CAPÍTULO 5: LO TOMAREMOS

886 Words
El sonido del motor se apagó frente a la entrada principal de la residencia Le Roy, dejando tras de sí un silencio pesado que contrastaba con la tensión que parecía haberse instalado en el aire. Romain apenas había terminado de abrir la puerta del coche cuando la vio. Claudine, su madre, venía hacia él con pasos rápidos, impropios de su habitual compostura. Su porte elegante seguía intacto, pero había algo en su expresión que no encajaba. Demasiada urgencia. Demasiada alteración. Y en su mano… un sobre. Ese sobre había llegado a la mansión apenas unas horas antes, alterando los nervios de la matriarca Le Roy, que no había tenido un segundo de paz desde que había visto el sello en el sobre y mucho menos desde que había leído el contenido de la misiva. —Romain, tienes que leer esto —dijo, sin siquiera permitirle saludarla—. Ahora mismo. Romain frunció el ceño al incorporarse completamente, cerrando la puerta del coche con un golpe seco. —¿Qué sucede, madre? ¿Qué es esto? —Míralo por ti mismo —respondió su madre y la forma en que lo dijo fue suficiente para que la incomodidad se instalara en su pecho y una lucecita roja que indicaba peligro se encendiera en su cabeza. Romain tomó el sobre y en el instante en que sus ojos se posaron sobre el sello y reconocieron el escudo del Principado de Mónaco, algo en su interior se tensó con violencia. «No puede ser...», pensó mientras sus dedos se cerraban con más fuerza alrededor del papel, arrugándolo apenas sin darse cuenta. Su pulso se aceleró de forma brusca, una mezcla de reconocimiento y rechazo recorriéndole el cuerpo como un golpe eléctrico. Su mandíbula se endureció. No necesitaba abrirlo para saber de quién venía. —¿Es de los malditos Lacroix? —gruñó, sin levantar la vista—. Después de todo lo que nos hicieron... ¿esos hijos de perra se atreven a escribirnos una jodida carta? —Sí. —La respuesta de su madre cayó como aceite sobre fuego. La rabia subió. Rápida. Espesa. Incontrolable. —¿Qué es lo que quieren? ¿Nos invitan a una fiesta? ¿Nos mandan sus saludos? ¿O qué mierda quieren? ¿Humillarnos más de lo que ya lo han hecho? No esperó respuesta. Abrió el sobre con un movimiento brusco, sacó la carta y la desdobló con impaciencia. Sus ojos comenzaron a recorrer las líneas, rápidos, precisos, absorbiendo cada palabra con una intensidad que hacía que sus dedos se tensaran aún más sobre el papel. —Quieren reunirse con nosotros —dijo Claudine, adelantándose—. Contigo y conmigo, sin que Madeleine o alguien más lo sepa. Hablan de que quieren hacer un trato con nosotros. Un trato que beneficiará a ambas partes, especialmente a nosotros. ¿Puedes creerlo? Romain no respondió. Seguía leyendo. Confirmando. Cada palabra era un golpe. Cada frase, una provocación. El tono formal no lograba ocultar lo que realmente era: una intromisión. Una osadía. Una invitación que sonaba más a desafío que a propuesta. Cuando terminó, el silencio se volvió insoportable. La hoja crujió en su mano. Romain la arrugó con violencia, apretándola como si deseara pulverizarla. Como si en lugar de papel tuviera entre los dedos el cuello de uno de esos malditos bastardos. Su respiración se volvió más pesada. Sus ojos, más oscuros. Su sangre crepitó en sus venas. Claudine lo observó con atención, sin perder detalle de su reacción. —¿Qué piensas? —preguntó finalmente—. ¿Qué crees que quieran ofrecer? ¿Será algo que podamos aceptar? ¿O será alguna trampa para acabar lo que empezaron hace más de treinta y cinco años? Romain no respondió de inmediato. No podía. Se quedó allí, inmóvil, con la carta destrozada en su puño, dejando que la rabia se asentara… o, más bien, que lo consumiera lentamente desde dentro. Su mente ya no estaba en el papel. Estaba en el pasado. En lo que les arrebataron. En los nombres. En las deudas. En la humillación. En la sangre de los suyos derramada años atrás. La sangre con sangre se paga y la muerte con más muerte. Cuando habló, su voz salió más baja. Más peligrosa. —No sé de qué querrán hablar… —Levantó la mirada hacia su madre y en sus ojos no había duda. Solo odio—. Pero si esta es la oportunidad que necesitamos para recuperar lo que esos malditos Lacroix nos quitaron… Sus dedos se cerraron aún más, hasta que la hoja prácticamente desapareció entre ellos. —La vamos a tomar. Hizo una pausa. Su mandíbula se tensó con tanta fuerza que sus dientes rechinaron y dolió. —Porque lo único que quiero… —Un destello oscuro cruzó su mirada— es acabar con esos bastardos. Claudine no lo contradijo. No lo calmó. Porque en el fondo… ella sentía exactamente lo mismo. Y si los Lacroix querían jugar… entonces ellos iban a responder. Ya no tenían nada, ni poder, ni renombre, ni el maldito ducado, pero Romain estaba dispuesto a dejar su piel y su propia vida en el intento, con tal de acabar con cada uno de los putos Lacroix que existían en el mundo y obtener la venganza que durante tantos años les habían estado debiendo.
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