Alya Fuentes El agua fría no había sido suficiente para entumecer mis nervios, pero al menos había borrado el rastro físico de mi pecado. Me vestí con un conjunto sencillo de seda, tratando de proyectar la imagen de la hija que busca refugio y no la de la amante que acaba de ser poseída en la habitación contigua. Bajé las escaleras de mármol, sintiendo que cada paso era una traición al suelo que pisaba. En la cocina, el aroma a hierbas frescas y vino tinto llenaba el aire. Mi madre, ya vestida con un conjunto elegante pero relajado, supervisaba los últimos detalles. —Estará listo en unos minutos, cariño —me dijo con una sonrisa radiante—. ¿Por qué no exploras un poco? El jardín es precioso de noche. Asentí, necesitando desesperadamente aire que no estuviera viciado por la presenc

