Alya Fuentes El sonido del teléfono perforó el silencio de mi nueva habitación con una insistencia que me obligó a salir de la bruma del sueño. Me froté los ojos, desorientada por un segundo al ver el techo excesivamente alto y las molduras doradas que no me pertenecían. La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas, recordándome que ya no estaba en mi santuario, sino en la mansión Montes. Miré la pantalla 7:00 AM. Ángel. —¿Ángel? —mi voz sonó ronca, todavía espesa por el cansancio. —Alya, perdóname por llamarte tan temprano —su voz llegó con un estruendo de fondo, gente caminando y anuncios por altavoz—. No quería despertarte, pero me era imposible subir al avión sin decirte esto. Tu carro está abajo, frente a la mansión. Me incorporé de golpe, dejando caer las sába

