Maribel se negó a seguir peleando. De hecho, intentó quitarse el escudo y los nudillos. Parecía haber olvidado que estábamos en medio de un combate, hasta que un golpe pasó rozando su cabeza. Por fortuna lo esquivó y, con los nudillos, asestó un golpe en el rostro del ente.
Fue tan fuerte y contundente que la madera física que cubría su cabeza salió disparada, dejando al descubierto su cara de madera espiritual. Enseguida Maribel atacó de nuevo usando el escudo y volvió a acertar: la coraza del brazo derecho del ente saltó hecha pedazos. Era claro que ella se desenvolvía bien con esas armas de combate cuerpo a cuerpo, aunque no dejaba de quejarse de que quería recuperar su espada.
—Si no me vas a dar una espada para pelear, iré a buscar la mía —dijo, como si en verdad planeara abandonar la pelea a medias.
—Idiota, concéntrate en el combate —le dije al observar al ente acercarse con furia desmedida.
Pero mi preocupación fue en vano. Maribel esquivaba mientras se dirigía hacia donde posiblemente estaba su espada.
La criatura de madera recuperaba poco a poco su coraza física mientras caminaba; la madera parecía estar viva, reptando sobre su cuerpo como una segunda piel. Los golpes eran repelidos por Maribel con suma facilidad, pero el ente no mostraba signos de cansancio.
Cuando me di cuenta de que Maribel no tomaría la batalla en serio sin una espada, decidí darle lo que quería. A pesar de todo, Fernanda podría terminar mal herida o agotada.
Después de un instante, mis armas —el escudo y las nudilleras— desaparecieron en un destello para transformarse en una espada: mi primera forma.
Maribel, por un segundo, dejó de pensar en su espada y empezó a a****r a la criatura de madera con una técnica horrible. Era como si mi filo chocara contra concreto. He de decir que he peleado otras veces con otros usuarios, e incluso ellos podían partir rocas y gruesos pilares de acero. Mi filo responde a la voluntad del usuario, pero sobre todo a una técnica impecable.
Maribel blandió la espada una vez más. Una vez más. Una vez más.
Cada golpe que asestaba era más lento que el anterior. No por falta de voluntad —Maribel tenía voluntad de sobra, de esa que quema— sino porque los brazos de Fernanda ya no respondían como debían. Los músculos temblaban bajo la piel, crispados, al borde del calambre. Cada movimiento era un esfuerzo titánico.
El ente, en cambio, no mostraba signos de cansancio. Seguía avanzando, seguía atacando. La madera física volvía a cubrir su rostro, recomponiéndose con lentitud implacable. Era como golpear un árbol con las manos desnudas: uno podía lastimarse, pero el árbol seguía ahí.
—¡Maldita sea! —gruñó Maribel, esquivando un zarpazo que pasó rozando el hombro de Fernanda—. ¡¿Por qué no te caes de una vez?!
La criatura no respondió. Solo levantó el brazo para otro golpe.
Maribel contraatacó con un tajo horizontal. La espada impactó contra el antebrazo del ente, astillando un trozo de madera. Pero el retroceso hizo que los brazos de Fernanda temblaran aún más. La respiración de la chica se escuchaba ahora como un fuelle roto: entrecortada, áspera, demasiado rápida.
Y el corazón.
Yo podía sentirlo desde mi empuñadura. Latía demasiado fuerte, demasiado rápido. Como un pájaro contra las paredes de una jaula.
—Maribel —dije, con una calma que no sentía—. Su corazón.
—Lo sé —respondió ella, sin dejar de mirar al ente.
Lo sabía. Claro que lo sabía. Maribel estaba dentro de ese cuerpo, lo sentía mejor que yo. Sentía cómo las piernas de Fernanda empezaban a fallar, cómo la espada pesaba ahora el doble que hace cinco minutos, cómo el aire entraba y salía de los pulmones con un silbido húmedo y cansado.
El ente atacó de nuevo. Un golpe amplio, lento para lo que había sido antes, pero aún mortal. Maribel lo esquivó —apenas— y respondió con una estocada que enterró la espada en el costado de la criatura.
La madera crujió. El ente retrocedió un paso.
Pero Maribel no lo persiguió.
