A la hora del almuerzo, Leonardo salió de su oficina. Antes de marcharse, dejó un mensaje en el celular de Sofía, asegurándose de que ella estuviera al tanto de cualquier novedad en su ausencia.
Sofía, saldré a almorzar. Por favor, que nadie me moleste. Regresaré cuando pueda. Mantente atenta a cualquier cosa dentro y fuera de la oficina… alguien nos observa. Cuídate.
Tras enviar el mensaje, guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y se marchó.
Sofía leyó el mensaje con una mezcla de fastidio y resignación. Cada día que pasaba, las cosas parecían ir de mal en peor. Desde aquella noche en la oficina con Leonardo, todo lo que ella había imaginado como el romance perfecto entre una secretaria ejecutiva y su jefe —el CEO de una de las empresas más importantes del país— se había desmoronado.
Pero hoy no. Hoy no jugaría su juego.
Estaba cansada de ser la obediente Sofía, siempre dispuesta a cumplir sus órdenes, a anteponer sus necesidades a las suyas. No esta vez.
Cerró la pantalla de su computadora, tomó su celular y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Sin pensarlo demasiado, salió de la oficina y se dirigió a los casilleros del personal, donde guardaban sus pertenencias durante la jornada. Al abrir el suyo, sacó la billetera; no había preparado almuerzo, así que tendría que comer en la cafetería del edificio.
Cerró el casillero con un chasquido y salió rumbo al ascensor. Al llegar al primer piso, pasó junto a la recepción y se dirigió a la cafetería, usando su tarjeta de acceso electrónico. A pesar de que a veces llevaba su propia comida y solo utilizaba el espacio para sentarse y despejarse un poco del trabajo, hoy le vendría bien el buffet libre y gratuito de la empresa. Después de todo, la comida era deliciosa.
Se acercó al área del buffet, tomó una bandeja y comenzó a recoger platos, cubiertos y un vaso. Justo cuando se disponía a servir su almuerzo, una voz familiar la sacó de sus pensamientos.
—Hola, Sofía. Veo que hoy también almorzarás aquí —dijo Mario, colocándose detrás de ella en la fila.
Sofía giró levemente la cabeza y le dedicó una sonrisa cordial.
—Hola. Sí, no tuve tiempo de preparar nada anoche. Además, el buffet de aquí es buenísimo —respondió mientras pasaba su plato a la encargada de las sopas.
La mujer le sirvió una porción de sopa de tomate y le devolvió el plato. Sofía lo colocó en su bandeja y avanzó al área de las proteínas, sin notar que Mario la observaba con una expresión pensativa.
Mario también pidió sopa de tomate para él cuando llegó su turno.
— Lo entiendo, las cosas han sido muy complicadas estos días como para tener cabeza y querer cocinar, para llevar a la oficina, aun sabiendo que tenemos este privilegio — respondió Mario, también recibiendo su plato de sopa y poniéndolo sobre la bandeja.
Sofía asintió, y pidió que le sirvieran pollo salteado en verduras al estilo chino, con una porción de rollitos de primavera fritos, y una porción de fruta para acompañar su almuerzo, además de jugo de naranja frío.
Terminaron de servirle, y ella se fue a buscar una mesa vacía que por suerte encontró rápido. Mario se quedó pidiendo que le sirvieran arroz oriental con pollo a la naranja y papas a la francesa y una Coca Cola.
En cuanto tomó su bandeja, se apuró a acercarse a la mesa de Sofía, la cual ya había comenzado a comer sin preocuparse por esperarlo para que la acompañara a en la mesa.
— Lo siento. ¿Puedo sentarme contigo? — preguntó Mario, aun permaneciendo de pie frente a ella, con su bandeja sostenida en manos.
— Está bien… — respondió con inseguridad. Pero antes de que pudiera decir algo más, Mario se sentó frente a ella, poniendo la bandeja sobre la mesa, y agarrando la cuchara para comenzar a beber su sopa que estaba caliente y antes de que se le enfriara.
— Y dime… ¿Qué es lo que piensas hacer al respecto? — preguntó Mario en cuanto sintió que un silencio incómodo se formaba entre ambos.
Sofía trataba de comer, pero con la presencia de Mario era imposible comer a gusto. Ella estaba incómoda, y no es porque fuera él, simplemente, parece que ya no quería tener más nada que ver con la vida personal de Leonardo, y eso incluía a las personas más cercanas, incluyendo a Mario.
— ¿Con respecto a qué? ¿A lo que sucede con Claudia y Leonardo? — ella preguntó, su mano jugaba con la cuchara que permanecía dentro de la sopa de tomate.
— Sí. De eso estoy hablando — él respondió con seguridad, comenzó a comer como si realmente las cosas que estaban sucediendo le hubieran afectado en lo más mínimo.
— No lo sé, no he estado pensando en eso realmente — ella mintió, porque en realidad, sí había estado pensando mucho acerca de ese asunto. Desde ese día, no había conciliado el sueño de la manera que lo hacía antes, y su mente siempre se divagaba en esos pensamientos y preguntas que no tendrían respuesta.
Mario la miró a los ojos, y se dio cuenta de que Sofía estaba mintiendo.
— Sofía, no me mientas. No soy Leonardo, puedes confiar en mí aunque sea su mejor amigo.
— Lo siento, Mario. En este momento no tengo cabeza para nada. No quiero hablar de ese tema. ¿Podríamos comer en silencio, por favor? — la paciencia de Sofía se apagó.
Mario no dijo nada, y decidió obedecer, Sofía estaba irritante y no es para menos, él la entendía, porque hasta él mismo estaba involucrado en los problemas de Leonardo, y por su culpa, hasta había querido renunciar, tomar su liquidación, y largarse muy lejos de la ciudad aprovechando que no tenía familia que lo retuviera a hacerlo.
Sofía terminó de comer primero, tomó su bandeja de platos sucios, y la llevó hasta su lugar correspondiente, después, sin decirle nada a Mario, simplemente, ella se marchó.
Mario se quedó allí, mirándola, y pensando como demonios es que su supuesto mejor amigo los había logrado meter a él y a esa lindura de mujer en estos problemas que aparentaban ser mucho más serios que una simple traición.