Promesa

2236 Words
Y de nueva cuenta estaba dentro de la mochila de Fernanda. Ya era viernes, y ella, como lo había prometido, me llevaba para ir a aquel dichoso cementerio. El miércoles y el jueves los días transcurrieron dentro de lo que se podría decir o llamar "normal". De hecho, incluso vino Mel con Fernanda. Muy pocas veces las escuché hablar; pasaban directamente a la habitación y yo prefería no prestar atención a los sonidos que de allí provenían. Antes de ir al cementerio, Fernanda debía ir a clases. Me llevó desde la mañana, y después de clases iríamos al cementerio. Así era el plan. La chica me zangoloteaba de un lado a otro dentro de la mochila, y solamente podía escuchar cómo Maribel se burlaba y brincaba de emoción —metafóricamente hablando— sobre cómo al fin se librarían de mí. "Ya mero se va la traposa", decía, y yo imaginaba su sonrisa burlona. A pesar de todo ello, yo me sentía un poco descolocada. Triste, si se puede decir. Despedirme de Fernanda sería duro; de alguna forma le tomé cariño, no es difícil querer a alguien que te trata con cuidado. Incluso también me sentía un poco alegre por volver a la secundaria. Por alguna extraña razón, le pedí a Fernanda que me llevara al salón donde estuve cinco años en cautiverio. Me mantuvieron en la mochila guardada la mayor parte del tiempo. No querían que Fernanda fuera señalada como "la chica que se robó una triste muñeca". Nuevamente tuve la oportunidad de ver a la señorita de la Rose. Claro, "verla" es una forma de decir, porque siempre estuve dentro de la mochila, viendo el mundo a través de un diminuto agujero en la tela. Algo curioso que en verdad me sorprendió fue la gran cantidad de espectros que se encontraban en la secundaria. Y lo más extraño es que ya era de día. Algo en mí había cambiado. Ahora podía percibir aquellos espectros que antes de conocer a Fernanda no podía. ¿Acaso Fernanda me hizo algo? ¿Su simple presencia significaba que yo había cambiado? Los espectros caminaban de un lado a otro, atravesando a Fernanda e incluso atravesándome a mí. Era lúgubre verlos, inclusive me asustaban. Era un verdadero atropello; ni siquiera en el metro Cuatro Caminos había visto tanta gente junta. Aquí, cinco entes podían ocupar un solo espacio sin siquiera rozarse. —Buenos días, clase —habló la profesora de Fernanda, iniciando su clase con voz cansada—. Saquen su libro en la página 50. Y a ver tú, Antonio, ayúdame a leer. Se escuchaba cómo los estudiantes sacaban sus libretas y hojeaban hasta la página 50. El sonido de las hojas revolviéndose me trajo recuerdos de cuando yo estaba viva. Y antes de que Antonio comenzara a leer, alguien tocó la puerta del salón. —Disculpe, ¿segundo C? —preguntó algún despistado desde la entrada. —Sí, es verdad. Tú eres el muchacho que viene de Oaxaca —dijo la profesora, como si lo hubiese olvidado—. Es raro que alguien se incorpore un viernes, joven. —Mis papás no querían que perdiera más tiempo en la casa —respondió el muchacho con una voz profunda, más adulta de lo que esperaba para su edad. —Ajá. Pues entra, preséntate aquí enfrente de todos y... —dio una pausa la profesora, como si buscara algo con la mirada—. Ahí hay un lugar, a un lado de Fernanda. Ese será tu asiento. Fernanda, alza tu mano. —Bueno, mi nombre es Marcus y tengo 14 años. Y pues no sé, vengo de Oaxaca y pues mis papás vinieron acá y... creo que nada más —el muchacho había dado la peor clase de oratoria que alguna vez escuché. Y la tercera peor presentación que escuché en mi vida, solo superada por un niño que lloró en el escenario y otro que se quedó mudo por cinco minutos. —Ajá. Pues siéntate, Marcus, y esperemos que te sientas muy cómodo aquí en Amaleztlan —dijo la profesora. Escuché los murmuros de los alumnos, tan poco sutiles, que hablaban del muchacho. "Está bien grande", decían. "Parece de otro grado". Incluso Maribel empezó a hablar de aquel muchacho con una muda Fernanda, que solo asentía o negaba con la cabeza. El transcurso de las clases fue normal, sin ningún problema. A excepción de los innumerables entes que aún atropellaban mi espacio vital, cruzando a través de mí como si fuera aire. Y entonces llegó la hora del receso. Escuché cómo todos salieron