El desconocido que sabe demasiado

1190 Words
El eco de mi nombre en boca de ese extraño me golpeó como un cubo de agua helada. Sentí cómo mi corazón se aceleraba al punto de dolerme en el pecho. ¿Cómo podía alguien a quien jamás había visto pronunciarlo con tanta seguridad, con tanta familiaridad? Liam no se movió ni un centímetro. Su figura alta bloqueaba la entrada, su cuerpo erguido como un muro imposible de atravesar. La tensión en su mandíbula lo delataba, pero su voz salió tranquila, cortante. —Ella no tiene nada que hablar contigo. El hombre, de mirada oscura y rasgos duros, sonrió de manera apenas perceptible. Era una sonrisa sin alegría, cargada de un conocimiento que me hizo estremecer. —Oh, pero sí tiene, Liam —dijo con un tono que me heló—. Ella tiene todo que ver con esto. Mi estómago se revolvió. Quise preguntar, gritar, exigir una explicación, pero recordé la orden de Liam: “No abras la boca.” Sus palabras pesaban demasiado como para desobedecerlas. El silencio se volvió insoportable. El desconocido dio un paso al frente, y Liam alzó un brazo para bloquearlo. El contacto de ambas fuerzas en el aire era tan palpable que podía sentirlo en mi piel. —Un paso más —gruñó Liam—, y te arrepentirás. El hombre arqueó una ceja, como si estuviera entretenido por el desafío. —¿Todavía no se lo dijiste? —preguntó, y mis rodillas se debilitaron. No supe a qué se refería, pero mi respiración se volvió errática. Cada palabra, cada gesto, hacía crecer una sensación de que había una verdad escondida, una verdad que tenía que ver conmigo y que todos conocían… menos yo. Liam soltó una carcajada breve, oscura, sin rastro de diversión. —No es asunto tuyo. —Claro que lo es —replicó el hombre, y de pronto, sus ojos se clavaron en los míos, por encima del hombro de Liam—. Porque tarde o temprano, Isobel merece saber por qué está aquí. Mis piernas se negaron a sostenerme, y tuve que apoyarme contra el escritorio para no caer. ¿Qué quería decir con eso? ¿Por qué hablaba como si mi presencia en esa oficina no fuera casualidad, sino parte de un plan? Liam se giró hacia mí apenas un instante. Su mirada era fuego puro, un mensaje silencioso que decía: “Confía en mí. No lo escuches.” Pero ya era tarde. La semilla de la duda había sido plantada, y empezaba a crecer en mi interior como una hiedra venenosa. El hombre dio otro paso adelante, retador, y Liam lo empujó con fuerza contra el marco de la puerta. El golpe resonó, y por un segundo pensé que se abalanzarían uno contra el otro. —Te lo advierto —dijo Liam con voz baja pero cargada de furia contenida—. Si vuelves a pronunciar su nombre, no responderé por lo que pase. El extraño sonrió, incluso con el hombro aprisionado contra la madera. —Entonces parece que ya lo sabes, Liam —susurró, con una calma escalofriante—. Ella es la clave. Mis labios se separaron en un jadeo ahogado. La clave. ¿Clave de qué? La palabra “clave” rebotaba en mi cabeza como un eco imposible de silenciar. La presión en mi pecho se hizo insoportable. No entendía nada, pero algo en la forma en que ese hombre lo había dicho me dejó claro que no era un simple juego. —Basta —escupió Liam, presionando más fuerte contra el hombro del intruso, hasta que se escuchó un crujido de madera—. Te largas ahora mismo. El hombre no parecía intimidado, al contrario, disfrutaba cada segundo de la tensión. Sus ojos seguían fijos en mí, ignorando la fuerza bruta de Liam como si no le importara. —Puedes intentar callarme —dijo con una calma venenosa—, pero la verdad siempre encuentra la forma de salir. Y cuando ella lo descubra, ¿crees que seguirá mirándote de la misma manera? Mi respiración se cortó. Lo miré a los ojos, buscando alguna pista, pero lo único que encontré fue un muro impenetrable. Liam apartó al desconocido con un empujón brutal, lo sacó al pasillo y cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar las paredes. El silencio posterior fue ensordecedor. El aire estaba tan cargado que parecía imposible respirar. Me atreví a dar un paso hacia él. —¿Qué… qué quiso decir? —mi voz sonó rota, casi un susurro. Liam no me miró. Apoyó ambas manos en el escritorio, respirando con dificultad, como un depredador que lucha por contener sus instintos. —No significa nada. Olvídalo. —¡No me mientas! —exploté, la voz quebrada entre miedo y rabia—. Dijo que yo era la clave… ¿Clave de qué? ¿Por qué sabe mi nombre? Liam se enderezó lentamente y finalmente me encaró. Sus ojos eran tan intensos que sentí que podía arder bajo su mirada. Se acercó paso a paso, hasta que la distancia entre nosotros se volvió insoportable, hasta que el calor de su cuerpo me envolvió por completo. —Isobel… —pronunció mi nombre como si fuera un secreto prohibido, como si la sola idea de decirlo le quemara en la lengua—. Hay cosas que todavía no puedes entender. Su voz fue un látigo y una caricia al mismo tiempo. La contradicción me desgarraba por dentro. —Entonces explícamelo —supliqué, con lágrimas ardiendo en mis ojos. Me rozó la mejilla con el dorso de su mano, un gesto tan inesperado que me robó el aire. Su toque fue cálido, casi tierno, pero su mirada permanecía oscura, cargada de una tormenta que no me permitía acercarme más. —Si supieras la verdad, desearías no haberme conocido. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. Sus palabras se clavaron en mí como agujas. —Tal vez ya es demasiado tarde para eso… —murmuré sin pensarlo, dejando escapar lo que sentía. El silencio cayó entre los dos. Liam me sostuvo la mirada, y en sus ojos vi algo que jamás habría esperado: duda. Como si estuviera dividido entre dejarme entrar en su mundo o seguir encerrándome en la oscuridad de sus secretos. De pronto, un estruendo en la puerta rompió el momento. Alguien había vuelto a golpear con fuerza, y supe sin dudarlo que era el mismo desconocido. La voz se filtró desde el otro lado, fuerte y cargada de desafío: —¡Ella tiene derecho a saberlo, Liam! Si no se lo dices tú… lo haré yo. Mis rodillas temblaron. No podía más. Quería la verdad, aunque me destrozara. Giré hacia Liam con el corazón en llamas. —Entonces dime tú… —susurré con los labios partidos por la desesperación—. ¿Qué es lo que me ocultas? Él me tomó del rostro con ambas manos, como si quisiera grabar mi expresión en su memoria, y murmuró con una voz que fue puro veneno y deseo: —Tú no eres un accidente, Isobel. Nunca lo fuiste. Y antes de que pudiera procesar esas palabras, la puerta se abrió de golpe.
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