Alya Fuentes El reloj en la pared marcaba el final de mi primera jornada oficial. Cerré la computadora con una sensación de satisfacción que no recordaba haber sentido nunca. Mis dedos aún vibraban por la cantidad de notas que había tomado sobre el caso de custodia. Antes de marcharme, decidí pasar por la oficina de Ángel para despedirme no quería simplemente desaparecer después de lo atento que había sido conmigo durante todo el día. Caminé por el pasillo, que a esta hora ya empezaba a quedarse en silencio, y toqué suavemente su puerta. —¿Se puede? —pregunté, asomándome. Ángel estaba guardando unas carpetas en su maletín de cuero. Al verme, volvió a sonreír con esa calma que parecía ser su sello personal. —Alya, justo iba a buscarte. ¿Cómo te sientes después de tu primer día d

