Hogar dulce cementerio

1647 Words
No sé cuánto tiempo pasó. A juzgar por la luz del sol anaranjado que alargaba las sombras, me di cuenta de que ya era tarde. Y fue entonces que Fernanda despertó de golpe. Durante todo ese tiempo, Maribel estuvo flotando de un lado a otro, mirando a Fernanda mientras dormía, saliendo del cuarto, atravesando el techo. Pero en ningún momento quiso hablar conmigo, a pesar de que le pedí varias veces que me explicara dónde estaba el cementerio. —¿Qué? ¿Qué hora es? —preguntó Fernanda, aún arropada, con una voz pesada, casi masculina. —Ni idea —respondí. A diferencia de su otra habitación, aquí no había un reloj. Fernanda se levantó, fue caminando hacia donde yo estaba y, enseguida, sacó de un joyero un reloj de pulsera digital sin correas. —Son las seis —dijo Fernanda con su tono normal. Guardó el reloj de nuevo en el joyero y se metió al baño, uno que no había notado al principio hasta que me quedé sola en ese buró. Fernanda salió del baño y entonces buscó entre la cómoda un suéter. También sacó una lámpara, una linterna grande y gruesa, y cerró el cajón. En ese momento, Maribel —quien había estado ausente durante un buen rato— entró atravesando el techo. —Voy a dejar a Adelita al cementerio. Al menos hoy, para que lo conozca —mencionó Fernanda, como si le avisara a Maribel para que se preparara. Entonces Fernanda sacó de su mochila la falda, el suéter, la blusa, las libretas, haciendo más espacio para mí. Finalmente, extrajo de un bolsillo lateral varios billetes y, enseguida, abrió el segundo cajón de la cómoda, de donde sacó un fajo de más billetes y acomodó los nuevos junto con los demás. En la mochila metió el suéter gris y grueso que había sacado, también guardó la linterna y, enseguida, me tomó para meterme a mí. Sin más, salimos hacia el patio. Fernanda abrió el zaguán, lo cerró tras de sí y caminamos como si nos adentráramos hacia el centro de ese barrio fantasma. Sí, pronto anochecería, pero Fernanda no se veía alterada. Era como si no fuese la primera vez explorando este poblado abandonado. Maribel nos acompañó durante todo el trayecto, flotando detrás de nosotras como una sombra vigilante. Después de un rato, llegamos hasta otra orilla del poblado. De nuevo se abría un gran prado y, a lo lejos, se veía un bosque lleno de árboles de pirul y pinos. Nos encontramos cara a cara ante el abrumador y espeso bosque. Antes de que Fernanda diera un paso hacia adentro, la detuve. —Espera, espera. ¿Al menos alguien sabe que estás aquí? —pregunté, algo ansiosa. Porque tengo entendido que no puedes explorar sin que alguien sepa a dónde fuiste. —Claro que no —respondió como si fuera gracioso—. No les voy a decir que voy a llevar una Adelita de trapo al antiguo cementerio de San Apóstol, el cementerio de los niños perdidos. En algo tenía razón, pero aún así ese bosque era tan imponente que fácilmente podrías perderte. Fernanda entonces entró al bosque. Esquivó arbustos, trepó por troncos enormes y caídos, sin poder seguir un camino específico. La luz era mínima, difícil de ver el lugar; la poca claridad del sol se perdía entre las sombras de grandes abetos y sus ramas. Solamente se escuchaba el trinar de las aves, las pisadas de Fernanda, su agitación por el esfuerzo, y los movimientos de lo que fácilmente podrían ser ardillas, lagartijas o incluso serpientes y arañas. Fernanda no tenía miedo de eso. Fue una faceta muy curiosa de ella: verla tan valerosa y exploradora. Después de cierto tiempo caminando entre la espesura, el bosque se abrió de nuevo en un claro. Y ahí, de forma casi imperceptible, se podía ver un gran y largo muro de piedra, cubierto por enredaderas, maleza y árboles de pirul y eucalipto. El sol había desaparecido por completo, sin embargo, su presencia era suficiente para iluminar el cielo y las nubes. Fernanda salió del bosque y caminó por el claro. Bajo sus pies apareció un sendero de tierra que la llevaba hasta la entrada del cementerio: una entrada enorme donde claramente antes había una reja. —Bien —dijo Fernanda—. Este es el cementerio del que te hablé. El lugar era extrañamente pacífico y silencioso. El trinar de las aves ensordecedoras de hace rato había desaparecido. En el cementerio solo se podía escuchar el viento, como un susurro. Fernanda entonces me bajó y sacó de la mochila su suéter y la lámpara. Se puso el suéter, se colocó de nuevo la mochila y me abrazó contra su pecho. Caminamos unos pasos hacia dentro del cementerio. —Qué raro —dijo Fernanda mientras daba pasos más lentos—. Hay algo raro. Fue en ese momento que Maribel se puso frente a nosotras y desenvainó su espada. —Está silencioso. Ni mi tumba está así de muerta —dijo Maribel, y guio con cautela el paso de Fernanda. —¿Qué