Terminal.

2654 Words
TERMINAL Miré a mi alrededor, aunque no vi a ningún fantasma. Solo estaba el comedor, el plato de Fernanda y el silencio entre nosotras. La luz del atardecer entraba por la ventana, dibujando sombras alargadas sobre el mantel. —No veo ninguno —le dije, bajando la voz con un leve tono de desconfianza. Fernanda esbozó una ligera sonrisa, sin levantar la vista de su plato mientras aplastaba una albóndiga con el tenedor. —Solo bromeaba —contestó, masticando con calma. Tomó un pedazo de tortilla y lo usó para recoger un poco de arroz. Después de terminar de comer, juntó su plato, lavó los trastes, terminó de lavar su ropa y, acto seguido, se dirigió a su cuarto. La habitación era tan normal… No sé qué esperaba ver, tal vez una ouija o un pentagrama pintado en la pared. En lugar de eso, vi una repisa con algunos libros, un escritorio ordenado y un par de plantas que parecían bien cuidadas. Fernanda me dejó sobre el buró, cerca de su cama. “Aquí te quedarás tú”, me dijo. Tras unos momentos de silencio, Fernanda terminó su tarea y por fin se fue a dormir. Eran solo las 10. Es decir, yo no duermo, no lo necesito, pero cuando estaba viva me quedaba hasta las 2 de la mañana degustando las mejores obras literarias de Shakespeare, con una taza de té que siempre se enfriaba antes de que recordara beberlo. Pasaron unos minutos más de silencio. Era evidente que Fernanda tenía una pregunta en mente, por eso no me hablaba, pero sentía miedo o vergüenza. Una pregunta… o más bien una idea. —Oye… —dijo Fernanda en un susurro, y de nuevo guardó silencio un rato más. —Oye… —volvió a decir, aún sin atreverse a continuar. —Habla —comenté con poca paciencia—. Sé que traes algo en mente. Solo dilo, y entre las dos descubriremos si te contestaré o si es mejor que no… —¿Qué se siente morir? —Por fin se animó. ¿Era eso lo que quería saber? Ahora yo era la muda. Ella posiblemente pensaba en algo que le trajera paz o, al menos, esperanza; pero por alguna razón esa idea, esa pregunta, me irritó. —¿Qué se siente vivir? —devolví, esperando que se diera cuenta de lo que me estaba preguntando. —Yo solo quiero saber si duele —me respondió. Era claro que rondaba en su mente una idea oscura. Sus dedos jugueteaban con el borde de la sábana, enrollándolo y desenrollándolo nerviosamente. —Alto, no te vayas por ahí —le dije. —Tú y Maribel se ven tan bien, y yo solo quería… —¿¡BIEN!? ¿Tú nos ves bien? Yo no hablaré por esa mocosa, pero no es lindo, no es glorioso y no sirve de nada. Yo no quería morir; siempre soñé con ser doctora, como mi papá o mi tía, pero no… Mis partes fueron esparcidas en un parque, a manos de un demente que solo buscaba venganza. No quiero ser una vil muñeca de trapo, quiero la vida, mi vida. Una vida que daba asco, pero era mía. Si estuviese viva, tal vez podría, en este mismo instante, salir de esta habitación y llorar, pero no puedo. Ya no lloro, ni siquiera tengo cuerpo, solo este trapo. —Fernanda se cubrió con las cobijas, encogiéndose como un pequeño animal herido. Yo había exagerado; aunque mi cólera era real, no debí desquitarme con la pobre chica, que tenía sus razones para preguntar. —Quisiera estar viva para arreglar las cosas que no pude arreglar, solo porque creí que aún tendría tiempo —le dije, con menos enojo—. La muerte no arregla nada; solo la vida. Sé que pasas por momentos muy angustiantes, pero estás viva, y viva puedes hacer lo necesario para que las cosas cambien, no solo para ti, sino también para personas como tú. Tal vez traces un sendero en esta pradera de espinas para que a quienes vengan detrás les sea más fácil caminar. Fernanda no volvió a