Fabien Lacroix hijo no era ajeno al peligro. Nunca lo había sido. De hecho, lo disfrutaba tanto como el buen sexo. Pare él, las situaciones que lo enfrentaban al peligro le ofrecían la misma sensación de éxtasis que le ofrecía estar entre las piernas de una mujer.
Quizá se debía a que había crecido en medio de él, a que se había enfrentado a la muerte mucho antes de nacer o simplemente a que algo fallaba en su cabeza.
No lo sabía con exactitud, pero lo que sí sabía con certeza era que con lo que estaba a punto de hacer; abrirle la puerta al enemigo, invitarlo a acercarse y entrar a la vida de su familia y al mundo en el que se movían era dar pasos a ciegas en un campo minado.
En cualquier otra circunstancia, habría sido considerado un error imperdonable, probablemente estaba cometiendo un gran error que podría costarle caro, no solo a él, sino a su familia entera. Pero Fabien no temía al error si este le ofrecía una ventaja.
Y Madeleine Le Roy… era una ventaja.
Incluso si eso significaba permitir que su familia volviera a pelear en el infierno.
La residencia de los Le Roy en Luxemburgo se alzaba imponente bajo el cielo gris de la tarde, rodeada de jardines perfectamente cuidados que no lograban ocultar la historia que cargaban sus muros. Aquel lugar no era solo una casa. Era un símbolo. Uno que había sido arrebatado, fragmentado… y reducido. Pero no olvidado.
Los vehículos blindados de los Lacroix se detuvieron frente a la entrada principal con una precisión casi coreografiada. El silencio que los rodeó al apagarse los motores no fue casual. Fue tensión pura.
Las compuertas se abrieron y los integrantes de la familia comenzaron a descender.
Evangeline descendió primero, elegante, impecable, con la serenidad de una reina que no necesitaba anunciar su autoridad. A su lado, su esposo mantenía esa presencia peligrosa, propia de quien sabe que si debe luchar contra el mismo demonio para resguardar a los suyos lo hará sin titubear. Angeline observaba el lugar con una calma estudiada, dispuesta a atacar ante el primer indicio de peligro, mientras Pam permanecía unos pasos atrás, discreta pero atenta a cada detalle, a cualquier movimiento en falso que indicara que sus enemigos podían traicionarlos.
Fabien fue el último en bajar. Sus ojos recorrieron la fachada. Reconoció el peso del lugar y lo aceptó.
Rainier, su mano derecha, se colocó ligeramente detrás de él, como una sombra fiel.
La puerta de la mansión se abrió antes de que tuvieran que anunciarse.
Romain Le Roy los esperaba.
Su postura era rígida, su expresión dura, sin rastro alguno de cortesía genuina. A su lado, Claudine su madre mantenía la compostura, aunque la tensión se filtraba en la forma en que sostenía las manos.
—Reina Evangeline —saludó Romain con voz firme, aunque cargada de frialdad—. Los estábamos esperando.
Evangeline inclinó la cabeza con elegancia.
—Un agradable placer conocerlo en persona, señor Le Roy.
Luego, la mirada de Evangeline se posó en Claudine, esa misma mujer que años atrás había considerado su mejor amiga, hasta que todo se torció entre sus familias.
—Claudine —saludó fríamente.
—Evangeline... —murmuró Claudine y apartó la mirada bajándola al suelo, cuando la vergüenza de lo que hizo en el pasado le azotó los recuerdos; pasado que jamás le había revelado a sus hijos.
No hubo sonrisas. No hubo cordialidad. Solo protocolo.
Todo el grupo entró a la casa.
El interior de la residencia mantenía la misma imponencia que su exterior, pero el ambiente estaba cargado de algo más que historia.
Hostilidad.
Los condujeron hasta un salón amplio, donde una mesa larga esperaba, como si aquel encuentro hubiera sido anticipado durante años.
Todos tomaron asiento. Los Lacroix en un lado. Los Le Roy en el otro.
Dos familias. Dos historias. Un mismo odio.
El silencio inicial fue deliberado. Un juego de fuerzas invisibles, donde cada gesto, cada mirada, cada respiración medía el terreno.
Fue Evangeline quien rompió ese silencio.
—No estamos aquí para perder el tiempo —dijo con calma—. Imagino que ya han leído nuestra carta.
Romain apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia adelante.
—La leí. —Su mirada se endureció—. Pero no explica lo suficiente, así que desde entonces hemos estado un poco... intrigados por así decirlo.
Fabien padre observaba sin intervenir. Angeline mantenía la compostura. Pam tomaba nota mental de cada palabra. Rainier, como un halcón, no apartaba los ojos de Romain, leyendo cada uno de sus movimientos.
Y Fabien… él miraba y calculaba.
—Entonces iremos directo al punto —continuó Evangeline—. Estamos aquí para ofrecerles algo que llevan años deseando recuperar.
Claudine tensó los dedos sobre su regazo.
—¿Y qué sería eso?
