Prefacio
La música clásica se escucha a varios metros de distancia. Mis tacones hacen ruido al pisar la madera pulida del restaurante al que me invitó mi novio a cenar.
Le veo parado con un ramo lirios justo al lado del hombre de la recepción. Byron viste tan formal como siempre y al verme me sonríe abiertamente, haciéndome a mi condescender en el gesto.
Ha sido un día de mierda en la oficina. Llevo días en contacto con uno de los profesores de religión más prestigiosos para un artículo que debe salir al mercado en cuatro semanas. Me siento frustrada cada que pienso en el desplante que me ha ocasionado ya dos veces tal sujeto.
Me apetecía en realidad haber ido directo a casa y haber tomado uno de esos baños de espuma. Haber recibido un buen masaje de esos que solo Byron sabe dar y luego dormir hasta que la fastidiosa alarma sonase para avisar la llegada de un nuevo día.
Noto mientras camino hacia mi novio las inquisitivas miradas de los comensales del salón. No estoy adaptada a ser el centro de atención, incluso me han tratado de ascender en la empresa periodística en la que llevo años trabajando, pero prefiero quedarme tras cámaras.
Soy demasiado tímida para hablar ante ellas.
¿Se preguntarán cómo entonces estoy ejerciendo una carrera de periodismo?
Pues solo diré que prefiero quedarme en los periódicos del diario. Estudié esa carrera como legado de mis padres, mi madre es quien da el estado del tiempo de todo el país, lleva varias décadas trabajando allí.
Por tanto no fue algo elegible el quien yo sería profesionalmente. Fue un hecho el que yo sería la siguiente Nicole Adams en la cadena D.S The Breaking News.
Me acerco a Byron y él planta un casto beso en mis labios. Me siento sumamente incómoda con tantos ojos sobre mí.
—Dime ya si tengo algo en la ropa o en la cara —pido desesperada viéndolo a los ojos.
Byron frunce el ceño como sino entendiese.
—Dime —reitero ansiosa—. Todos me están mirando.
Él parece captar lo que hablo pues ve a todas direcciones y se raspa la garganta antes de volver ver mi rostro.
Abre una sonrisa de esas que derretirían a cualquier mujer.
Me habían literalmente prometido a Byron desde que tenía uso de razón. Nuestras familias eran demasiado unidas como para que planearan tales cosas. Yo solo me contentaba con ello, ver a mis padres sonreír eran todos mis objetivos en la vida.
Yo a él le quiero muchísimo. Llevamos años viviendo juntos en el mismo apartamento. Incluso muchos años más juntos antes de que eso sucediese. Estudiamos juntos desde la preparatoria e incluso en la universidad.
—No pasa nada linda. Ten —dice y me tiende el ramo de lirios.
Sonrío aún sintiéndome demasiado expuesta. Tomo las flores pues son mis favoritas. Él siempre está atento a cada detalle, cosa que me hace sentir bien.
—Vamos a la mesa —añade y toma mi mano para encaminarnos juntos hacia la misma.
Damos casi seis pasos hasta que veo la parte del restaurante donde siempre cenamos, está llena de lirios y globos blancos en forma de corazones. Unos músicos tocan el violín y recorro con la mirada impresionada por el número de personas que está esperando por nosotros ahí.
Mi mandíbula se desencaja. Con cada paso que damos siento que me encojo más y más dentro de mí. Todos me miran y esperan algo de mí. Busco la mirada de Byron y él está sonriéndome tan ampliamente que me apenaría ahora mismo dar un comentario negativo al respecto.
Pero odio sentirme así. Odio salir y que sucedan cosas que antes no preví. Detesto no haber premeditando antes los sucesos y sentirme tan anonadada como ahora.
Llegamos al medio del salón y él me gira hasta quedar frente a frente a él. Sus ojos cafés están tan iluminados que me hacen sonreír levemente.
Sé que sucederá ahora.
También sé lo que todos esperan que diga.
Byron se arrodilla ante mí con todos los músicos sonando de fondo.
—¿Quiere casarte conmigo Nicole?
Y me siento tan aturdida que no escucho las palabras que salen de su boca, solo las leo de sus labios.
Paso saliva sintiendo mis palmas sudar. El anillo que muestra luce costoso, demasiado como todo lo que Byron representa.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que respondo un:
—Sí quiero.
