Mateo Montes El silencio que sigue al estruendo de la pasión suele ser revelador. En la penumbra de mi habitación, con el aroma del sexo todavía suspendido en el aire como una neblina densa, sentí el peso ligero de Alya sobre mí. Estaba desnuda, con la piel encendida y el cabello derramado sobre mi pecho como hilos de seda oscura. Mis dedos, casi por instinto, trazaron el camino de su columna vertebral, maravillado por la suavidad que contrastaba con la firmeza de mi propio cuerpo. —Está siendo muy difícil para mí, Mateo —susurró ella. Su voz, teñida de una vulnerabilidad que me apretó el pecho, rompió la calma. La sentí tensarse, como si la realidad estuviera llamando a la puerta de nuestro refugio de cristal. Sabía a qué se refería: el peso de la traición, el rostro de su madre, la