de golpe, dejando un salón casi vacío. El silencio repentino fue un alivio. Entonces Fernanda me sacó. —¿Estás bien? —preguntó Fernanda gentilmente. Yo me quedé en silencio. Era difícil ver por tanto espíritu, aunque ya no había personas dentro. —Habla, tarada, ya no hay nadie —me dijo Maribel con esa forma tan delicada de decir las cosas. —¿Por qué hay tanto fantasma? —le pregunté a Fernanda. —Lo sé, es un problema... —Es por eso que al fin te vas a largar de aquí, antes de que llames a más fantasmas y nos llenes —de nuevo Maribel me mostraba su cariño con esas palabras tan dulces. —Lo que no entiendo es por qué ahora puedo ver más fantasmas —insistí, ignorando a Maribel. —Cállate, traposa, alguien viene —advirtió Maribel, mientras que Fernanda solo me sostenía frente a ella, como si yo fuera un escudo. —¿Te gustan las muñecas? —preguntó Marcus. Identifiqué rápidamente su voz, esa mezcla de timidez y curiosidad. Pude verlo con más claridad cuando se acercó a nosotras. Era un chico bastante alto, muy fornido, de tez morena y rasgos muy bruscos, como tallados a mano en madera. El chico le había hablado a Fernanda, pero Fernanda se quedó en silencio. No dijo nada. Era como si algo la hubiese paralizado. Eso es: un veneno social. —Guarda a la harapienta —sugirió Maribel a Fernanda—. Te recuerdo que la pueden reconocer. Fernanda me miró con unos ojos de tristeza infinita, como si estuviese triste porque mi receso terminó y yo debía volver a la oscuridad de la mochila. De la nada, un movimiento brusco me levantó. Y me vi frente a frente con el muchacho Marcus. Eso me desorientó por un momento. Rápidamente intenté reaccionar, usando "alfiletero" para defenderme. —Qué buenos detalles tiene esta muñeca —a pesar de haber sido levantada tan bruscamente, su agarre era gentil y sus palabras eran tiernas—. Se ve que está hecha a mano. ¿Tú la hiciste? Fernanda lo único que pudo hacer fue alzar la mano, pidiéndome de regreso con un gesto tímido. El chico, sin más ánimos de molestar —pues era claro que él quería socializar, no intimidar— me regresó con cuidado. Pero no sin antes primero ver mi espada y mi escudo con detenimiento, como un conocedor. —Eso es un escudo muy poco tradicional en una Adelita. Ellas no usaban escudo, pero el machete fue un gran acierto —dijo, y sus ojos brillaron con admiración genuina. El muchacho me regresó con mucho cuidado, y cuando estuve de vuelta con Fernanda, ella me abrazó como si hubiese temido que yo no regresara. Me apretó contra su pecho con una fuerza que no le conocía. El muchacho no dijo nada más. Solo se sentó en su lugar y, junto con Fernanda, esperaron a que continuaran las clases. Pero yo podía sentir su mirada, curiosa, evaluando. Fernanda me metió de nuevo a la mochila cuando los compañeros iban entrando. No podía verlos, pero sí escucharlos. Y cuando la campana sonó, todos los jóvenes entraron de a montón, como ganado. Continuaron las clases de forma habitual, con profesores que hablaban y alumnos que murmuraban. Las clases terminaron. Fernanda rápidamente me sacó del salón, como si temiera que alguien más quisiera verme. Acto seguido, me llevó al salón de audiovisuales: mi antiguo hogar. —No puedo entrar, está cerrado con llave —dijo Fernanda. Me acercó a la ventana sin sacarme de la mochila. Yo di un vistazo a través del cristal, solo que era difícil distinguir algo con tanto fantasma adentro. Acerqué mi cabeza al vidrio lo más que pude y en mi mente di un discurso de adiós a ese lugar del que fui parte durante cinco largos años. Fernanda, Maribel y yo al fin salimos de esa escuela infestada de fantasmas. Y justamente, en cuanto cruzamos la puerta, ella me sacó de la mochila. —Bien, bien, espero que estés más cómoda aquí afuera —me dijo mi pálida amiga, levantándome por encima de su cabeza. Poco le importó que hubiera varios estudiantes cerca. Fernanda se veía feliz, con una sonrisa genuina que iluminaba su rostro, por lo que esta vez dejé pasar el hecho de que me hablara en público. Después de todo, ¿qué podía importar un poco de vergüenza comparada con esa muestra de cariño? Algo llamó mi atención rápidamente. Cerca, a unos metros detrás de Fernanda, me pareció ver a los jefes de grupo con