hablar; ya se había dormido. Su respiración se volvió lenta y profunda, como un mar en calma después de la tormenta. Esta era una experiencia nueva para mí: no recordaba haber compartido habitación antes. Me hundí en mis pensamientos. Era una noche tranquila, la más tranquila desde que llegué a este mundo. Cuando estaba en la secundaria, siempre me rodeaban espíritus en esa repisa… la repisa, mi repisa… ¿Qué me pasaba? Extrañaba ese lugar por alguna razón. Me conmovía profundamente la idea, o quizá era que estaba perdiendo energía espiritual y mi nueva atadura terrenal era ese espacio lleno de polvo; no era mera nostalgia. Por el reloj a mi lado podía ver la hora —algo nuevo, ya que antes solo intuía qué hora podía ser con el crepúsculo y el alba. Las manecillas brillaban ligeramente en la oscuridad, marcando el paso inexorable del tiempo que yo ya no experimentaba. Eran las cuatro de la mañana cuando empecé a escuchar un silbido. Era como el silbido de una cafetera, muy lejano, pero con el tiempo el sonido parecía acumularse, aunque todavía se percibía distante. De pronto, Fernanda se levantó con las manos en los oídos. Yo solo la observé: en verdad parecía que le dolían. Sufría, y aun así no gritaba; ahogaba sus quejidos y no decía nada. Su cuerpo se retorcía bajo las sábanas como si intentara escapar de algo invisible. —¿Oye, estás bien? —pregunté, pero ella seguía con las manos en los oídos. Inmediatamente usó la almohada y la cobija para cubrirse la cabeza. Era como si hubiera un sonido tan irritante y ensordecedor que yo no percibía. Por eso guardé silencio y traté de escuchar con atención: solo estaban el silencio de la noche, los grillos, el tictac del reloj, los autos que pasaban en la calle, los perros ladrando… y ese ligero silbido. Ese silbido era lo único inconsistente, pero era demasiado suave como para causar daño. El sonido se hacía más débil, con menos volumen, parecía alejarse; sin embargo, Fernanda seguía sufriendo. De nuevo me concentré: ¿qué era lo que ella percibía? Escuché otra vez el segundero del reloj, los perros ladrando, ese grillo insistente, y una respiración, la de Fernanda, entremezclada con gemidos que antes no había notado. Entonces, me enfoqué únicamente en ese silbido lejano. Y fue ahí: un estruendo apareció de repente, como poner la cara contra una bocina gigante que golpeaba el tímpano. Mejor sería clavarse un palillo en el oído que escuchar ese ruido horrendo. Era el silbido, transformado en algo grotesco y enfermizo, como el lamento de mil almas retorcidas. Dejé de prestar atención y de nuevo me transporté a ese mundo de calma. Fernanda se mantuvo en su posición para mitigar ese sonido, y yo ni en broma intentaría volver a escucharlo. Después de unos minutos, Fernanda se relajó. La chica salió del cuarto de puntillas y, al cabo de un momento, regresó y se acostó en la cama. —¿Qué? ¿A dónde fuiste? ¿Qué fue ese horrible sonido? —interrogué a Fernanda. —Fui a ver a Sam. No quiero despertarlo otra vez por mis gritos —me dijo. —No gritaste —le comenté. —Eso intento, pero el primer día que lo escuché sí grité. No sabía qué era, no sabía de dónde venía, no entendía por qué solo yo lo escuchaba —explicó Fernanda, acomodándose para volver a dormir—. Ese silbido proviene de un tren fantasma —continuó, impresionándome—. Maribel y yo le llamamos “El Chango Pacheco”. Qué nombre tan tonto, pero era el nombre dado por dos niñas, por lo que no se lo critiqué. Aunque en el fondo, el contraste entre lo absurdo del nombre y lo aterrador del sonido resultaba inquietante. —Fue hace unos dos años cuando escuché por primera vez ese silbido de pesadilla —me