Alya Fuentes La ciudad me recibió con su habitual estruendo de cláxones y el aire cargado de una prisa que, por primera vez en mi vida, me resultó reconfortante. El viaje en el jet con Ángel había sido una especie de zona de descompresión emocional, el silencio de las nubes me permitió guardar en un rincón oscuro de mi mente lo sucedido en Hawái. Esa mañana, mientras me preparaba frente al espejo de mi habitación, sentí un nerviosismo diferente. No era el miedo asfixiante que me cortaba la respiración, sino la anticipación vibrante de quien está a punto de reclamar su propio destino. Me puse un traje de sastre en color verde esmeralda, sencillo pero de corte impecable, y recogí mi cabello en una coleta tirante que me hacía sentir profesional y decidida. Tomé mi auto y maneje haci

