LIAM El sonido del teclado era como un mantra. Rítmico, constante, hipnótico. Me perdí entre líneas de código, funciones, comandos, ecuaciones. Era como volver a casa. Ahí, en ese espacio donde el mundo se apaga y todo lo que importa es que cada instrucción haga lo que debe hacer. Donde cada número tiene sentido, cada error es un reto, y cada éxito se siente como un orgasmo mental. Estaba solo. Y lo agradecía. Me gustaba programar con música a todo volumen en mis audífonos, sin interrupciones, sin palabras. Solo yo, mis ideas, y ese universo hecho de lógica y caos ordenado. Hasta que algo cambió. Una presencia. Un movimiento sutil, al borde de mi visión periférica. La energía del aire se volvió distinta. Giré el rostro, aún con los audífonos puestos, y la vi. Ahí estaba. Saanvi.