confesó Fernanda en un susurro opaco—. Le pregunté a Maribel, pero ella tampoco sabía nada de ese tren fantasmal. No sé de dónde viene, pero es puntual como la muerte: a las cuatro de la mañana en punto rasga el silencio con su silbido, y después… después ya no puedo conciliar el sueño. Hizo una pausa, como si el solo hecho de recordarlo le quitara el aire. —Lo único que tenemos claro —continuó, bajando aún más la voz— es que El Chango Pacheco va hasta el tope de almas. Tal vez las recolecta durante su viaje, o quizás son los pasajeros eternos de un tren que sufrió una calamidad hace mucho… aunque es lo más raro: apareció de la nada, y en estos alrededores nunca ha pasado una vía del tren. —Debe ser una tortura —comenté con ánimo de iniciar la charla. —Lo es, pero también es un gran despertador: desde que esa máquina infernal apareció no he vuelto a llegar tarde a la escuela —me decía mientras daba un largo bostezo. Era claro que tenía sueño; aún así, después de un rato de estar acostada se puso de pie, estirándose y tronando cada hueso de los dedos de sus manos. Entonces se sentó frente al tocador y empezó a cepillar su cabello. Ella era tan delicada al hacerlo: por cada nudo que encontraba se tomaba el tiempo de detenerse y deshacer el enredo con mucho cuidado. Me recordó a mí cuando me levantaba a las 5:30 de la mañana y tenía que apresurarme; nunca me tomaba el tiempo para desenredar mi cabello, me cepillaba tan rápido como podía y si había un nudo que no podía deshacer con el cepillo, lo más rápido era arrancarlo. Verla a ella me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, una punzada de nostalgia por esos pequeños rituales cotidianos que ya no volvería a experimentar. Cuando la chica terminó, sacó de uno de los cajones un pintalabios y algo de maquillaje. Enseguida se amarró el cabello y empezó a maquillarse; lo hacía rápido, algo torpe, para finalmente tomar el pintalabios, destaparlo, prepararlo e intentar usarlo, mirándose en el espejo. Solo que algo la detuvo. Se miraba en el espejo, pero no continuó. Su mano empezó a temblar para enseguida dar un largo suspiro y guardar el pintalabios. Sacó una cámara de uno de los cajones y se tomó una selfie. Me sorprendió ver su cámara tan vintage, una de esas cámaras instantáneas. Cuando la foto salió, la agitó y enseguida escribió algo detrás, para luego guardar la fotografía en uno de los cajones. De igual forma guardó el maquillaje. La chica salió del cuarto; no supe a dónde fue durante un muy buen rato. No había ruido ni nada, no me dijo nada y después ella volvió. —Disculpa la espera, pero debía preparar el desayuno —me comentó la chica con una voz dulce, era un "por favor no preguntes nada sobre mi extraño ritual". Me llevó a la cocina y me puso en la mesa, esta vez un poco alejada de las dos sillas, pero centrada, como si yo fuese el público. Fernanda sirvió en dos platos huevo con jamón, mientras con un ágil movimiento sacaba las tortillas del comal. Ella estaba concentrada, y lo más sorprendente: podía mantener la boca cerrada. En ningún momento me habló, ni me miró; era impresionante su actuación, o posiblemente la memoria muscular de hacer esto todos los días. Enseguida entró un hombre muy bien vestido a la cocina. Era Sam, el tutor de Fernanda. Llevaba traje y corbata, estaba acelerado; con prisa se acercó a la estufa con una taza que sacó de un mueble y enseguida se sirvió café de una olla, soplando un poco y dándole un sorbo. Sam se sentó en la mesa y empezó a comer. Después de unos bocados y sorbos, al fin notó mi presencia. Se me quedó mirando un rato y, sin darme mucho mérito, continuó comiendo. El