—Respira —dijo, pero no era para mí. Era para Fernanda, aunque Fernanda no estaba consciente del todo, perdida en algún rincón de su propia mente mientras Maribel manejaba su cuerpo como un titiritero con hilos demasiado gastados—. Respira, carajo.
La inhalación fue honda, temblorosa. La exhalación también.
El ente ya se estaba reincorporando. La madera comenzaba a fluir hacia su costado, reparando el daño.
—Si seguimos —dijo Maribel, mientras retrocedía un paso, luego otro—, su cuerpo se va a romper. No por esa cosa. Por mí. Por lo que le estoy pidiendo.
—Lo sé —dije yo esta vez.
El ente avanzó. La madera crujía con cada paso. Sus brazos colgaban a los costados como ramas muertas, pero no era un movimiento cansado. Era paciente. Era seguro. Sabía que no teníamos a dónde ir.
Maribel retrocedió hasta que la espalda de Fernanda tocó la pared del cementerio. La piedra fría. El límite.
—No nos deja pasar —dijo Maribel, y su voz era plana, calculadora—. No nos ataca del todo. Solo nos empuja.
—Quiere que nos cansemos —respondí—. Que Fernanda caiga. Y cuando caiga...
—Cuando caiga, nos separa. Y nos come —terminó Maribel.
El ente dio otro paso. Estaba a tres metros. Luego a dos. Su brazo derecho comenzó a elevarse lentamente. No era un ataque rápido. Era una sentencia. Sabía que no podíamos esquivarlo para siempre.
—Necesito una oportunidad —dijo Maribel, y había algo nuevo en su voz. No era miedo. Era... concentración—. Un segundo. Nada más. Para golpearlo y salir corriendo.
—¿De qué sirve golpearlo si no le hace nada?
—No necesito hacerle daño —respondió—. Necesito que se tambalee. Nada más. Un segundo.
El brazo del ente siguió subiendo. Un metro y medio.
—¿Y si no hay ese segundo? —pregunté.
Maribel no respondió. Solo ajustó su agarre en mi empuñadura.
Un metro.
—Cuando caiga —dijo Maribel, y su voz era apenas un hilo—, tú te encargas de que no se golpee la cabeza. ¿Entendiste?
—Maribel...
—¡Que si entendiste!
—¡Entendí! —grité.
El brazo del ente se detuvo en lo alto. Listo para caer. Listo para acabar.
Y entonces...
Dong.
Un sonido.
Lejano. Metálico. Un eco que venía de muy lejos, de algún lugar del bosque, de algún lugar que no era el cementerio.
Dong.
El brazo del ente no cayó.
Se quedó suspendido en el aire, temblando apenas, como si algo hubiera tocado un interruptor dentro de su cuerpo de madera.
Dong.
Otra campanada. Más cercana. O eso parecía.
El ente giró lentamente su rostro sin rostro hacia el bosque. Hacia el sonido.
Maribel no lo dudó.
No pensó. No calculó. No esperó a ver si era una trampa o una oportunidad.
Simplemente actuó.
La espada se alzó en el brazo de Fernanda —un brazo que ya no temblaba, porque Maribel no permitía que temblara— y cayó con toda la fuerza que le quedaba contra el costado del ente. La madera astillada voló en todas direcciones. La criatura se tambaleó. Un paso. Dos.
Era todo lo que necesitaba.
—¡Ahora! —gritó Maribel, y no era para mí. Era para el cuerpo de Fernanda, para esa voluntad dormida que aún habitaba algún rincón de su mente.
Las piernas de Fernanda se movieron. No corrieron —no podían correr— pero caminaron rápido. Un paso. Dos. Tres. Cuatro.
El ente aún estaba de espaldas. La campanada se repitió, más lejana esta vez, perdiéndose entre los árboles.
Maribel se metió entre los arbustos. Luego entre los árboles.
No miró atrás.
La maleza le arañaba las piernas. Las ramas bajas le golpeaban el rostro. Pero no se detuvo. No podía detenerse.
Yo iba en su mano, sintiendo cada golpe contra su palma, cada latido acelerado de Fernanda, cada respiración que era más un quejido que aire.
—¡Más rápido! —dije.
—¡No puedo! —respondió Maribel, y por primera vez escuché el esfuerzo real en su voz. El que no se puede disimular.
