La noche se sentía más densa de lo habitual. El mensaje de Liam seguía retumbando en mi mente: “Tenemos una visita inesperada… y no es buena para ti”. Cada palabra me llenaba de curiosidad y miedo al mismo tiempo. Sabía que esta noche no sería como las anteriores; algo estaba a punto de cambiar.
Caminé por el pasillo de la oficina con pasos medidos, sintiendo que cada sombra podía esconder algo inesperado. Cada decisión que tomaba, cada movimiento, parecía evaluado por él incluso antes de que llegara a su oficina. Su poder y control eran abrumadores, y no podía negar que eso me excitaba y aterraba a partes iguales.
Al llegar a la planta superior, la puerta de su oficina estaba entreabierta. La luz cálida iluminaba la habitación y resaltaba la silueta de Liam, de pie junto al ventanal, con una expresión más seria que de costumbre.
—Isobel —dijo al ver que entraba—. Me alegra que hayas venido.
Su voz, tan profunda y firme, hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. Cada vez que decía mi nombre, algo en mí se tensaba de manera imposible de ignorar.
—Liam… —susurré, intentando mantener la calma, aunque mi corazón latía desbocado—. ¿Qué pasa?
Se giró lentamente hacia mí y apoyó las manos en el borde del escritorio, acercándose sutilmente. Su mirada penetrante parecía leer cada pensamiento mío.
—Hay alguien que quiere verte… y no es alguien que quieras enfrentar sola —dijo, con una calma que contrastaba con la intensidad de sus palabras—. Pero no te preocupes. Estaré a tu lado.
Un calor inesperado recorrió mi cuerpo. Saber que él estaba allí, protegiéndome y a la vez dominando la situación, hacía que mi respiración se volviera irregular. Cada gesto suyo, cada palabra, tenía un efecto sobre mí que no podía controlar.
—¿Quién…? —pregunté, intentando sondear un poco más, aunque sabía que él decidiría cuánto revelarme—.
—Lo descubrirás pronto —respondió con una media sonrisa que me desarmó completamente—. Pero ahora necesitas mantener la calma y seguir mis indicaciones.
Se acercó un paso más, y pude sentir el calor de su cuerpo a través de la fina distancia que nos separaba. Cada palabra suya me hacía temblar y, al mismo tiempo, desear acercarme más. Era imposible negar la atracción que me mantenía alerta y a la vez cautiva de su poder.
—Confía en mí —dijo suavemente, colocando una mano sobre mi hombro—. Nada te hará daño mientras yo esté aquí.
Mi corazón latía con fuerza, y un escalofrío recorrió mi espalda. Saber que Liam estaba tan cerca, tan atento, hacía que todo mi cuerpo reaccionara sin control. Su presencia no solo dominaba la habitación; dominaba cada pensamiento mío.
—Está bien —susurré, incapaz de mirar a otro lado—. Confío en ti.
Liam sonrió apenas, y el brillo en sus ojos decía más de lo que sus palabras podían transmitir. Algo me decía que esta noche marcaría un antes y un después… y que nada volvería a ser igual entre nosotros.
El silencio se volvió espeso, casi insoportable. Liam aún mantenía su mano en mi hombro, firme, cálida, segura, como si fuera el único ancla capaz de sostenerme en medio del torbellino que intuía por venir.
No entendía del todo lo que estaba pasando, pero lo que sí sabía era que, a su lado, nada parecía imposible. Su cercanía era una mezcla peligrosa entre seguridad y deseo que me consumía lentamente.
—Te lo advertí, Isobel —dijo con voz baja, rozando mi oído, tan cerca que sentí el leve roce de su respiración contra mi piel—. El juego apenas comienza.
Sus palabras hicieron que mi cuerpo se tensara por completo. Una corriente de electricidad recorrió cada fibra de mí, dejándome sin aliento. Quería alejarme, poner distancia entre nosotros, pero al mismo tiempo, había una fuerza invisible que me arrastraba hacia él.
Me obligué a apartar la mirada, intentando romper el hechizo. Fue entonces cuando escuché un golpe seco contra la puerta. El sonido reverberó en la oficina, fuerte, inesperado, y me hizo dar un pequeño salto.
Liam, en cambio, ni se inmutó. Sus labios dibujaron una sonrisa oscura, peligrosa, que solo aumentó mi desconcierto.
—Llegó antes de lo previsto —murmuró, sin apartar sus ojos de los míos.
—¿Quién? —pregunté, con la voz más temblorosa de lo que hubiera querido.
Él no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, caminó hacia la puerta con pasos lentos, calculados, y la abrió apenas un poco. El rostro de un hombre desconocido se asomó, serio, con una mirada que helaba la sangre.
No escuché lo que Liam le dijo en voz baja, pero la expresión del extraño se endureció aún más. Apenas unos segundos después, Liam cerró la puerta de nuevo y se volvió hacia mí.
—No tengas miedo —me dijo, acercándose de nuevo.
—¿Cómo no voy a tener miedo? —susurré, intentando controlar mi respiración—. No sé qué está pasando, ni quién es esa persona…
Liam se detuvo frente a mí, inclinándose hasta que nuestras miradas se encontraron de nuevo. Sus ojos eran fuego contenido, y su voz sonó como una orden disfrazada de caricia.
—Porque no necesitas saberlo todo. Solo necesitas saber que estoy aquí. Y que contigo, Isobel, no pienso fallar.
Mi pecho se agitó violentamente. Escuchar mi nombre en su boca era como caer en un abismo del que no quería escapar.
Pero antes de que pudiera decir algo más, la puerta volvió a sonar. Esta vez, tres golpes firmes, implacables, que llenaron la oficina de tensión.
Liam me tomó de la muñeca, con fuerza, pero sin hacerme daño. Su contacto me hizo estremecer, atrapada entre miedo y un deseo que crecía cada vez más.
—Quiero que te quedes detrás de mí. Pase lo que pase, no abras la boca —ordenó, con esa autoridad que no dejaba lugar a discusiones.
—¿Liam… quién es? —pregunté casi en un suspiro, rogando una respuesta.
Él se acercó tanto que sus labios quedaron a un suspiro de los míos, como si quisiera dejarme grabada su presencia antes de enfrentar lo que esperaba afuera.
—Alguien que podría cambiarlo todo —murmuró con una intensidad que me heló y me encendió al mismo tiempo.
Los golpes volvieron a sonar, más fuertes, más exigentes. El aire en la habitación se volvió insoportable.
Yo no sabía si debía temer a lo que estaba por entrar… o al hombre que tenía frente a mí.
Y en ese instante, Liam giró la perilla de la puerta.
La silueta del desconocido apareció en el umbral, y su primera palabra me dejó sin aliento.
—Isobel.