ambiente era familiar: el café, el pan, me pareció nostálgico. Hacía años que no presenciaba un desayuno; me encantó. Tal vez Fer y Sam no eran familia, pero habían construido un hogar. —Tengo un paciente, ¿te acerco a la escuela? —preguntó Sam. —No, aún es muy temprano —comentó Fernanda, quien empezaba a levantar la mesa. Sam agradeció la comida y se despidió, esperando ver a Fernanda al día siguiente. Fernanda terminó de limpiar la mesa, la cocina y lavó los trastes. Durante todo ese momento ella no me habló, se mantuvo concentrada. —Me voy a la escuela —me dijo mientras cargaba su mochila—. Si quieres puedes ver televisión. —Me tomó con cuidado y me dejó acomodada en el sillón frente a la pantalla, con el control cerca de mí—. Pues me voy —se despidió con un poco de temblor en su voz; cerró la puerta con mucho cuidado, mirándome antes de cerrar por completo. Perdí el tiempo como hace mucho no lo perdía, con el control en la mano mirando la televisión, pasando los canales sin nada que ver. Pero me puse al corriente con este mundo. Era tan raro, todo me parecía tan retro: las televisiones tan anchas, ningún joven con celular, los celulares eran tan gordos y pesados solo usados por adultos, sin pantallas táctiles. Aun así, era el año 2020 ¿Cómo era posible? Yo nací en el año 2009; mis padres tenían fotos de mí sosteniendo una tableta cuando solo tenía 3 años. Este mundo estaba retrasado de alguna forma. La calidad de la televisión era tan mala, con mucha estática, que me daba dolor de cabeza. Los programas eran tan malos, un intento burdo de controlar a las masas, tan obvio, nada sutil como los programas en mi mundo. En definitiva, estaban muy atrasados. Me quedé sentada mirando un programa de chismes, intentando memorizar nombres de celebridades que no conocía, solo para comparar. Creí, en un momento, que me quedaría dormida; imposible en mi estado: no necesito comer, ni dormir, ni respirar. En un cerrar y abrir de ojos ya eran las 5 de la tarde. Mi tiempo pasó más rápido con la televisión que cuando estaba en el salón, sola. Unos pasos rápidos llegaron hasta la puerta de la casa. Intenté moverme lo más rápido posible para apagar la televisión, demasiado lenta; la llave ya había entrado en la cerradura, empujando la puerta tan bruscamente y cerrándola con un portazo. Era Fernanda, bloqueando la puerta con su endeble figura. Estaba asustada, sofocada; cayó al piso y arrojó la mochila. Desde la puerta cerrada, apareció Maribel. —Ahí viene —dijo Maribel y se posó frente a la puerta. Parecía que algo malo estaba a punto de ocurrir, que alguien estaba atacando a Fernanda. —¿Qué sucede? —pregunté, susurrando. —Me siguió, me fue a buscar y ahora me siguió —dijo Fernanda con mucha prisa, con los ojos desorbitados por el miedo. —Te dije que no vinieras a tu casa —mencionó Maribel con ánimo de molestar. Enseguida se escucharon unos pasos acercarse a la puerta; cada paso era como la mecha de un explosivo, como un conteo final. Hasta que finalmente golpearon la puerta. El toquido era tan gentil, tan suave, que resultaba más perturbador que si hubieran aporreado con furia. Fernanda no dijo nada, tranquilizó lo más que pudo su respiración y tapó su boca, como si temiera hacer algún sonido. De nuevo tocaron la puerta. Quería preguntar, pero temía que mi voz fuese escuchada. La única que hablaba era Maribel, reprochando que Fernanda no le hubiese hecho caso. El silencio se hizo insoportable. Los tres toques, tan educados, resonaban en la quietud de la tarde como un recordatorio de que algo, o alguien, esperaba paciente del otro lado.
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