LIAM La mañana nos obligó a volver a la rutina. El tráfico de Nueva York rugía como siempre, como si al mundo le importara una mierda que la noche anterior hubiéramos abierto cicatrices y tratado de coserlas. Saanvi y yo no dijimos mucho en el coche; no porque estuviéramos peleados, sino porque a veces el silencio pesa menos que las palabras. —Hoy duermo en mi departamento —me dijo cuando frené frente al edificio. Su voz fue firme, pero no fría. Era una línea, no un muro. Asentí. —Está bien. Se giró hacia mí, sus ojos buscando los míos con esa mezcla de ternura y distancia. —No es que no quiera estar contigo… —aclaró—. Solo… necesito mi espacio. Levanté una mano y le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos. —Tómalo. —Forcé una sonrisa—. Pero si algo pasa, me llamas. Aunque se