Se pone de pie y sus labios chocan con los míos. La vergüenza se me instala en el pecho o más bien en la cara cuando mete su lengua en mi boca frente hasta de nuestros padres.
Entremezclamos nuestros labios y me aparto suavemente. Él lo nota y por tanto se aleja de mí. Toma mi mano mostrándose feliz del momento y pone en mi dedo el anillo de compromiso.
Me quedo viendo todo como si fuese en cámara lenta.
—He preparado todo nena, la boda será en tres días —anuncia y mi pulso se acelera aún más.
Un nudo aprieta mi estómago por tal giro de acontecimientos pero me abstengo a sonreír.
Todos los que presenciaron el momento corren a felicitarnos. Bendiciones, buenos augurios y demás nos dan nuestras amistades y familias hasta que llega ante mí mi madre.
Su sonrisa luce perfectamente grande. Está tan maquillada como siempre y su ropa enfunda su cuerpo en su perfecto y escrupuloso lugar.
Me abre los brazos y me estrecha entre ellos. Si la conozco tanto como creo, sé lo que hará.
Una.
Dos.
Sonrío por las palmadas que da en mi espalda. Siempre ha hecho eso cuando hago algo correcto a sus ojos.
—Felicidades hija, seréis muy felices —habla con una limitada emoción.
Esta es Nicole, mi madre, la mujer que siempre vive al filo de la opinión pública. La típica madre que labra un camino para sus hijos aunque ellos apenas y han llegado a caminar. Ese tipo de madres que jamás halagan a sus hijos por sus méritos, que los educan con rigidez solo esperando el más mínimo error para corregirlo.
Se gira hacia Byron con sus dientes blancos siendo mostrados por la sonrisa que esboza. Le abraza de igual forma y hablan entre ellos.
Mi madre le quiere más a él que a mí. Ruedo los ojos por ello y llevo los ojos a mi anillo. El diamante luce grande y brillante, demasiado pomposo para mi preferencia de prendas.
—Oh sí, la boda será en tres días, el día siguiente al cumpleaños de Nicole —escucho que dice mi ahora prometido.
Mi corazón comienza a cabalgar deprisa.
¡En dos días cumpliré treinta años!
Siento que me falta el aire. El nudo del estómago se aprieta cada vez más y el peso de unos ojos en mí me hacen subir la mirada.
Abro los párpados mucho más viéndome asombrada por lo que veo.
¡Esto debe ser una mala jugada de mi mente!
Pestañeo.
Sigue ahí.
Dos personas que ni siquiera conozco vienen a saludarme y les sonrío con formalidad y vuelvo a enfocarlo.
Sigue observándome en su distancia. Es él. Tiene que ser él. Le reconocería aún si pasaran siglos.
Mi cuerpo está contraído.
«No te muevas del lugar Nicole»
Me repito una y otra vez mientras batallo una guerra de miradas con él. Con ese hombre que desde que era una chiquilla me hacía erosionar la tierra bajo mis talones.
Paso saliva nerviosa.
Y me guiña un ojo.
Me quedo estupefacta viéndole.
¿En serio acabó de...
Ahora me sonríe.
El sudor baja por el valle entre mis pechos y miro en todas direcciones nerviosa percibiendo el que nadie me esté viendo ahora mismo.
Suspiro.
Todos están enfocados en oír hablar a Byron. Él siempre tiene algo que decir, siempre es el alma de las fiestas.
Vuelvo la mirada hacia el hombre notando que aún está parado en el mismo lugar mirándome. Y camino.
Sí.
Carajos.
Estoy caminado hasta él entre la multitud. Con cada paso que doy siento mi pulso acelerarse un palmo más, hasta que llego frente a él.
Mis manos van por inercia a alisar la saya de tubo alto que tengo puesta, y subo la mirada desde sus zapatos hasta su rostro.
Los años en él solo han pasado a su favor.
—¡Que sorpresa señorita Adams! —afirma y su voz sigue teniendo el mismo efecto en mí.
Me sonríe de forma natural. Su rostro se ha vuelto más rudo, más hombre. Ahora lleva una barba y en sus cabellos negros se ven atisbos de hembras plateadas. Lo único que no han cambiando son sus ojos.
Siguen igual de claros que siempre. Muchos pensarán que son verdes, pero solo si te acercas lo suficiente a él podrías comprobar que en realidad son de un azul muy claro.
