Alya Fuentes Me desperté con el cuerpo pesado, atrapada entre el rastro del deseo de anoche y la crudeza de la realidad matutina. Estiré la mano hacia el otro lado de la cama, pero solo encontré las sábanas frías y desordenadas. Mateo se había ido. No sabía en qué momento de la madrugada se había deslizado fuera de mi habitación, pero la razón era obvia: no podía permitirse que mi madre despertara sola en su nueva mansión y empezara a hacer preguntas que ninguno de los dos quería responder. Aquello me llenó de una amargura que se instaló en mi garganta como hiel. Me sentía como el secreto sucio de un hombre que, a plena luz del día, le juraba lealtad a mi propia sangre. —Basta, Alya. No pienses —me ordené en voz alta, tratando de acallar la voz de mi conciencia. Me levanté a trom

