Treinta minutos después, Celeste conocía toda la verdad: las sospechas de espías, el posible intento de asesinato en su contra, y la necesidad de resguardarla en los campos del ejército. Cada cosa que le decían sonaba peor que la anterior, y lo único que sentía Celeste era terror porque sus padres le estaban diciendo en pocas palabras que debía huir como una criminal de su propio hogar.
Ella había nacido en el palacio real. Toda su vida y todo lo que conocía era el palacio de Sílfides. Salía poco a la ciudad porque las leyes dictaban que los príncipes herederos no debían mostrarse ante el pueblo hasta el momento de la coronación. Esto servía como resguardo de seguridad debido a la guerra contra los Nocturnos del Reino de Umbraluna. Pero ahora sus padres le decían que debía dejarlo todo de un momento a otro.
—Pero ¡¡¿Cómo voy a ir a ese lugar, madre, padre?! —exclamó Celeste, mirándolos con horror—. Nunca he tratado con un Licano en mi vida, no sé nada de cosas militares o de guerra. ¿No estaré en mayor peligro ahí? ¿No podrían llevarme a la casa de campo real? Ahí estaría más segura.
—No, mi niña —dijo la Reina Grace acercándose a su hija y tocando sus mejillas con amor—. No estarás segura. Estamos en un punto donde no confiamos en nadie. Corres peligro.
—¡¿Y ustedes?! ¡Ustedes también corren peligro si es así!
—Toda la familia real corre peligro, pero si nos llega a pasar algo, el reino seguirá en pie mientras la princesa heredera siga con vida. Así que tú eres la prioridad.
En ese momento tocaron la puerta tres veces, y la voz del otro lado anunció:
—Es el comandante, Sus Majestades.
—Pase —ordenó el Rey Braull.
El comandante entró llevando unas tijeras y una muda de ropa azul oscuro. Celeste observó al Fae con preocupación al ver que usaba el uniforme militar del reino: un traje gris de cuello alto con botones dorados y pantalones oscuros con botas de cuero del mismo color. El conjunto hacía juego con su cabello blanco. Con seriedad absoluta, se acercó a ella:
—No podemos perder tiempo. Debemos irnos esta misma noche, y para eso... debemos hacerle unos cuantos cambios, su majestad —dijo el comandante viendo a la princesa.
Celeste, al ver las tijeras, supo inmediatamente a qué se refería. Llevó sus manos instintivamente hacia su larga y sedosa cabellera azul claro. Con horror miró a sus padres y luego al comandante.
—Mamá, papá... ¿él pretende cortarme el cabello? Supongo que solo serán las puntas, ¿verdad?
—Sí, solo serán las puntas —mintió el comandante para que ella colaborara, porque al parecer la princesa heredera aún no comprendía la magnitud de lo que estaba sucediendo.
Veinte minutos más tarde, y varias lágrimas después, Celeste contempló con horror cómo su largo cabello —que en sus veintidós años de vida apenas había sido cortado— yacía en largos mechones sobre el suelo. Traumatizada, se tocaba la nuca y al sentirlo tan corto se asustaba aún más.
—¡Mamá, papá, no quiero hacer esto! —exclamó mientras sus padres, que también sufrían con ella, la consolaban lo mejor que podían.
—Es necesario para salvar tu vida. Tienes que ser fuerte, Celeste. Estarás bien —la tranquilizó su madre.
—Su Majestad, vístase con esto —dijo el comandante entregándole el uniforme—. Mientras tanto, empaquen solo lo necesario. Princesa, no se lleve vestidos o joyas. No las necesitará en los campamentos de los regimientos Licanos.
Mientras Celeste se vestía con el uniforme militar —pantalón oscuro de cuero, botas altas y una túnica de manga larga azul oscuro con botones dorados y cuello alto— los reyes empacaron lo que consideraron esencial. Lograron llenar tres maletas, y cuando ella estuvo lista, todos se dirigieron por uno de los pasadizos secretos junto con el comandante.
Celeste, que ahora tenía la apariencia de una soldado, apenas estaba asimilando todo, pero debía seguir adelante por su seguridad. Cuando llegaron a la salida, un caballo los esperaba junto con otro Fae: era otro Comandante Supremo de un regimiento diferente. Este se acercó a la princesa, le puso una capa con capucha y le explicó:
—Ya estamos listos. Llegaremos en tres días al Campamento Vena Plateada. Ahí están dos de los tres regimientos de élite: el Regimiento Luna Roja y el Regimiento Colmillo de Acero. Estará más que segura con ellos, Su Majestad.
Celeste no entendía completamente la situación, pero asintió con la cabeza. Cuando estaba a punto de montar el caballo, se volteó hacia sus padres.
