CAPÍTULO 4: QUIZÁ NO LA APRUEBEN

1496 Words
El despacho estaba en silencio. Un silencio denso, elegante, apenas interrumpido por el leve tintinear del cristal cuando Fabien giró la navaja entre sus dedos. La observaba con detenimiento. Como si no fuera un arma… sino un objeto digno de estudio. El metal reflejaba la luz tenue del lugar con un brillo frío, casi hipnótico. La hoja, finamente trabajada, mostraba un patrón ondulado que parecía moverse al ritmo de la luz. Pero lo que más llamaba la atención no era la hoja. Era el mango. Pulido, elegante, con incrustaciones en un rojo profundo que parecía casi sangre líquida bajo la iluminación. Como si encerrara algo vivo en su interior. Un contraste perfecto con el acero plateado que lo rodeaba, formando líneas suaves, casi orgánicas. Fabien deslizó el pulgar por el borde, hasta llegar a tocar el filo, especialmente la zona donde un nombre estaba grabado en el metal: Madeleine. —¿Acaso ese es tu nombre, muñequita? —murmuró. Su mente regresó, inevitablemente, a ese instante. A la presión del acero contra su cuello. A su mirada. No temblaba. No dudaba. Luego recordó lo que le hizo a la muñequita con esa navaja y la forma en que su cuerpo se estremeció debajo de él cuando alcanzó la cima del clímax. «Y eso que solo fue una navaja manipulada por mi mano —pensó—. Si me hubiera tenido dentro de ella...» Una sonrisa perversa se dibujó en su boca mientras imaginaba cómo debía ser estar enterrado bien profundo dentro de ella, mientras se deshacía de placer bajo su cuerpo. Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. —Adelante. La puerta se abrió. Rainier entró con paso firme, una carpeta en la mano. —Señor. Fabien no levantó la vista de inmediato. —¿Y bien? Rainier avanzó unos pasos más hasta detenerse frente al escritorio. —Tenemos la información que pidió sobre la chica del club. Eso sí captó su atención. Fabien alzó la mirada. Lenta. Precisa. —¿Quién es? Rainier extendió la carpeta. —Será mejor que lo vea usted mismo. Fabien dejó la navaja sobre el escritorio, aunque sus dedos permanecieron un instante más sobre ella, como si no quisiera soltarla del todo. Luego tomó la carpeta. La abrió y lo primero que vio fueron fotografías. Varias de la misma mujer. En distintos lugares. En la playa de Saint-Tropez. Caminando descalza sobre la arena, el viento moviendo su cabello, ajena a la vigilancia. Con un traje de baño que le hizo sentir a Fabien un calor en la entrepierna. Otra imagen. Más cercana. Riendo con otra chica, una copa en la mano. Fabien entrecerró los ojos y pasó a otras imágenes. Inmediatamente reconoció dónde era allí: Luxemburgo. Su expresión cambió. Se detuvo. Observó con más atención. No era cualquier sitio. No era cualquier casa. Su mirada se afiló y tomó la siguiente hoja, en la que estaban los datos. Nombre completo. Sus ojos se detuvieron allí. [[Madeleine Éléonore Le Roy de Beaumont.]] Fabien enarcó una ceja. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. —Así que es una Le Roy… —Así es, jefe —respondió Rainier—. La chica pertenece al extinto ducado de Valmont, Casa Le Roy... los enemigos de los Lacroix. El aire en la habitación cambió. No era sorpresa. Era… una confirmación. Fabien volvió a las fotografías y encontró otra. Madeleine estaba en un jardín amplio, perfectamente cuidado. Hablando con un hombre… y una mujer. Inmediatamente Fabien reconoció a Claudine Le Roy y su hijo mayor, Rainier Le Roy de Beaumont. No necesitaba que se lo explicaran. Lo entendió al instante. Observó la imagen unos segundos más y luego apoyó la carpeta sobre el escritorio. Pero no apartó la mirada. —Así que por eso querías matarme, muñequita… —murmuró, más para sí mismo que para Rainier. La pieza encajaba. El odio. La intención. La audacia. Las ganas de cortarle el cuello. Todo tenía sentido ahora. Pero eso no borraba lo otro. Esa mirada. Esa forma de enfrentarlo. El hecho de que había subido… sabiendo que podía morir en el intento. Una risa baja escapó de los labios de Fabien. Peligrosa. Satisfecha. Fabien tomó de nuevo la navaja y la giró entre sus dedos. Como si ya no fuera un simple trofeo, sino una promesa. —Bueno, muñequita… —murmuró— vamos a darte otra oportunidad para intentarlo. [...] El despacho de la reina Evangeline estaba bañado por una luz suave que se filtraba a través de los ventanales altos, iluminando los tonos