La puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared con tanta fuerza que el estruendo retumbó en cada rincón de la oficina. El aire se volvió más denso, más insoportable. El intruso estaba de pie en el umbral, con los ojos fijos en mí, y esa misma sonrisa enigmática que parecía saberlo todo.
Liam reaccionó en un segundo, poniéndose entre nosotros como un muro humano. Su cuerpo era una barrera firme, y aun así, el extraño no se movió, como si supiera que no necesitaba hacerlo.
—Ya basta —gruñó Liam, con un filo en la voz que me hizo estremecer.
—Tú puedes engañarla por un tiempo —respondió el hombre, inclinándose apenas hacia un costado para mirarme por encima del hombro de Liam—. Pero no por siempre. Ella merece la verdad.
Yo estaba paralizada, con la respiración cortada. Mis manos temblaban y mi corazón golpeaba con violencia en mi pecho. Cada palabra suya me hundía más en la confusión.
—¡Sal de aquí ahora mismo! —ordenó Liam, empujando la puerta con fuerza para cerrarla otra vez.
El hombre rió suavemente, como si disfrutara del caos que estaba sembrando.
—¿De verdad crees que puedes mantenerla en la oscuridad? —dijo en un susurro venenoso—. Isobel, escúchame bien: todo lo que crees sobre por qué estás aquí… es mentira.
Mi boca se abrió para preguntar, para exigirle que hablara, pero Liam me miró por encima del hombro con una intensidad que me cortó las palabras. Esa mirada lo decía todo: no lo hagas.
El silencio volvió a caer. Finalmente, Liam cerró la puerta de un portazo y giró la llave, dejando al intruso fuera. Su respiración era tan agitada que parecía contener un huracán dentro de sí.
Me giré hacia él, temblando de frustración.
—No puedes seguir callando, Liam. No después de lo que dijo.
Él no respondió enseguida. Caminó hacia la ventana, con las manos metidas en los bolsillos, como si necesitara poner distancia entre nosotros. La luz de la ciudad se reflejaba en su perfil, y por un instante vi en él no solo al CEO implacable, sino a un hombre dividido por secretos demasiado pesados.
—Isobel —murmuró finalmente, sin mirarme—. Lo único que tienes que saber ahora es que tu presencia aquí no es casual.
Sentí que mis rodillas se debilitaban. Mis dedos se crisparon contra la madera del escritorio.
—¿Entonces qué soy? —pregunté, con un hilo de voz cargado de dolor—. ¿Un peón en tu juego? ¿Un nombre más en tu lista?
Él se giró, avanzando hacia mí con pasos firmes. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, y aunque en su mirada había tormenta, también había una chispa de algo más profundo.
—No —dijo con una certeza que me hizo temblar—. Eres mucho más que eso.
La tensión era tan densa que me costaba respirar. Mi cuerpo se estremecía, atrapado entre el deseo de huir y la necesidad de saber más, de hundirme en sus secretos aunque me quemaran viva.
Sus palabras me atravesaron como un relámpago: “Eres mucho más que eso.”
Mi respiración se volvió errática. Quería gritar, exigir, llorar… pero la manera en que Liam me miraba, con esa intensidad devastadora, me desarmaba por completo. Era como si sus ojos escondieran un océano de secretos, y cada ola me arrastrara más hondo.
—Entonces dímelo —murmuré, dando un paso hacia él, sin importarme lo cerca que estaba—. Si soy más que eso… ¿qué soy?
Liam se tensó, sus labios se entreabrieron como si estuviera a punto de confesarlo todo, pero se contuvo. La lucha en su interior era evidente, y yo la sentía como propia.
De pronto, su mano se alzó lentamente, rozando mi mejilla con una ternura que contrastaba con su expresión endurecida. El roce de sus dedos me encendió la piel, arrancándome un jadeo involuntario.
—Isobel… —pronunció mi nombre como una plegaria rota—. Si supieras lo que realmente eres para mí, nada volvería a ser igual.
Mis labios temblaron, mi corazón se desbocó. La mezcla de miedo y deseo me estaba consumiendo, y cada palabra suya era gasolina sobre el fuego.
—Entonces arriesgalo —le susurré, con la voz quebrada pero cargada de determinación—. Prefiero enfrentar la verdad que seguir atrapada en tus silencios.
Su mirada ardió, y por un instante creí que lo haría. Que me diría todo, que me liberaría de la oscuridad en la que me había metido sin pedirlo.
Pero antes de que pudiera responder, un estruendo sacudió la oficina. La ventana vibró con fuerza, y un proyectil se incrustó en el vidrio, rompiéndolo en mil pedazos que cayeron como lluvia de cuchillas a nuestro alrededor.
Liam reaccionó de inmediato, rodeándome con su cuerpo, protegiéndome de los fragmentos que volaban por todas partes. Sentí el peso de su pecho contra mi espalda, su respiración agitada, su fuerza envolviéndome como un escudo.
—¡Agáchate! —rugió, empujándome detrás del escritorio.
Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía pensar. El aire estaba lleno de polvo y cristales rotos, y desde la calle se escuchaban gritos y el rugido de un motor alejándose a toda velocidad.
Liam se levantó de un salto, su mirada oscura convertida en la de un depredador en plena cacería.
—Esto ya no es un juego —dijo, con la voz cargada de furia contenida.
Yo temblaba, escondida tras el escritorio, con el cuerpo aún vibrando por la adrenalina. El intruso de antes había desaparecido… ¿o estaba detrás de todo?
Mis labios pronunciaron apenas un susurro, roto por el miedo y la incertidumbre:
—¿Quién quiere verme muerta?
Liam se giró hacia mí, sus ojos encendidos como brasas, y su respuesta fue un golpe brutal a mi alma:
—No quieren verte muerta, Isobel. Quieren lo que llevas dentro.
🔥 Cliffhanger final del Capítulo 8: La revelación de Liam deja todo patas arriba: no buscan eliminarla, sino algo que ella lleva dentro. Un secreto que ni siquiera Isobel conoce todavía.