Alya Fuentes
El sol de la mañana se sentía como una agresión contra mis párpados hinchados.
Apenas pude dormir un par de horas mi mente era un carrusel de imágenes caóticas, la mano de Mateo en mi muslo, el brillo de sus ojos en el baño y, sobre todo, el ardor de la bofetada de mi madre.
Deudas... esa palabra resonaba en mi cabeza como una campana fúnebre. ¿Era por eso que papá se había ido? ¿Se había escapado de la ruina dejándonos a nuestra suerte, o acaso la desesperación lo había llevado a algo peor?
Me arreglé mecánicamente, evitando mirar mi reflejo más de lo necesario.
Salí de casa casi a hurtadillas, temiendo encontrarme con el rostro gélido de Olivia en el desayuno. No quería explicaciones, ni disculpas que sabía que no vendrían.
Solo quería la normalidad de mis clases, el refugio de mis libros pero la normalidad había muerto el día anterior.
Al llegar al estacionamiento de la universidad, mi corazón dio un vuelco.
Allí apoyado contra un deportivo n***o que brillaba bajo el sol, estaba él. Mateo Montes no pasaba desapercibido, su sola presencia parecía doblar la realidad a su alrededor los estudiantes que pasaban lo miraban con curiosidad y respeto.
Bajé de mi auto con las manos temblorosas y caminé hacia él, tratando de fingir una seguridad que no tenía.
—¿Qué haces aquí, Mateo?— pregunté sin rodeos, omitiendo el "señor Montes" por primera vez.
Él se separó del auto y me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mi mejilla, donde la marca de la bofetada ya casi no se veía, pero él parecía intuirla.
—Necesitamos hablar, Alya. Y no aquí— su voz era una orden suave —Vamos a un lugar más privado.—
—Tengo clases— repliqué, señalando el edificio de la facultad —No puedo simplemente irme y ya. Mi futuro depende de mis estudios.—
—Solo esta vez— insistió, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal —Es importante. Prometo que no te arrepentirás.—
Había algo en su mirada, una mezcla de urgencia y una extraña ternura, que me desarmó. Suspiré, derrotada por mi propia curiosidad y por ese magnetismo que me quemaba.
Me subí a su auto y el rugido del motor fue el inicio de mi rendición. Manejó en silencio hasta un edificio imponente de cristal y acero en el centro financiero, En el estacionamiento subterráneo, el silencio se volvió pesado.
—Debes mantenerte lejos de mí, Mateo— dije, rompiendo el hielo mientras aún estábamos dentro del auto —Si de verdad quieres estar con mi madre, no puedes venir aquí y destruir mi vida. No es justo.—
Él apagó el motor y se giró hacia mí, apoyando un brazo en el respaldo de mi asiento.
—Desde ayer, cuando chocamos en esa cafetería, no he podido pensar en otra cosa— confesó, y su voz sonaba peligrosamente honesta —Me pareciste una mujer atrayente, atractiva... fascinante no fue planeado, Alya fue un choque en todos los sentidos.—
Sentí que me quemaba por dentro un calor líquido recorrió mi columna vertebral, algo que jamás había sentido con nadie, me sonrojé violentamente, odiando lo fácil que era para él provocarme esa reacción.
—Sube conmigo— pidió, señalando el ascensor privado del Penthouse.
Lo dudé. Sabía que cruzar esa puerta era un punto de no retorno, pero mi cuerpo ya había decidido por mí.
Asentí y subimos en un silencio cargado de electricidad su departamento era minimalista, lujoso y frío, como él nos sentamos en el enorme sofá de cuero que daba a un ventanal con vista a toda la ciudad.
—Te vas a casar con mi madre— repetí, intentando convencerme a mí misma más que a él —Ella está... ilusionada no es justo para nosotras.—
Mateo se acercó y con una lentitud tortuosa, acarició mi rostro con el dorso de sus dedos su tacto era como seda sobre fuego.
—Jamás había conocido a una chica que, en unas pocas horas y casi sin hablar, me dejara soñando con ella. Ayer, mientras tu madre hablaba de bodas y orquestas, yo solo podía pensar en el sabor de tu piel, Alya.— Me sonrojé aún más, si es que eso era posible. Me levanté del sofá, necesitando poner distancia
—¡No puedo! ¡Esto está mal!— exclamé, caminando de un lado a otro —Eres su prometido.
Él también se puso en pie, cortando la distancia con dos zancadas.—
—Entonces no me casaré con ella— soltó con una frialdad que me detuvo en seco. —Si esto es lo que siento por ti, no puedo casarme con Olivia sería una farsa que no estoy dispuesto a mantener, no voy a poder evitar buscarte Alya.—
El pánico me golpeó. Recordé el rostro desencajado de mi madre anoche, su confesión de la bancarrota. "Mateo Montes es nuestra única salida... o nos quedaremos en la calle". Si él cancelaba la boda por mi culpa, yo sería la responsable de nuestra destrucción total. Mi madre no me lo perdonaría jamás. Maldije en voz baja, sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros.
Cuando Mateo volvió a acercarse para acariciar mi rostro, esta vez no me aparté lo dejé, cerré los ojos, disfrutando de ese contacto prohibido mientras mi mente gritaba que me detuviera.
Él se alejó un momento, yendo hacia una mesa de centro regresó con una pequeña caja de terciopelo azul marino.
—Lo compré anoche, después de la cena— dijo, poniéndola en mis manos —Pensé en ti todo el tiempo.—
La abrí con dedos temblorosos dentro, descansaba una rosa roja perfecta, fresca y vibrante, y junto a ella, un collar de diamantes que atrapaba toda la luz del salón, acompañado de unos aretes a juego eran piezas de una elegancia abrumadora.
—Cuando lo vi, solo pude imaginar lo hermoso que se vería en tu cuello— susurró, su aliento rozando mi oreja. —Solo te pido una cosa, Alya, una cena juntos solo nosotros dos, una oportunidad—
Miré el brillo de los diamantes y luego sus ojos marrones, tan llenos de un deseo que me hacía sentir poderosa y vulnerable a la vez.
El conflicto en mi pecho era insoportable: la deuda de mi madre, el honor de mi familia, la desaparición de mi padre... y este hombre que me ofrecía el cielo mientras me arrastraba al infierno.
No pude evitarlo. En un impulso instintivo, solté la caja sobre el sofá, rodeé su cuello con mis brazos y lo besé. Fue un beso desesperado, hambriento, como si quisiera encontrar en sus labios todas las respuestas que no tenía. Mateo correspondió al instante, envolviendo mi cintura con sus brazos fuertes, pegándome a su cuerpo. En ese momento, el resto del mundo mi madre, la universidad, la ruina simplemente dejó de existir solo estábamos nosotros dos, en la cima de la ciudad, sellando un pacto que prometía destruirnos a todos.