LIAM Despertar no duele. Lo que duele es recordar. Primero vino el olor. Una mezcla de hierro viejo, grasa rancia y humedad. Después, la textura del aire: denso, inmóvil, con ese tipo de frialdad que se pega a los huesos. Abrí los ojos y me tomó unos segundos entender dónde terminaba yo y dónde empezaba el lugar. El mundo estaba borroso. El foco de luz amarillento en el techo me hacía lagrimear. Había polvo suspendido, flotando en un vaivén lento, como si el aire no hubiera cambiado de dueño en décadas. El piso, de cemento resquebrajado, tenía manchas que no necesitaban explicación. Sangre. Antigua en unas partes, reciente en otras. La conocía por el color: el marrón oscuro donde el tiempo la había secado, el casi n***o donde todavía quedaba humedad. El olor era tan penetran