una mirada fija hacia nosotras. Era una mirada penetrante y demasiado pesada, como un peso físico que intentara aplastarnos. Había algo muy extraño que no logré identificar: sus ojos parecían brillar con una luz que no debería existir a pleno día. Sin embargo, después de un momento, Fernanda me bajó para enseguida abrazarme y partir. Quería decirle lo que vi del extraño comportamiento de sus compañeros, pero me pareció que no era necesario darle mucha importancia. Tal vez solo eran imaginaciones mías, producto del estrés de la semana. Varios muchachos del alumnado de la escuela subían a carros particulares; otros más, a combis con diferentes destinos. Al haber tantos estudiantes, los transportes y el camino se saturaban rápidamente. Fernanda entonces se formó en una fila para tomar un transporte: una combi blanca y verde, de esas que parecen tragarse a la gente sin digerirla. —Fernanda —una voz llamó nuestra atención. Era Ángela. Su rostro apareció entre la multitud con una expresión que no le había visto antes. —Tengo boletos para una película. Tendríamos que ir hasta Naucalpan, ya sabes, es el cine más cercano. Y después iríamos a los juegos. ¿Quieres venir? Era una invitación auténtica. La chica incluso parecía apenada, una persona completamente distinta a la que había conocido el lunes. Ya no desbordaba esa confianza arrogante de antes. Tal vez estaba mostrando arrepentimiento por la forma de actuar, o posiblemente era algo más profundo. Sus manos jugueteaban nerviosas con los boletos. —Lo siento —se disculpó Fernanda—, pero le prometí a una amiga... —¿Es esa Helena, verdad? —interrumpió Ángela con un humor más ácido al que la conocía. Su expresión cambió instantáneamente, como si hubiera activado un interruptor—. Esa maldita bruja se fue, te hizo tanto daño y ahora vuelve solo para... ¿Qué no ves que ella solo te utiliza? —No es con ella —respondió Fernanda, y su voz tembló ligeramente—. Y prometiste que no verías nada de Mel. Prometiste que yo podía ir sin preguntar. Solo quiero descansar, un santuario —explicó Fernanda vagamente. Sin embargo, poco importó. Ángela, sin dirigir más palabras o siquiera una mirada, dio la vuelta. Pude ver cómo se subía a su elegante camioneta, esperada por su fastidioso chofer de uniforme impecable. —No importa cuánto hable, no me dejan explicar. No me escuchan. No me gusta. Es como si fuera un fantasma —dijo Fernanda con un ánimo pésimo. Y algo me pareció extraño: era que en verdad ella no parecía ser escuchada. ¿Culpa de su habilidad? ¿O había algo más que yo no sabía? Una tristeza profunda se instaló en sus ojos, esos ojos que ya habían visto demasiado. La fila de la combi avanzó lentamente, como un caracol con prisa. Fernanda, como pudo, logró montarse entre empujones y codazos. En el trayecto, la combi atestada de gente se iba vaciando poco a poco. Los pasajeros descendían en cada parada como gotas de agua que se escurren. Hasta que, por fin, Fernanda y otras dos personas más fueron las únicas que quedaron en el transporte. —¡Esta es la terminal de Peces Colibrí! ¡Les molesto con su pasaje! —avisó el conductor, como si las personas que quedaban fuesen a salir corriendo. Al fin salimos de la combi para enseguida encontrarnos en lo que parecía un parque con un bosque enorme. El aire olía diferente aquí: a árboles, a tierra húmeda, a libertad. Fernanda siguió caminando sin dudar. Pasamos una entrada donde había una pluma y una caseta de cobro, para enseguida entrar a lo que parecía ser un estacionamiento gigantesco, lleno de autos y autobuses estacionados en hileras perfectas. El lugar parecía lleno de gente caminando entre los vehículos. Familias enteras cargaban hieleras, sombrillas, inclusive algunos llevaban traje de baño y toallas de colores brillantes. Niños correteaban entre las piernas de los adultos mientras sus padres gritaban instrucciones que nadie seguía. La curiosidad me mataba, pero no podía preguntar. No quería exponerme. Pero, ¿a dónde me había llevado Fernanda? ¿Qué lugar era este donde la gente parecía preparada para una aventura mientras yo, una simple muñeca de trapo, solo podía observar desde los brazos de mi amiga?
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