—Mami… papi —susurró ella sintiendo un nudo en su garganta.
—Nos veremos pronto, hija mía. Mientras tanto nos encargaremos de buscar quién pretende traicionarnos, pero lo haremos más tranquilos sabiendo que ya no estarás aquí. Pronto regresarás, no te preocupes —dijo el Rey Braull abrazando a su princesa.
La Reina Grace también se acercó a abrazar a su hija y, como esta seguía llorando, le limpió las lágrimas:
—Cuídate mucho, pórtate bien, y no te enamores de ninguno de esos Licanos, ¿entendido?
Lo dijo a modo de broma, porque era imposible que algo así sucediera. Por eso los tres —padre, madre e hija— comenzaron a reírse entre las lágrimas.
—Sí, prometo que me portaré bien —dijo ella con voz temblorosa mirando a sus amados padres—. Espero verlos pronto. Vengan a salvarme rápido, por favor —suplicó Celeste. Después de darles otro fuerte abrazo y besos de despedida, uno de los comandantes la ayudó a montar el caballo.
—Protegeremos a la princesa heredera con nuestras vidas, y nadie sabrá su verdadera identidad para mayor protección —prometió uno de los comandantes con seriedad.
—Exacto. Que nadie sepa que ella es la princesa heredera. Aunque dicen que estará segura, no podemos arriesgarnos. Celeste es muy importante.
—No se preocupen, estará bien. Adiós, mi Rey, mi Reina. Que los dioses Faes los protejan.
Sin decir nada más, los dos comandantes partieron rumbo al campamento asignado, sin tener idea de que esa sería la última vez que Celeste vería a sus padres…
Tres días después de un viaje que ella consideró extenuante —porque nunca había durado tanto tiempo montada a caballo— llegaron al Campamento Vena Plateada, ubicado estratégicamente cerca de una de las Venas de Magia que los Nocturnos querían apoderarse.
Las Venas de Magia eran ríos de energía viva que corrían bajo tierra. Tanto el Reino de Sílfides como el Reino de los Licanos, llamado Valtheron, tenían muchos de esos ríos mágicos subterráneos que los Nocturnos codiciaban. Pero gracias a las fuerzas Licanas y Faes, no habían logrado conquistarlos.
El Campamento Vena Plateada albergaba los dos regimientos más importantes: el Regimiento Luna Roja, especializado en ataques de asalto nocturno contra los Nocturnos, y el Regimiento Colmillo de Plata, que funcionaba como fuerza de choque.
Cuando llegó, aún no había amanecido, y quien la recibió fue el Comandante Supremo Adael, a quien habían informado a medias sobre la situación. Al ver a la princesa, apenas supo cómo actuar.
—Es seguro que se quede en tu regimiento, Adael. Los Licanos de asaltos nocturnos no sospecharán nada, y ella puede justificar que hará trabajo de papeleo como capitana —le explicó uno de los comandantes que la había escoltado.
—¿Seré capitana? —preguntó Celeste cuando ya estaba reunida con los tres Faes comandantes.
—Por supuesto. Todos los Faes son comandantes supremos o capitanes, Su Alteza. Nunca menos que eso. Los rangos más bajos, desde tenientes hasta soldados rasos, son para los Licanos.
—Oh... co-comprendo —dijo Celeste, poniéndose nerviosa mientras se llevaba una mano al cabello corto, pensando que apenas comprendía todas esas terminologías militares.
TIEMPO ACTUAL - TIENDA DEL CAPITÁN DE REGIMIENTO
Celeste aún no había desempacado nada. Estaba sentada en el borde de su cama —una litera con sábanas gruesas de color gris— comprendiendo que esa sería su habitación por quien sabe cuánto tiempo.
El suelo de su tienda estaba cubierto con una alfombra rojo oscuro. En un extremo había una mesa con una linterna de aceite y dos sillas. Colgado frente a la mesa había un mapa donde se podían ver con claridad los tres reinos: Sílfides, el reino de los Faes —su reino— en el centro; el reino de los Licanos, Valtheron; y en el otro extremo, el reino de Umbraluna, territorio de los vampiros.
Tres especies, tres reinos, y ella ahora se sentía en el epicentro del desastre.
Sí, era una princesa heredera. Sí, debía conocer la situación de su reino, y la conocía. Pero jamás pensó estar en el epicentro de la guerra. Se suponía que los reyes no pisaban estos lugares; para eso estaban los Faes comandantes, los Licanos... Pero ella ahora estaba ahí, supuestamente a salvo, en el lugar donde se sentía más desprotegida.
—Capitana Celeste —se escuchó de repente la voz grave de Tharso del otro lado de la tienda.
La voz del Licano la hizo estremecer, sacándola de sus pensamientos.