Fernanda corrió rápidamente, atravesando el enorme estacionamiento, hasta llegar a la entrada de lo que parecía ser un bosque muy espeso y oscuro. Los árboles se alzaban como guardianes silenciosos, sus copas tan tupidas que apenas dejaban filtrar algunos rayos de sol que bailaban sobre el suelo cubierto de hojas. Sin importar lo que yo pensara —pues seguía sin hablar, sumida en mi propia cautela—, Fernanda entró a ese ambiente que a mí me parecía aterrador.
Al fin pudimos estar a solas. Lo único que se escuchaba era el trinar de las aves, ese canto melódico que parecía saludar nuestra llegada, las pisadas crujientes de Fernanda sobre las hojas caídas y el murmullo de una multitud muy lejana, como un eco de otro mundo que se negaba a desaparecer.
—Ya mero llegamos —me dijo Fernanda con una voz que intentaba sonar tranquilizadora.
Enseguida, cerca de una gran roca oculta entre un montón de hojas muertas —casi como si fuera un tesoro esperando ser descubierto— Fernanda extrajo una bicicleta. La sacó con cuidado, sacudiéndole algunas hojas secas que se habían acumulado sobre el manubrio.
La curiosidad me mataba por lo que esta vez decidí ser un poco menos cautelosa.
—¿Qué es este sitio? —le pregunté, sin poder ocultar mi molestia.
Fernanda colgó su mochila en la rama cortada de un tronco cercano y de ahí sacó un pants, para enseguida depositarme a mí también sobre la rama, como si fuera un adorno más del bosque.
—Oh, bueno —me dijo tranquilamente mientras se quitaba sus zapatos con movimientos pausados—. Esta es la entrada sur de Peces Colibrí.
La chica dijo eso como si con ello explicara todo. Esperé un buen rato hasta que se pusiera el pantalón por debajo de la falda, pensando que era una pausa muy larga, que agregaría más detalles. Pero cuando me di cuenta de que la chica no dijo más, continué.
—¿Qué es Peces Colibrí? —cuestioné, algo intranquila.
—Ya sabes, el lago. Ya te había dicho, cómo conocí a Mel.
—Solo dijiste que la conociste en un lago.
—Sí, bueno, es este. Peces Colibrí, el lago de Amalestlan —Fernanda lo dijo de una forma tan irritante, como si yo debiera conocer el lago.
Pero nunca en mi vida conocí un lago llamado Peces Colibrí, y mucho menos un lugar llamado Amalestlan. ¿Acaso esperaba que fuera adivina?
—¿Y qué hacemos aquí? ¿Por qué tienes una bicicleta escondida aquí? —cuestioné con creciente impaciencia. Tenía tantas preguntas y esta niña no me ofrecía ninguna respuesta clara.
—Bueno, estamos aquí por la bicicleta. Todavía falta un tramo para llegar. Y la bicicleta aquí es más como un tipo de beneficio, como que conozco a la persona que administra parte del lugar.
Esta niña le daba muchas vueltas. Lo hacía a propósito; se veía en sus ojos cuando pensaba en dar una respuesta, en cómo elegía cuidadosamente cada palabra. Y yo ya no estaba dispuesta a tolerarlo. Tal vez sería la última vez que entabláramos una conversación.
—Fernanda —le dije con calma y una voz suave, midiendo cada palabra—. Sé que no soy la persona más abierta. También sé que tú me ocultas algo. ¿Es sobre el lugar a donde vamos a ir?
—¿Qué? No, no hay nada malo con el lugar a donde vamos a ir. Pero es cierto que te he ocultado algunas cosas. Pero es sobre mí. Y creo que si tú ocultas cosas es para protegerte; lo mismo hago yo.
Eso era posible. Claro que era cierto. No confiábamos entre nosotras, pero eso es más culpa mía que de Fernanda. Tenía razón: yo ocultaba cosas. Sobre todo de dónde venía, cuántos años tenía, cómo morí, cómo viví, e incluso mi verdadero nombre. Era verdad: ella no conocía nada de mí. Y yo no tenía derecho a pedir más de lo que yo daba.
Fernanda, después de ponerse el pantalón por debajo de la falda, se la quitó con movimientos prácticos. Se quitó la blusa. Las dobló con cuidado, las metió a la mochila y tomó la bicicleta. Yo viajé en la mochila, en su espalda, sintiendo el vaivén de sus movimientos mientras se preparaba para pedalear.
Enseguida salimos del espeso bosque. Caminamos de nuevo por el estacionamiento hasta llegar a la caseta. Fernanda se montó en la bicicleta, a punto de seguir adelante. Antes de continuar, bajó el pie para equilibrarse y se detuvo.