—Profesor Richardson —a penas logro musitar.
Ladea una sonrisa. Luce grande, mucho más de lo que recordaba.
—Oh por dios, ya no estamos en la preparatoria. Ahora soy solo Richardson. Felicidades por su compromiso —argumenta y me pierdo en el movimiento de sus labios al decirlo.
—Gracias...
Frunce el ceño viéndome directamente al rostro.
—¿Te sientes bien?
Siento mis mejillas arder y la respiración dificultosa. Me esfuerzo por sonreír pero en realidad necesito aire. Todo me tiende demasiado abrumada.
—Iré a tomar aire, disculpa —digo.
—Te acompaño —habla tras mi espalda.
Camino o más bien pienso en cómo hacer que mis piernas no flaqueen ahora sintiéndolo tras mi nuca. Hasta que llego al balcón del restaurante.
La brisa fría impacta en mi rostro pues Ontario en pleno diciembre es bastante helado. Él parece notarlo porque pone su chaqueta sobre mis hombros. Y no debió hacerlo. Su olor impregna todos mis sentidos haciéndome cerrar los ojos.
—¿Estás bien? —pregunta rompiendo el escueto silencio.
Volteo a verle.
—¿Qué opinarías tú? —tercio tratando de mantenerme serena.
Definitivamente esta noche ha sido todo un colosal imprevisto para mí. Pero verle es la cereza que adorna el pastel que representa los acontecimientos de hoy.
—Bueno quizás estás algo tensa por el compromiso sorpresivo —añade tratando de sonar jovial.
—Sí... —es lo único que digo porque me quedo mirándole sin reparo algo.
Él hace lo mismo que yo.
—Ha pasado mucho tiempo —interviene esta vez.
Y me sonríe.
—Ni me lo recuerdes, acabo de recordar que en dos días cumpliré treinta años —bufo y eso le hace reír más.
—Mejor ni hablar de edad —agrega entre risas.
—¿Cumpliste cuarenta y cinco este año cierto?
Pasa la mano por sus cabellos revueltos.
—Sí.
Asiento y la sonrisa que antes tenía se agrieta.
—Te fuiste —afirmo de pronto sin poder remediarlo.
Él, Anthony Richardson solo se largó sin despedirse. Sin mirar atrás o dar alguna explicación.
Veo que mira el cielo nocturno y dice sin verme a los ojos:
—Sucedieron cosas...
Mi interior se contrae y el amargo sabor de los malos meses que pasé tras su partida aparecen ante mí. Me tenso como reacción alterna a esos recuerdos.
—Pero eso ya no es importante. —Se raspa la garganta y continúa—: Veo que sigues con Linwood.
Fuerzo una leve sonrisa.
—Sí —expreso.
Se gira frente a frente a mí. Tenerle tan de cerca. Sentir su aroma llenar mi nariz y estar apartados de todo me hacen bombear el corazón de forma furiosa.
—Respóndeme algo Nicole, ¿eres feliz?
Su pregunta en ese momento me tomó desprevenida.
En realidad jamás había pensando en mí, nunca me había hecho esa pregunta. Siempre he estado ocupada pensando en cómo hacer para estar bien con todos, en lo que le preocupa a todos.
Pero no había pensando en mí jamás.
Podría culpar a Anthony de lo que pasó después. Porque al fin y al cabo si él no hubiese aparecido, quizás mi vida hubiese seguido el rumbo lleno de flores y corazones que mi madre había construido para mí. Pero no lo haría, yo jamás lo culparía a él por todo lo que su sucedió tras el día que los reencontramos.
Yo supe desde el primer momento que estaba casado y la prueba evidente de ello yacía en su dedo. Sin embargo, lo que pasó solo fueron las consecuencias de mis decisiones.
Todas las personas hablan y creen saberlo todo sobre la vida de las otras. De esas que llaman putas y zorras por tener relaciones con hombres casados. Pero lo que hay envuelto en eso va más allá de esas puñeteras palabras.
Porque tras una amante hay una mujer más con sentimientos y un corazón.
Y en ese entonces no sabía todo lo que conllevaría ser una de esas.
Porque lo fui. Yo tomé la decisión que cambió mi vida, no sé si decir que para bien o mal. Solo sé que lo fui.
Yo fui la otra de la historia.