Fabien hijo intervino entonces, su voz firme, sin vacilaciones.
—El ducado.
El aire alrededor se volvió más pesado.
—Luxemburgo —añadió, sin apartar la mirada de Romain—. Su título, el poder, la posición y todos los privilegios de los que antes gozaban.
Romain no reaccionó de inmediato. Pero algo en sus ojos cambió.
—¿Están bromeando? —preguntó, aunque su tono no era tan sólido como antes.
Fabien dejó escapar una leve exhalación, casi divertida.
—Nosotros no bromeamos con eso.
Silencio.
Tenso.
Incómodo.
—Y ahora —continuó— estamos dispuestos a devolverles todo lo que perdieron treinta y cinco años atrás.
Claudine fue la primera en inclinarse ligeramente hacia adelante.
—¿A cambio de qué?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Evangeline no respondió. Dejó que su hijo lo hiciera. Después de todo, él era quien estaba detrás de todo.
—A cambio de una unión matrimonial, tal y como mi abuelo el rey estaba dispuesto a hacerlo hace treinta y cinco años, cuando estaba dispuesto a casar a mi madre con el difunto duque heredero.
—¿Un matrimonio? —murmuró Romain y rápidamente miró a Angeline, haciendo suposiciones equivocadas—. Pero yo ya estoy casado.
Aunque si se lo hubieran pedido, sin vacilar habría hecho a un lado a Victoire, su esposa, solamente para escalar más alto. Después de todo, ya había conseguido de ella lo único que le había interesado cuando decidió escogerla como su esposa.
—Eso ya lo sabemos —dijo Angeline con desprecio, al darse cuenta de que el muy imbécil suponía que querían casarla a ella con él—. No es tu mano la que quieren en matrimonio, bonito.
Romain endureció el gesto y apretó los puños al darse cuenta del dejo desprecio en la voz de Angeline.
—Es la mano de Madeleine la que queremos en matrimonio a cambio de regresarles el ducado —dijo Fabien sin rodeos.
El nombre cayó como una sentencia.
Romain se tensó de inmediato.
—No. —Su respuesta fue automática—. No tienen derecho a siquiera mencionarla.
No lo decía porque le importara la seguridad de su hermana, sino porque quería darle la suficiente importancia como para poder sacar más provecho.
Fabien sostuvo su mirada sin alterarse.
—Entonces no hay trato alguno. No hay boda y no hay ducado de vuelta —espetó rotundo—. Esta reunión se termina.
Se puso en pie, dando finalizada la conversación y Romain parpadeó sorprendido, ya que no se esperaba esa reacción.
—No. Esperen —dijo, alzando su mano—. Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a ambos.
Fabien sonrió y miró fugazmente a su madre, quien imperceptiblemente movió las cejas en un gesto cómplice.
Los Lacroix volvieron a sentarse
—Lo que ofrecemos —continuó Evangeline— no es menor. Les estamos devolviendo lo que perdieron. Lo que les fue arrebatado. Su lugar.
Romain apretó la mandíbula.
—¿Y a cambio esperan que entregue a mi hermana?
Fabien inclinó ligeramente la cabeza.
—Espero un matrimonio, sí. Y también espero que Madeleine no sepa nada de esto.
Pausa.
—¿Por qué razón? —preguntó Claudine, confundida.
—Simple —dijo Fabien—. Porque estoy seguro de que si sabe con quién se va a casar, no va a querer aceptar y solo alargaremos esto, mientras que yo quiero que la boda se lleve a cabo en dos semanas. Pueden informarle que va a casarse, pero no con quién.
—Eso no es una unión —gruñó Claudine—. Es una imposición.
Evangeline sostuvo su mirada.
—Pensé que a los Le Roy les gustaba hacer las cosas de esa forma. ¿Se te ha olvidado, querida amiga?
El silencio se extendió nuevamente.
Largo.
Pesado.
Claudine agachó la mirada sin nada que objetar.
Romain fue quien habló esta vez, con una voz más baja, más medida.
—¿Y qué garantías tenemos?
Evangeline respondió sin titubear.
—Todas las que necesiten.
Pam deslizó discretamente una carpeta sobre la mesa. Documentos. Firmas. Condiciones. Todo preparado. Nada improvisado.
Romain no apartaba la mirada de Fabien y Fabien no retrocedía, porque en el fondo, ambos sabían lo que estaba ocurriendo.
Esto no era una negociación justa.bEra una jugada maestra.
Y aunque los Lacroix cedían una parte…
No estaban perdiendo nada porque seguían siendo más fuertes. Más peligrosos. Más implacables.
Romain cerró los ojos un segundo. Solo uno. Lo suficiente para dejar que el peso de la decisión lo atravesara.
Cuando volvió a abrirlos, la rabia seguía allí. Pero ahora estaba acompañada de algo más: ambición.
—Si aceptamos… —dijo lentamente— recuperamos todo.
—Sí —respondió Fabien.
—Y Madeleine… se casa contigo.