Alya Fuentes El trayecto en el taxi se sintió como una eternidad de semáforos en rojo y asfalto mojado. Mi mente era un hervidero de ansiedad visualizaba mi casa, el único lugar donde todavía podía respirar sin sentir el peso del apellido Montes o la mirada posesiva de Mateo, hundiéndose bajo el agua. Al doblar la esquina, mi corazón se hundió. Había un par de vecinos fuera, observando con esa mezcla de curiosidad y lástima que tanto detesto. El agua no solo se desbordaba; salía por debajo de la puerta principal como un río silencioso que reclamaba la calle. Mi auto, ese que me había abandonado a mitad de camino, descansaba frente a la entrada como un recordatorio metálico de mi absoluta falta de control. —¡Lo siento! ¡De verdad lo siento! —exclamé mientras bajaba del taxi, mis zap

