LIAM La noche se me quiebra en pequeños ruidos: pasos que reverberan, una puerta que se cierra con fuerza, la voz metálica del médico recortando instrucciones que no tengo ganas de escuchar. Me curan donde se ve, cosen lo que sangra a la vista, me limpian la cara con un paño frío que huele a hospital. Dicen que tengo que ir al hospital para un chequeo más profundo, que hay contusiones internas que no se recomiendan tomar a la ligera. Asiento sin fuerza; la palabra “hospital” suena a trámite y a garganta seca. No tengo energía para negociar con el cuerpo. Todo está administrado por otros: la medicina, la orden de custodia, la cadena de evidencias. Yo me siento como un animal observado detrás de un vidrio. Me llevan a una sala de interrogación en la que la luz pende baja, como si el techo

