Hola abuelo.

1107 Words
Caminé sin descanso durante horas, tanto que no me di cuenta de que el cielo ya comenzaba a oscurecer. Las luces cálidas de las farolas empezaban a encenderse, y el ambiente cambiaba. Las sombras de las mansiones y los jardines perfectamente cuidados se alargaban, haciéndome sentir aún más fuera de lugar. Mis pies dolían horriblemente por los zapatos que no estaban hechos para caminar tanto, y el cansancio empezaba a invadirme. De repente, un hombre mayor se acercó. Al principio, pensé que solo quería preguntarme algo, pero su expresión me puso en alerta. Sin previo aviso, me arrancó la mochila de un tirón y me empujó hacia un lado. —¡Oiga! —grité, aunque mi voz temblaba. El miedo me paralizó por unos segundos, y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos mientras lo veía alejarse con mis cosas. Justo en ese momento, un carro n***o se detuvo bruscamente cerca de mí. La puerta se abrió, y de él salió un muchacho alto y de complexión atlética. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, y sus ojos, de un azul claro casi hipnótico, se enfocaron rápidamente en el hombre que me había robado. —¡Hey, tú! —gritó con autoridad, comenzando a correr tras el ladrón. Lo vi alcanzarlo con facilidad. Sin pensarlo dos veces, lo derribó al suelo y, tras un par de golpes, le arrebató mi mochila. No podía apartar la vista de lo que estaba ocurriendo. Mi corazón latía con fuerza, no solo por lo sucedido, sino también por la extraña sensación que este desconocido provocaba en mí. Regresó hacia mí con paso firme, sosteniendo mi mochila. Cuando me la entregó, nuestras miradas se cruzaron, y sentí algo extraño, algo que nunca había experimentado antes. —Aquí tienes —dijo con voz grave, entregándome la mochila. —Gracias —susurré entre lágrimas, tratando de recomponerme, pero el agotamiento y las emociones del día me vencieron. Comencé a quejarme de todo: de mis zapatos, de mi ropa incómoda, del calor, del sudor… cosas tan frívolas que me sentí tonta al decirlas, pero no podía evitarlo. Él me observó con una mezcla de curiosidad y diversión. Luego, su expresión cambió y me tendió una mano. —Me llamo Noah —se presentó con una sonrisa ligera—. Es evidente que eres nueva por aquí. ¿Puedo llevarte a tu casa? Negué con la cabeza y respiré hondo para calmarme. —Estoy buscando al señor José Martínez. Me dijeron que es un hombre importante y con mucho dinero —respondí, tratando de sonar más segura de lo que me sentía. Noah soltó una risa suave, como si mi respuesta le hubiera parecido graciosa. —Pues al único señor José Martínez que conozco vive muy lejos de aquí. Te has equivocado al buscarlo en la zona de los ricos —dijo con un brillo divertido en los ojos. —Llévame con él —insistí, aferrándome a mi mochila—. Tal vez él conozca a la persona que estoy buscando. Noah me miró por un momento, evaluándome, y luego asintió. —Está bien, sube a la camioneta —dijo mientras abría la puerta del copiloto. Antes de entrar, él me miró de nuevo con interés. —Por cierto, ¿cómo te llamas? —preguntó. —Me llamo Mía —respondí, intentando recuperar algo de dignidad mientras subía al vehículo, aunque todavía sentía mis piernas temblar. Noah arrancó el carro, y mientras avanzábamos, no podía dejar de mirarlo de reojo. Había algo en él que me intrigaba, y aunque todo esto había sido un caos, algo me decía que mi búsqueda apenas estaba comenzando. Noah comenzó a caminar conmigo por una zona que me puso nerviosa. Las luces de las farolas eran escasas, y las sombras de los árboles y las casas pequeñas se alargaban de manera inquietante. Todo estaba en silencio, excepto por algún que otro ladrido lejano. No pude evitar sentir un escalofrío recorrer mi espalda. —¿Seguro que es por aquí? —pregunté, mirando alrededor con cierto temor. —Sí, no te preocupes —respondió Noah con calma, volteando hacia mí con una media sonrisa—. No es tan malo como parece. Finalmente, llegamos a una casa modesta, con paredes desgastadas por el tiempo y un pequeño jardín desordenado. Noah se detuvo frente a la entrada y me indicó con la cabeza. —Aquí vive el señor José Martínez. Te esperaré por si necesitas ayuda. Si no es la persona que buscas, te llevaré a donde me digas —aseguró, apoyándose contra el marco de la puerta como si tuviera todo el tiempo del mundo. No pude evitar sonreír ante su actitud tranquila y, en un intento por aliviar un poco la tensión, bromeé: —Parece que he encontrado al último caballero de esta horrible isla. Noah arqueó una ceja, y su sonrisa se ensanchó. —Y yo he encontrado a una hermosa princesa perdida —replicó, su tono juguetón y cargado de cierto coqueteo. Reí suavemente, sintiéndome menos nerviosa. —Espérame aquí —le dije, y me dirigí hacia la puerta de la propiedad. Golpeé varias veces, el sonido resonando en el silencio de la noche. Durante unos segundos no hubo respuesta, pero luego una voz ronca y malhumorada se escuchó desde el interior. —¡¿Quién demonios molesta a estas horas?! —gritó un hombre, y su tono hizo que diera un paso atrás. Sabía que no era la persona que buscaba, pero debía insistir. Respiré hondo para calmar mis nervios. —Disculpe, señor —dije con voz clara, tratando de sonar educada—. ¿Conoce al señor José Martínez? Es el papá de la señora Marlene Martínez. Hubo un silencio tenso, y por un momento pensé que no respondería. Sin embargo, escuché pasos arrastrándose hacia la puerta. Finalmente, esta se abrió con un rechinido, revelando a un hombre mayor con rostro endurecido por los años y los problemas. Me quedé quieta, sintiendo el peso de su mirada. Por un momento, no supe qué decir. Él me miró de arriba abajo, sus ojos cafés oscuros escrutándome con desconfianza. Era un hombre mayor, de cabello canoso, con arrugas marcadas en el rostro y una postura algo encorvada. Lo reconocí de inmediato; no había duda. Era el mismo hombre de la fotografía que había visto tantas veces. —Hola, abuelo. Soy Mía… —dije con voz suave, casi temblorosa, mientras intentaba contener la emoción que comenzaba a subir por mi pecho. El hombre frunció el ceño, su expresión endureciéndose aún más. Antes de que pudiera decir algo más, me cerró la puerta en la cara con un golpe seco.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD