El secreto oculto

1071 Words
El eco de sus palabras me dejó helada: “Quieren lo que llevas dentro.” Me quedé inmóvil, como si todo el aire hubiera desaparecido de la oficina. Mis manos temblaban, mi pecho subía y bajaba desbocado, y mi mente se negaba a procesar lo que acababa de escuchar. —¿Qué… qué significa eso? —balbuceé, apenas capaz de sostener su mirada. Liam me observaba con una intensidad tan feroz que sentí que me atravesaba la piel. Su cuerpo seguía tensado, preparado para cualquier ataque, pero su voz, aunque grave, sonaba contenida, como si midiera cada palabra. —Significa que no eres una simple víctima atrapada en medio de mis enemigos. —Se inclinó hacia mí, su sombra envolviéndome—. Eres la razón por la que están aquí. Mi corazón se retorció. Todo en mí gritaba que estaba perdiendo el control, que la realidad que conocía se desmoronaba. —Eso es imposible —susurré, llevándome una mano al pecho como si pudiera calmar el huracán dentro de mí—. Yo… yo no tengo nada. Soy solo… Me detuve. Incluso a mí me sonaba patético. Liam se agachó frente a mí, su rostro tan cerca que sentí la calidez de su respiración en mi piel. Me tomó de la muñeca, sujeta con firmeza pero sin hacerme daño, como si quisiera que no huyera de lo que estaba por decir. —Isobel, nunca fuiste “solo” nada. Alguien ha puesto los ojos en ti desde antes de que supieras lo que significabas. Y ahora… ya no hay marcha atrás. Su tono era tan definitivo que las lágrimas se acumularon en mis ojos. —¿Qué soy entonces? —pregunté con un hilo de voz, implorando una respuesta que me diera sentido a todo ese caos. Liam guardó silencio. Sus labios se apretaron, y en sus ojos vi una tormenta que me partió el alma. No era frialdad lo que me ocultaba, era miedo. Miedo de lo que pasaría si me lo decía. Antes de que pudiera insistir, un ruido en el pasillo nos hizo girar a ambos. Pasos apresurados, más de una persona. Liam se levantó en un segundo, me empujó suavemente contra la pared y me señaló que no hiciera ruido. Las voces eran lejanas, pero reconocí una: la del intruso. —No la escondas, Liam —decía con furia—. Cada minuto que pasa, la estás poniendo más en peligro. Otro hombre respondió, su tono bajo y autoritario: —Cállate si quieres conservar la lengua. El sonido de armas cargándose me heló la sangre. Me tapé la boca con la mano para no dejar escapar un sollozo. Liam se mantuvo erguido, su cuerpo tensado como un león listo para atacar. Cuando los pasos se alejaron, se volvió hacia mí. —No confíes en nadie —me advirtió, su voz era un filo—. Ni siquiera en aquellos que aparentan querer ayudarte. Tragué saliva con dificultad. Todo en mi interior estaba en guerra. Tenía mil preguntas, pero lo único que logré decir fue: —¿Y en ti… puedo confiar? Su mirada ardió como fuego puro. Dio un paso hacia mí, tan cerca que el espacio entre nosotros desapareció. —Eso tendrás que decidirlo tú, Isobel —susurró, y por primera vez, sentí que él también temía la respuesta. El silencio entre nosotros era insoportable. Mis palabras seguían flotando en el aire: ¿Y en ti… puedo confiar? Liam no había respondido con certeza, y eso me dolía más que cualquier verdad escondida. Quise apartarme, pero él me atrapó suavemente del brazo, obligándome a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pude ver la tensión en cada músculo, la lucha que libraba dentro de sí mismo. —Lo único que puedo prometerte —murmuró con voz ronca— es que jamás dejaré que te toquen. Mi corazón se estremeció. Había algo en su tono que no era solo protección… era posesión, como si yo fuera un tesoro que no estaba dispuesto a perder. —Pero si no me dices nada, ¿cómo voy a entender? —susurré, con las lágrimas quemándome los ojos—. ¿Cómo voy a sobrevivir en medio de todo esto si ni siquiera sé quién soy para ellos? Por un instante, su expresión se quebró. Se inclinó hacia mí, sus labios rozando mi oído, y sus palabras fueron un puñal: —No quieren matarte, Isobel. Quieren lo que corre por tu sangre. Mis rodillas se debilitaron. Me apoyé contra la pared, incapaz de sostenerme. —¿Mi… sangre? —jadeé, como si esa palabra me hubiera robado el aire. Liam asintió apenas, sus ojos fijos en los míos con una gravedad que me heló. —Hay algo en ti que ellos necesitan. Algo que ni tú sabes que posees. El mundo giró bajo mis pies. La sensación de ser solo una pieza más en la vida de Liam se desmoronó, y fue reemplazada por algo mucho más oscuro: la certeza de que había sido elegida por razones que escapaban a mi control. Quise preguntar más, exigirle que lo soltara todo de una vez, pero un ruido seco me interrumpió. Desde el pasillo, se escuchó un chasquido metálico, como el de una cerradura forzada. Liam reaccionó de inmediato, poniéndose delante de mí como un escudo humano. —Quédate detrás de mí —ordenó con voz baja y cortante. El picaporte giró lentamente. La puerta se abrió con un chirrido y, en la penumbra, apareció la silueta del intruso otra vez… pero esta vez no estaba solo. Dos hombres armados lo flanqueaban, sus rostros ocultos bajo máscaras negras. El intruso me miró directamente, con una mezcla de urgencia y desesperación. —Isobel, escúchame —dijo con voz firme, ignorando la tensión de las armas a su lado—. Tu vida está en peligro porque eres la única que puede detener lo que viene. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Todo se volvió confuso, irreal, como un mal sueño del que no podía despertar. Liam rugió, dando un paso adelante. —¡Cállate! Pero ya era tarde. Las palabras habían sido dichas. El intruso me sostuvo la mirada, como si quisiera tatuar en mí su mensaje, y añadió con voz cortante: —Tu sangre es la llave. Mi pecho explotó en un jadeo ahogado, y antes de que pudiera reaccionar, los hombres armados levantaron sus armas y apuntaron directo hacia mí.
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