LIAM El silencio pesaba como plomo. El eco de mi respiración aún rebotaba en la puerta, mi frente pegada a su clavícula, mis brazos tensos sosteniéndola como si el mundo estuviera tratando de arrancármela. Seguía dentro de ella, todavía duro, todavía latiendo, como si mi cuerpo no quisiera soltarla aunque mi cerebro ya gritaba que había ido demasiado lejos. Sus dedos estaban en mi nuca, pero ya no me apretaban con esa desesperación de segundos atrás. Estaban quietos. Y eso me encendió todas las alarmas. Abrí los ojos y la miré. Su rostro estaba rojo, sus labios hinchados por mis besos, sus ojos brillaban con ese fuego que tanto me volvía loco… pero detrás del brillo había algo más. Un temblor. Miedo. Me tensé. Tragué saliva, apartando el cabello sudado que se le pegaba a la mejilla.