Las piernas de Fernanda tropezaron con una raíz. Maribel las sostuvo. Las enderezó. Las obligó a seguir.
Un tronco caído. Lo saltó. Un arbusto espinoso. Lo atravesó. Un árbol enorme, de esos que parecen tocar el cielo. Lo rodeó.
Cada obstáculo era un latido más. Cada segundo era una eternidad.
No sabíamos si el ente nos seguía. No sabíamos si estaba a un metro o a un kilómetro. No sabíamos nada. Solo sabíamos que teníamos que seguir.
El bosque comenzó a aclararse. La maleza se hizo menos densa. Las ramas dejaron de azotarnos.
Un claro.
Las casas del Barrio de Santo Apóstol aparecieron entre los árboles. Vacías. Silenciosas. Cubiertas de hierba y musgo.
Maribel salió del bosque como quien sale del agua después de ahogarse. Dio dos pasos más. Luego tres. Luego se detuvo.
No se volvió de inmediato.
Se quedó ahí, con la espalda al cementerio, con los pulmones de Fernanda ardiendo, con las piernas temblando, con los brazos colgando como ramas muertas.
Y entonces, lentamente, se volvió.
El bosque estaba quieto.
No había movimiento entre los árboles. No había sombras que no debieran estar. No había crujidos de madera. No había pasos.
Nadie.
El ente no había salido del cementerio. O se había perdido en el bosque. O simplemente había decidido que no valía la pena.
No lo sabríamos nunca.
Maribel no dijo nada. No preguntó si estábamos a salvo. No celebró. No suspiró de alivio.
Solo comenzó a caminar.
Sus pasos eran lentos ahora. Calmados. Cada pisada sobre la hierba alta sonaba distinta a las del bosque. Más suaves. Más seguras.
Caminó entre las casas vacías, entre los zaguanes oxidados, entre las calles que nadie pisaba. Yo iba en su mano, sintiendo cómo poco a poco los músculos de Fernanda se relajaban. Cómo la respiración comenzaba a normalizarse. Cómo el corazón dejaba de golpear contra las costillas.
Llegó al zaguán n***o. alcanzó la llave del cuello de Fernanda con dificultad abrió la puerta. La empujó con el hombro. Cruzó el patio. La cocina vacía. El pasillo largo. Las telarañas que rozaban el rostro.
Y al fondo, la puerta de madera.
La abrió.
El cuarto de Fernanda estaba ahí, intacto. Los peluches en la cama. La televisión apagada. El buró grande. El buró pequeño.
Maribel caminó hasta la cama. Dejó caer la espada sobre las cobijas. Luego, con un gesto lento, deliberado, soltó la influencia.
El cuerpo de Fernanda cayó sobre el colchón como una ola que finalmente toca la orilla. Los ojos cerrados. La respiración profunda. El sueño de quien ha corrido hasta no poder más.
Maribel flotó a un lado de la cama. Sin máscara. Con el rostro de una niña agotada. Se quedó mirando a Fernanda dormir.
Yo, en mi forma de espada, sobre las cobijas, la observaba.
—No lo seguía —dijo Maribel al rato.
—¿Qué?
—El ente. No nos seguía. Desde que salimos del cementerio, no nos seguía.
—¿Cómo sabes?
Maribel se encogió de hombros.
—Porque si nos hubiera seguido... lo habría sentido. En la espalda. En la nuca. En alguna parte. Eso nunca se deja de sentir.
Guardó silencio. Acercó una mano al rostro de Fernanda, sin tocarla, solo rozando el aire sobre su mejilla.
—Esa campana —dijo—. ¿De dónde salió?
—No lo sé —respondí.
—Yo tampoco. Pero si no hubiera sonado...
No terminó la frase.
Yo tampoco quería escucharla.
Maribel se puso la máscara con un gesto lento, casi cansado. Luego se recostó en el aire, justo al lado de Fernanda, como si pudiera dormir también.
Yo me quedé en las cobijas, sintiendo la respiración de las dos.
La de Fernanda, lenta y profunda.
La de Maribel, que no existía, pero que de alguna manera también se escuchaba.
Afuera, el barrio seguía vacío. El cementerio seguía oscuro. El ente seguía en algún lugar, esperando.
Pero esa noche, en ese cuarto lleno de peluches, estábamos a salvo.