Alya Fuentes Cruzar el umbral de mi casa fue como recibir un golpe de realidad en pleno rostro el aire acondicionado, siempre ajustado a la perfección, me caló hasta los huesos, evaporando el rastro de calor que el cuerpo de Mateo había dejado en mi piel pasé todo el día con él fueron horas donde el tiempo pareció detenerse, donde el mundo exterior con sus deudas, sus mentiras y sus reglas no existía. Me encantó nunca me había sentido así vista, deseada, poseída con una intensidad que me hizo olvidar quién era yo y quién era él pero al cerrar la puerta principal tras de mí, el silencio de la casa me recordó exactamente quiénes éramos. Él era el prometido de mi madre y yo era la hija que acababa de entregarle su inocencia al hombre que se suponía debía ser su protector. —¿Alya? ¿Cariño

