El abismo de la verdad

1158 Words
— ¡Maldición! — gritó Leonardo en el interior de su oficina. Desde afuera, las pocas personas que transitaban cerca lograron escucharlo, gritar, algunos se asustaron, otros se preocuparon. Pero al ser él, nadie se atrevía a querer acercarse para saber qué pasaba, si bien todos sabían que ninguno era de mucha confianza para Leonardo, más bien, ninguno de ellos eran las personas correctas para acercarse a él en momentos así. Por suerte, y para calmar la situación, Mario venía caminando por ese pasillo, se dirigía a la oficina de su mejor amigo, llevaba en manos dos vasos para llevar de Starbucks con capuchino para ambos, era su tiempo de descanso y quería compartirlo con Leonardo, sin embargo, se enteró de la conmoción, y decidió apurarse para saber qué le pasaba, y ver si sería capaz de controlarlo. Al ingresar en la oficina de Leonardo, Mario se apresuró para dejar los cafés sobre el escritorio de su jefe y así después cerrar la puerta de su oficina que dejaba ver todo el desastre que se apoderaba de su interior, las miradas de los demás se desviaban hacia ese sitio, y Mario no quería que se dieran cuenta de que Leonardo tenía esos altibajos en su personalidad para que no pudieran aprovecharse de esa ocasión en nombre de su beneficio. — ¿Qué demonios pasó aquí, Leonardo? ¿Estás bien? — preguntó Mario, sintiéndose muy preocupado de ver la alteración tan inesperada que dominaba a su mejor amigo. — No, Mario. Nada de esto está bien. Nada me está saliendo bien desde ese momento en que Claudia… — Leonardo se interrumpió. — Desde que Claudia se dio cuenta de tu traición con Sofía, ¿No es así? — Mario decidió continuar con su frase. Leonardo asintió, vio el café sobre su escritorio, y lo tomó. Estaba caliente, olía fuerte a capuchino, era su favorito, y aprovecho que así era para beberlo sin importarle que fuera a querer quemarle la lengua, puesto que Leonardo necesitaba controlar su cuerpo, y en ciertas ocasiones, la cafeína era su mejor remedio para volver a recuperar la compostura y la razón en situaciones de tensión. — ¿Y ahora? ¿Qué fue lo que pasó? — preguntó Mario con intriga, sentándose en la silla de enfrente del computador de su mejor amigo. — Claudia, ella está comenzando a arruinarme la vida. Se ha metido con mi empresa, con mis asuntos personales, y eso no lo pienso permitir. — Pero, Leonardo. Por favor, sé honesto y dime qué fue lo que pasó. Quizás pueda ayudarte — con poca paciencia, Mario insistió, bebiendo de su café por ratos, cuando se quedaba callado, pues que Leonardo no le dijera las cosas directamente, era como si le estuviera haciendo perder el tiempo, y a Mario eso no le gustaba, porque tenía mejores cosas que hacer que estar tratando de averiguar qué pasaba por la mente de su mejor amigo. — Lo siento, lo siento. Es que todo esto, ha sido una mierda. No puedo creer como fui tan imbécil de dejarme convencer de acostarme con mi secretaria. Es decir, Mario, ¿En qué momento Claudia se dio cuenta de mis infidelidades? ¿Desde cuándo me espía? — Leonardo estaba bastante frustrado y descontrolado. No había nada ni nadie que fuera capaz de controlar sus sentimientos en este momento. — No lo sé, quizás eso sea algo que debiste de haber pensado antes de serle infiel tan seguidamente, ¿No crees? De cualquier manera, ella iba a sospechar. Claudia no es ninguna tonta, y si ya te descubrió, créeme que ella no descansará hasta verte arruinado, hasta cobrar venganza y hacerte sufrir por todo lo que tú le has hecho a ella. Ya sabes muy bien cómo es. Mario no estaba convencido de que esa conversación sirviera de algo. — Sí, eso es cierto. Pero, ¿Meterse con mi empresa? ¿Quién se cree ella que es para tener el control sobre eso? — además de frustrado, Leonardo se escuchaba desesperado y confundido. — Ella es tu esposa, además es tu socia. Tengo entendido que cuando ustedes se casaron, para echar a andar la empresa, ella donó una buena cantidad de dinero para que la empresa funcionara y así ganar dinero por regalías, si no estoy mal, creo que hasta se firmó un contrato de ese caso, y ella lo tiene guardado. Al escuchar esa respuesta, Leonardo golpeó el escritorio fuertemente con su mano vacía, que no sostenía un café, y con la otra, casi aprieta el vaso tan fuertemente que terminó por regar un poco de capuchino hasta que se dio cuenta de lo que hacía y lo soltó. Mario tomó una servilleta que se guardaba en el bolsillo de su pantalón para cuando salió de la cafetería después de comprar los cafés, y se la entregó a Leonardo para que él pudiera limpiarse. Leonardo la aceptó y así lo hizo. Leonardo respiró hondo, intentando recuperar el control de su temperamento. Su mente estaba hecha un caos, y el café caliente no bastaba para aplacar la furia que lo consumía. Miró a Mario con una mezcla de incredulidad y frustración. —Tiene que haber una forma de anular ese contrato —murmuró, casi para sí mismo. Mario entrecerró los ojos, apoyando los codos sobre el escritorio. —A menos que quieras pelear en los tribunales con Claudia, no veo cómo podrías hacerlo. ¿Acaso tienes idea de lo meticulosa que es? Seguramente ya tiene todo listo para hacerte pedazos si intentas mover una ficha en falso. Leonardo apretó la mandíbula. Estaba atrapado en una telaraña que él mismo había tejido. No podía permitir que Claudia tomara el control de su empresa, mucho menos que lo humillara públicamente. Pero antes de que pudiera responder, su celular vibró sobre el escritorio. La pantalla se iluminó con un mensaje desconocido. Sé lo que hiciste, Leonardo. Y créeme, esto apenas comienza. El corazón le dio un vuelco. Levantó la vista hacia Mario, quien notó su palidez repentina. —¿Qué pasa? —preguntó su amigo con seriedad. Leonardo no respondió de inmediato. En su mente, las posibilidades se agolpaban, cada una más aterradora que la anterior. ¿Era Claudia? ¿O acaso alguien más estaba detrás de todo esto? El celular volvió a vibrar. Otro mensaje. Si crees que esto es un juego, espera a ver lo que viene. Te estaré observando. Un escalofrío recorrió su espalda. Mario le arrebató el celular de las manos y leyó los mensajes. —Mierda… —susurró, alzando la vista hacia Leonardo con gravedad—. Esto es peor de lo que creíamos. Leonardo tragó saliva. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un miedo real apoderarse de él. Y lo peor de todo era que no tenía idea de quién estaba al otro lado del teléfono. —¿Quién demonios nos está espiando? —susurró, sintiendo que el suelo bajo sus pies comenzaba a desmoronarse.
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