—Puedo ver espíritus. Eso ya me hace resaltar. Y quisiera decir que si no hubiera espíritus yo sería normal, pero no, soy un bicho raro —dijo Fernanda.
Y entonces se puso a pedalear.
No entendí qué era lo que quería decirme. Es decir, ¿si no viera espíritus, aún así ella sería rara? ¿Por qué? ¿El color de su piel pálida? ¿Porque le gusta Mel? No, era algo más elevado, algo que se ocultaba bajo la superficie.
Y fue ahí que lo vi.
El viento movía su cabello suelto mientras pedaleba, y por un instante, me dejó ver su nuca. Tenía una marca de nacimiento peculiar. Una marca de nacimiento que yo había visto antes.
---
Yo alguna vez estuve enamorada.
Era un chico nada particular cuando lo vi. Era soso, torpe, y parecía tener una habilidad especial para meterse en problemas. Al principio no llamó mi atención; era solo un compañero más entre tantos. Pero con el tiempo —y el tiempo es tramposo, se cuela sin permiso— aprendí a conocerlo. Y estúpidamente, como siempre ocurre en este tipo de situaciones, me enamoré de mi amigo.
El muy idiota se me declaró. Me pidió que yo fuera suya. Pero, a pesar de querer lo mismo, me negué en ese momento. El miedo, la indecisión, la estúpida idea de que habría más tiempo... No sé. Y poco después me arrepentí de no haber aceptado su propuesta.
Sin embargo, aún quedamos como amigos. No corté relación con él. Yo aún tenía la esperanza de que me propusiera de nuevo ser su novia; yo ya estaba lista, esperando el momento correcto.
Pero el destino tenía sus propios planes.
Fue así que un demente llamado Tezcatlipoca tenía un conflicto contra el dios Quetzalcóatl. El destino termina siendo demasiado cruel. Y aunque ahora lo veo tan obvio, en ese entonces tenía una venda en mis ojos. Mi amigo, el hombre del que me enamoré, no era otro que el hijo del dios Quetzalcóatl.
Y solo por venganza y odio, Tezcatlipoca me secuestró para llegar a él.
Solo fui la carnada. Lo peor de todo es que también fui la forma para hacerle daño.
Cuando regresé del Mictlán —ese largo y oscuro viaje que no le deseo a nadie— se me dio la orden de no separarme de mi amigo. Había una condición clara: mi cuerpo, este titinettl, consume energía espiritual. Y la única forma en que un fantasma puede obtener energía espiritual es si alguien con más energía espiritual te la regala. Y él, mi amigo, era una fuente inagotable de energía espiritual. Por lo que, si yo pretendía seguir "viva" —si es que a esto puede llamársele vida—, debía recibir una dosis diaria de energía espiritual.
Fueron meses de mi rehabilitación en donde tuve que convivir con él y su particular familia, de la cual yo me volví parte. Pero nunca quise serlo, no de esa forma. No como una carga, no como una dependiente.
Y ahora lo odio.
Odio a Carlos. Lo odio tanto.
Si tan solo me hubiera dicho todo desde el principio. Si me hubiese advertido que era acechado por un demente. Si me hubiese dicho de dónde provenía su legado.
Yo seguiría viva.
Y yo seguía ahí, con el chico que había provocado mi muerte, sin oportunidad de separarme de él. Solo mi rencor crecía cada vez que tenía que verlo y obligarme a convivir con esa familia. Día con día tenía que verlos. Día con día tenía que ver a Carlos.
Y fue ahí, en uno de esos momentos de mi práctica —una mera casualidad, tal vez fue la forma de dejar mi ira un momento— pero en su nuca, en el cuello, ahí había una marca de nacimiento: una estrella y una luna menguada acostada.
Él me explicó que esa era la marca de nacimiento de su padre y de su madre, que se habían combinado. La marca de la luna menguada acostada fue heredada por su madre, pero la estrella venía de Quetzalcóatl.
---
Y ahí, en ese paseo en bicicleta, mientras el viento jugaba con el cabello de Fernanda y el sol de la tarde dibujaba sombras danzantes en el camino, pude deslumbrar esa estrella. Esa marca de nacimiento que me dejó congelada, justo en la nuca de esta niña.
El pedalear rítmico continuaba, ajeno a mi revelación. El crujir de las llantas sobre la grava, el canto lejano de las aves, todo seguía igual. Pero para mí, el mundo se había detenido.
¿Qué significaba?
¿Acaso...?
¿Ella es Quetzalcóatl?