: con una regadera en la mano, echándole agua a sus flores mientras tarareaba una canción y levitaba con sus alas, pasando de maceta en maceta. Su largo cabello azul celeste —en honor a su nombre y del mismo tono que el de su madre— estaba recogido en un moño mientras usaba un pijama tan hermoso que para alguien común podría ser fácilmente un vestido de día.
Al ver a sus padres, Celeste se volteó con una sonrisa, aterrizó suavemente y sus alas brillantes de tono traslúcido violáceo desaparecieron. Todos los Faes tenían alas, pero al igual que los Licanos podían cambiar de forma, los Faes podían hacer aparecer o desaparecer sus alas a voluntad mediante su poder mágico. En ese momento, los reyes tampoco mostraban sus alas, ya que estas solo aparecían cuando deseaban volar. Mientras tanto, tenían apariencias casi humanas, a diferencia de sus colores de cabello que en su mayoría eran tonos mágicos: azules, violetas, verdes, blancos. El rey tenía cabello violeta y ojos azules, mientras que su esposa lucía cabello azul claro y tenía unos ojos verdes hermosos, igual que la princesa Celeste.
—Padre, madre —dijo Celeste con una sonrisa, acercándose para abrazarlos—. ¿Qué hacen aquí a estas horas? Ya me iba a dormir, solo quería regar mis plantitas antes. Mis orquídeas florecieron, ¿no les comenté?
El Rey Braull y la Reina Grace se miraron con pesar y decidieron no perder tiempo en explicarle la situación.
—Hija, tenemos algo importante que decirte —explicó el Rey Fae con seriedad.