sucede? —cuestioné a Fernanda. —A pesar de que las puertas al cielo siempre están abiertas, hay fantasmas alrededor. Fantasmas tranquilos que solo disfrutan de su muerte. Pero no hay nadie. Eso es raro —me explicó Fernanda. Y entonces, cuando llegamos hasta unas lápidas, se escucharon los crujidos de alguien que caminaba. Fernanda rápidamente usó una lápida para esconderse, mientras Maribel exploraba. Por mi parte, pedí a Fernanda que me soltara y me dejara en lo más alto que pudiese para que yo pudiera ver. No había nada fuera de lo usual. Solo lápidas cubiertas de enredaderas, con maleza encima, todo como hasta ahora, y unas ramas apiladas. Nada fuera de lo común. Y fue entonces que lo vi. Era un feo. Uno de esos fantasmas, un espíritu fobos, igual que Maribel. Aunque con su manta cubriéndolo por completo, sosteniendo un gran pedazo de tronco frente a él. Pude notar a Maribel flotando muy arriba del cementerio. No se acercó al feo. Mantuvo su distancia, como si esperara algo. El feo, de por sí, ya era una amenaza. Bastante malo podría ser que en cualquier momento atacara a Fernanda. Pero enseguida, cuando el feo se desplazaba —traspasando hierba, árboles, lápidas y santuarios como si fueran humo— llegó hasta la pila de madera. Y entonces, de la nada, una mano de madera lo atrapó. El feo dio alaridos escalofriantes. Gritos que perforaban el silencio del cementerio como cuchillos de hielo. Forcejeaba, se retorcía, intentaba liberarse, pero esa mano —esa gran mano de madera— no lo soltaba. Sus dedos, nudosos y gruesos como ramas centenarias, se cerraban alrededor del espíritu con una fuerza imposible. Esa madera. Esos troncos. No eran espirituales. Eran físicos. Los podía ver, podía distinguir la textura de la corteza, las grietas, los líquenes diminutos que crecían en sus hendiduras. Y aún así, podía tocar al feo. Podía sostenerlo. Entonces, de entre la pila de madera, se alzó una figura. Humanoide. Alta. Imponente. Se incorporó lentamente, como un árbol que decide caminar. Sostenía al feo con la mano derecha, apretándolo como quien atrapa un insecto. Con la mano izquierda, tomó la manta que cubría al espíritu y la arrancó de un tirón. Un destello. Hilos blancos emergieron del feo, como madejas de luz pura, y ascendieron raudos hacia lo alto del cielo, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Al quitarle la manta, apareció la pobre alma atormentada. Era un joven de unos veinte años, de apariencia común, nada fuera de lo ordinario. Pero cargaba en su cuello una cadena que parecía muy pesada, hundiéndole los hombros, doblándole la espalda como un peso invisible. La criatura de madera entonces le arrancó de las manos esa corteza de árbol que sostenía —el trozo de tronco que el feo usaba como extensión de su tormento— para enseguida ponerla contra su propio pecho. La madera se desvaneció hacia dentro de él, como si la absorbiera, como si el tronco regresara a su origen. El espíritu. El feo. El joven. Aún seguía forcejeando para liberarse. Y aunque parecía humano, su forma de actuar recordaba más a la de un gato salvaje atrapado: instintivo, aterrado, solo deseando escapar y salir corriendo. Y fue ahí que lo presenciamos. La criatura de madera —ese ente— tomó al chico y se lo llevó hacia su rostro. Abrió una boca que no debería existir, una g****a oscura en la madera, y empezó a masticar. Crujidos. Astillas. Lamentos ahogados. Y luego, lo tragó. Me quedé helada. Nunca había visto un espíritu comerse a otro. Aunque me recordó demasiado a Mictlantecuhtli, devorando almas en el Mictlán. Alcé la mirada para ver a Maribel, pero la chica no parecía inmutarse. Claro, ella también había visitado al dios de la muerte. Para ella, esto era... ¿familiar? ¿Normal? Sin embargo, quien sí no había presenciado algo parecido era Fernanda. Había abandonado la seguridad de su escondite tras la lápida. Estaba de pie, a unos metros, observando a ese ente devorar al feo. Su cara era un poema de terror. La boca entreabierta. Los ojos desorbitados. Las manos temblando a los costados, sin saber si correr, si esconderse, si gritar. Pero antes de que pudiera hacer algo para ayudarla —antes de que pudiera siquiera pensar en cómo sacarla de ahí— escuché la voz de Maribel. Flotaba descendiendo hacia la criatura de madera, con esa actitud suya tan particular. —Un humano que se cree fantasma... vaya estupidez —dijo Maribel. Quise gritarle. Decirle a esa niña que no molestara al ente, que se callara, que se alejara. Pero hacerlo revelaría mi ubicación. Revelaría que estábamos ahí. Y pondría en peligro a Fernanda. Así que me quedé en silencio. Observando. Esperando. Mientras Maribel descendía hacia la criatura que aún masticaba.
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