Alya Fuentes El aire en la habitación todavía vibraba con el eco de nuestra respiración agitada, un rastro invisible de la pasión que nos había consumido segundos antes. Me sentía aturdida, con la piel ardiendo y el corazón tratando de encontrar su ritmo, cuando un sonido seco, rítmico y autoritario nos devolvió a la realidad con la violencia de un latigazo. Alguien tocaba a la puerta. Nos levantamos de golpe, como si una corriente eléctrica nos hubiera atravesado. Mi corazón, que apenas empezaba a calmarse, se disparó contra mis costillas. Mateo se quedó inmóvil, con los músculos de su espalda ancha tensos y la mirada fija en la madera de la entrada, como un depredador que ha sido interrumpido. Yo, impulsada por un pánico ciego y la vergüenza quemándome la garganta, caminé de puntil

