Mateo Montes El rugido del motor era lo único que parecía sostener la realidad mientras dejábamos atrás la mansión, que ahora se veía como un mausoleo iluminado por los rayos de la tormenta. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos me dolían, pero no podía relajar la tensión. En el compartimento central, el teléfono no dejaba de vibrar. El nombre de Olivia aparecía una y otra vez, iluminando la cabina con una luz blanca y espectral que hacía que Alya se encogiera cada vez más en su asiento. Llegamos a la propiedad, una casa de hormigón y cristal oculta tras una densa línea de árboles que yo había comprado hace meses previendo, quizás de forma inconsciente, que este día llegaría. El portón se cerró tras nosotros con un sonido metálico definitivo. Apagué el motor y,

