BLAKE La semana que siguió fue una carrera contra relojes que no paran de correr cuando alguien que quieres está roto en algún lado. Me despertaba con la sensación de que las horas me mordían el costado, y no había manera de estirarlas. Entre llamadas, mapas y gente que se mueve en los márgenes, terminé metido hasta el cuello en la parte sucia del trabajo: rastrear a tipos que creen que las vidas de otros son mercancía. Carter y Luna aparecieron con un paquete de metadatos y unas rutas que olían a logística de bajo perfil. Luna me lo describía con esa mezcla de excitación y paleta de colores oscuros que le sienta bien —siempre con una paleta en la boca, siempre dejando un halo violeta en los dedos—. Carter, serio como una condena, me envió lo que tenían: patrones de pagos, registros de e