marfil y dorado del mobiliario con una sobriedad impecable. Nada en aquella habitación estaba fuera de lugar. Cada objeto, cada documento, cada detalle transmitía control. Evangeline permanecía sentada tras su escritorio, revisando unos documentos mientras Pam, su mejor amiga y secretaria de asuntos de Estado, le exponía en voz clara los últimos informes diplomáticos. La conversación fluía con precisión, sin distracciones, hasta que un golpe en la puerta interrumpió el ritmo. —Adelante. La puerta se abrió. No era una visita cualquiera. Entraron los dos Fabien: padre e hijo, y detrás de ellos, Angeline cerró la puerta con suavidad, su mirada curiosa recorriendo la escena antes de posarse en su madre. Evangeline alzó la vista, sorprendida, pero no incómoda. Una sonrisa elegante, medida, apareció en sus labios. —Vaya… —comentó con una ligera inclinación de cabeza—. ¿A qué debo el honor de tenerlos a todos aquí al mismo tiempo? Fabien, su hijo, no perdió tiempo. —Quiero hablar de algo importante. Con toda la familia. El tono fue suficiente para cambiar la atmósfera. Evangeline entrecerró los ojos apenas, estudiándolo con la misma atención con la que evaluaba una crisis de Estado. —Oh, vaya… —murmuró—. Por ese tono, realmente parece importante... y delicado. —Lo es —afirmó su hijo. Evangeline giró ligeramente el rostro hacia Pam. —Déjanos un momento... —No —interrumpió Fabien con calma, pero sin espacio para réplica—. Este asunto también le compete a Pam... y creo que hasta al Estado. El ceño de Evangeline se frunció con claridad esta vez. No era común que su hijo interviniera en sus decisiones de ese modo, y menos aún frente a terceros. Su mirada se volvió más aguda, intentando anticipar el motivo de aquella reunión. —Muy bien —dijo finalmente, señalando los asientos frente a su escritorio—. Entonces tomen asiento. Todos obedecieron. Su padre lo hizo con tranquilidad calculada, cruzando una pierna sobre la otra, observando en silencio. Angeline se acomodó con un gesto elegante, aunque la expectación se reflejaba en sus ojos. Fabien permaneció erguido, seguro, como si ya hubiera decidido cada palabra que iba a decir. Evangeline apoyó las manos sobre el escritorio. —Habla. Fabien tomó aire. No dudó. —El motivo por el que los he reunido a todos —empezó— es para informarles que he encontrado a una mujer con la que quiero contraer matrimonio. El silencio fue inmediato. Pesado. Denso. Su madre fue la primera en reaccionar. —¿Estás hablando en serio? —Muy en serio —afirmó Fabien. Angeline soltó una pequeña exhalación, incrédula. —Pero si tú mismo aseguraste que jamás te ibas a casar. Fabien se encogió de hombros con una despreocupación que contrastaba con la tensión del ambiente. —He cambiado de opinión. —Sus labios se curvaron apenas—. Porque esta mujer es... diferente a todas las que he conocido. Su padre lo observó con más atención entonces, evaluando no solo sus palabras, sino lo que había detrás de ellas. —¿Quién es esa mujer tan diferente? Fabien no respondió de inmediato. El silencio se extendió unos segundos más de lo necesario. Se llevó la mano a la barbilla, frotándola con lentitud, como si organizara sus pensamientos o, quizá, como si disfrutara del momento. Una leve sonrisa, casi imperceptible, apareció en su rostro. —Ahí está el problema. Evangeline frunció el ceño con más fuerza. —¿Qué problema? —Que quizá no aprueben mi elección… —respondió, con una calma que no coincidía con el peso de sus palabras—. Por su familia. Su padre inclinó ligeramente la cabeza. —¿De quién se trata? El aire pareció detenerse. Fabien guardó silencio una vez más, dejando que la tensión creciera lo suficiente como para que todos sintieran su peso. Y entonces habló. —Es una Le Roy. El efecto fue inmediato. No hubo necesidad de explicaciones. El nombre bastaba. Evangeline se quedó completamente inmóvil, su expresión endureciéndose de forma casi imperceptible, como si una memoria antigua acabara de abrirse paso. Angeline dejó de fingir tranquilidad, y su sorpresa se volvió evidente. Fabien padre no reaccionó de forma visible, pero su mirada se volvió más fría, más calculadora. El silencio que siguió ya no era expectante. Era peligroso, porque todos sabían lo que significaba ese apellido... esa familia. Y lo que implicaría… si Fabien hablaba en serio.
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