LIAM El sonido del cerrojo al abrirse todavía me retumba en la cabeza. La puerta metálica se cierra detrás de nosotros y el eco del pasillo me parece más real que todo lo demás. Blake camina delante, con esa rigidez que solo usa cuando no quiere que nadie vea que está preocupado. El aire del corredor huele a desinfectante barato y a café viejo. A vida real. No hay cámaras en este pasillo, solo silencio y luz blanca. Afuera, Nueva York respira con su caos de siempre. La lluvia cae con ese ritmo irregular que mezcla smog, sirenas y cansancio. Blake me cubre con su abrigo, como si el gesto pudiera protegerme de algo más que el agua. No dice nada. No hace falta. En el coche, las luces de la ciudad se reflejan en el parabrisas como un millón de ojos mirando sin entender. Nadie entiende.

