Mateo Montes
En el momento en que los labios de Alya buscaron los míos, el último gramo de autocontrol que me quedaba se desintegró.
He pasado treinta y ocho años de mi vida aprendiendo a dominar mis impulsos, a negociar con frialdad y a mantener una máscara de hierro frente al mundo, pero esta niña... esta mujer de veinte años con ojos de tormenta ha logrado lo que nadie pudo volverme loco.
La tomé por la cintura con una urgencia que me asustó a mí mismo, atrayéndola hacia mi cuerpo hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros.
El beso fue una colisión de deseo contenido. Sabía que estaba mal sabía que ella era la hija de la mujer con la que me iba a casar en un mes, sabía que esto era un campo minado que podía destruir mi reputación y mi familia pero mientras sentía sus manos enredarse en mi cabello y su respiración entrecortada contra mi boca.
Nada de eso importaba por primera vez en mi vida, no quería ser el heredero perfecto ni el empresario exitoso, solo quería disfrutar de ella, de su inocencia, de la forma en que su cuerpo temblaba bajo mi tacto.
Mis manos, impulsadas por un hambre que no conocía límites, comenzaron a recorrer su espalda, bajando por la curva de su cadera la elevé un poco, permitiendo que sus pies colgaran mientras ella se aferraba a mis hombros.
Cada uno de sus gemidos ahogados en mi boca era un incentivo para ir más allá con movimientos torpes por la prisa, comencé a deshacerme de su ropa, queriendo descubrir cada rincón de esa piel que me había obsesionado desde que la vi en la cafetería cuando finalmente quedó expuesta ante mis ojos en la penumbra de mi sala, me quedé sin aliento era perfecta, una visión de juventud y pureza que me hacía sentir como un pecador a punto de profanar un templo.
La cargué con cuidado, sintiendo su peso ligero y su piel suave contra la mía y la llevé hacia mi habitación al acostarla sobre las sábanas de seda oscura, el contraste de su piel clara me cegó.
Me deshice de mi propia ropa en segundos, mis ojos fijos en los suyos, que me miraban con una mezcla de miedo y una entrega absoluta que me hacía hervir la sangre.
Me posicioné sobre ella, besando su cuello, sus hombros, descendiendo hasta que sentí que el deseo físico era una tortura que necesitaba alivio inmediato pero cuando comencé a entrar en ella, me detuve en seco la resistencia, la forma en que su cuerpo se tensó y ese pequeño sollozo que escapó de sus labios me lo dijeron todo.
—Alya...— susurré, mi voz rota por el esfuerzo de no perder el control.
Era virgen...
La realización me golpeó como un rayo no solo era joven e inocente era un territorio inexplorado, y yo era el primero esa idea encendió un fuego posesivo en mis entrañas que casi me hace perder la cabeza.
Me obligué a ir despacio, centímetro a centímetro, tratando de no herirla, aunque mi propio cuerpo me gritaba que la tomara con toda mi fuerza.
Estaba tan apretada, tan cálida, que sentí que me iba a quebrar.
Ella gimió de dolor, cerrando los ojos con fuerza, y me detuve, cubriendo su rostro de besos suaves, susurrándole palabras que ni siquiera sabía que era capaz de decir poco a poco, con cada embestida lenta y profunda, sentí cómo su cuerpo empezaba a ceder, cómo su dolor se transformaba en algo más oscuro y placentero.
Alya comenzó a soltarse, sus uñas se clavaron en mi espalda y sus besos se volvieron más exigentes.
—Mateo... por favor...— jadeó ella, y ese fue mi fin.
Me perdí en el ritmo, en el sonido de su voz gritando mi nombre, en la forma en que mordió mi brazo suavemente para ahogar un grito de placer puro cuando ambos llegamos al clímax.
En ese momento, mientras la sentía pulsar bajo mi cuerpo, lo supe con una certeza aterradora, no la iba a dejar ir.
Jamás. Ahora era mía en todos los sentidos posibles. Ya no me importaba Olivia ni la estúpida boda si tenía que casarme con su madre por las apariencias y las exigencias de mi familia, lo haría, pero Alya sería mi realidad, mi secreto mejor guardado, mi verdadera mujer.
Pasamos un rato así, enredados entre las sábanas, recuperando el aliento ella se acomodó en mi pecho, y yo no podía dejar de repartir besos por todo su rostro, maravillado por la paz que sentía la tomé en mis brazos de nuevo y la llevé al baño principal abrí los grifos de la enorme bañera, dejando que el agua caliente se llenara de espuma nos metimos juntos ella se sentó delante de mí, apoyando su espalda contra mi pecho, mientras yo usaba una esponja para dejar caer agua suavemente sobre su cuerpo.
El silencio era cómodo, pero estaba cargado de todo lo que no habíamos dicho.
—Lo que estamos haciendo está muy mal, Mateo..— susurró ella, su voz apenas un hilo, mientras mis dedos acariciaban sus hombros bajo el agua.
—No es malo, Alya es una demostración de amor y deseo carnal de algo que ninguno de los dos pudo detener— le dije, besando la parte posterior de su cabeza.
Ella se giró un poco, buscándome con la mirada y vi la vulnerabilidad en sus ojos.
—Prométeme una cosa— pidió con seriedad —Si vas a estar conmigo... si vamos a hacer esto... no puedes estar de forma íntima con mi madre no lo soportaría.—
Sentí una punzada de culpa, pero la aparté de inmediato. No podía perderla, no ahora.
—Te lo prometo, Alya solo te deseo a ti la situación con Olivia... es solo ante la sociedad, es un trámite que debemos cumplir por motivos que van más allá de nosotros pero mi cama y mi corazón solo te pertenecen a ti. Solo deseo estar contigo.—Pude sentir cómo su cuerpo se relajaba contra el mío, cómo su respiración se calmaba al escuchar mis palabras.
Me sentí como el peor de los mentirosos, pero también como el hombre más afortunado. La abracé con fuerza, protegiéndola del mundo exterior que seguía girando más allá de estas paredes.
Sin embargo, mientras el agua caliente nos rodeaba, la realidad empezó a filtrarse en mis pensamientos sabía que me tenía que casar, mi familia, los Montes, jamás aprobarían a una chica de veinte años, una estudiante que apenas empezaba a vivir, ellos aprobarían a Olivia Porte ella tenía la edad, la elegancia y el nombre que encajaba en nuestras cenas de gala.
Alya no era una opción para el mundo exterior, pero para mi mundo privado, ella era el aire que respiraba.
Estaba entre la espada y la pared por un lado, el deber, la empresa y el linaje que mis padres me habían confiado por el otro, esta pasión prohibida que me consumía iba a vivir una doble vida, una mentira perfecta donde Olivia sería mi esposa ante las cámaras y Alya sería mi dueña tras puertas cerradas el riesgo era altísimo