Alya Fuentes
Caminar hacia el comedor se sintió como avanzar hacia un matadero. El ambiente, que debería ser de celebración, para mí estaba cargado de una electricidad estática que me erizaba los vellos de los brazos.
Mateo caminaba justo detrás de mí, y juraría que podía sentir el calor de su cuerpo a centímetros de mi espalda. Nos sentamos, y la disposición fue el primer golpe a mi cordura: él se ubicó en la cabecera, justo en medio de mi madre y de mí, dominando el espacio con una naturalidad aterradora.
Mi madre no perdió tiempo apenas las copas estuvieron llenas, comenzó un monólogo sobre la perfección.
—¡Va a ser la boda de la década, Mateo!— exclamó ella, sus ojos brillando con una luz que ahora me parecía extraña, casi febril —He estado revisando los jardines del hotel de la costa, imagínate los arreglos de orquídeas blancas, la orquesta... todo tiene que ser impecable. No podemos permitirnos menos, ¿verdad, cariño?—
Mateo asintió con una sonrisa educada, pero sus ojos no estaban en ella.
Debajo de la mesa, sentí un roce firme. Mi respiración se detuvo cuando sentí su mano grande y cálida posarse con total autoridad sobre mi muslo.
Me sobresalté, el cubierto en mi mano tintineó contra el plato de porcelana, provocando un ruido sordo que por suerte mi madre ignoró.
Intenté mover mi pierna, tratando de zafarme de su agarre de forma discreta, pero él cerró sus dedos con más fuerza, apretando la tela de mi vestido contra mi piel.
Era un toque posesivo, quemante. Mi corazón empezó a latir tan rápido que sentía los latidos en mis oídos, ahogando la voz de mi madre que ahora hablaba sobre el diseño de las invitaciones.
—¿Te pasa algo, Alya? Estás muy pálida— dijo Mateo, mirándome fijamente mientras su mano seguía su camino, subiendo apenas unos milímetros más por mi pierna.
—Yo... lo siento. El calor— balbuceé, sintiendo que me asfixiaba —Madre, señor Montes... ¿me permiten un momento? Necesito ir al baño.—
Sin esperar respuesta, me puse en pie con las piernas temblorosas y caminé casi huyendo.
Al entrar al baño, cerré la puerta con llave y me apoyé contra el lavabo, Abrí el grifo y dejé que el agua fría empapara mis manos antes de pasarlas por mi cara.
Mi reflejo en el espejo me devolvió una imagen de confusión pura las mejillas encendidas y los ojos dilatados.
Quería llorar. Me sentía sucia, pero al mismo tiempo, una parte traicionera de mi cuerpo seguía vibrando por su contacto. ¿Cómo podía ese hombre tocarme así frente a su futura esposa? Él no era mío, era de ella.
Él era el hombre que se suponía que debía llenar el vacío que dejó mi padre, no crear un abismo nuevo entre nosotras. Mi madre se veía emocionada, sí, pero no era la emoción del amor joven, era algo más... desesperado.
Unos golpes secos en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
—¿Alya? ¿Estás bien? —era la voz de Mateo.
Abrí la puerta dispuesta a reclamarle, pero antes de que pudiera decir nada, él entró al baño y cerró la puerta tras de sí, acorralándome contra el mármol del lavabo.
—¿Qué haces? ¡Vete de aquí ahora mismo o voy a gritar!— amenacé, aunque mi voz me traicionó sonando más asustada que firme.
—No vas a gritar, Alya— dijo él con esa voz de barítono que parecía vibrar en las paredes. —Solo quería disculparme por mi atrevimiento en la mesa. Es que... es un placer tan grande conocerte que me costó contenerme.—
Él se inclinó, su rostro a centímetros del mío pude oler el vino y su perfume caro sus ojos bajaron a mis labios con una intención tan clara que sentí un escalofrío. Intentó besarme, pero giré la cara en el último segundo.
—Le voy a decir a mi madre— sentencié, sintiendo mi rostro arder. Él notó mi sonrojo y una sonrisa de suficiencia apareció en su rostro.
—Dile— me retó suavemente
—Pero antes, deberías saber algo no me caso con Olivia por amor, Alya mas familias de nuestra posición tienen... exigencias, uniones que convienen, mi familia exige un matrimonio y yo cumplo y tu madre... bueno, ella también parece tener mucha prisa por este matrimonio aunque admito que no sé exactamente cuáles son todos sus motivos.— no entendía a lo que se refia pero estaba claro que por amor no era que se casaría.
Me quedé helada. ¿Exigencias familiares? Él sacó una tarjeta de seda negra de su bolsillo y la deslizó por el escote de mi vestido, rozando mi piel.
—Mi número personal usalo cuando dejes de estar tan asustada de lo que sientes— dijo antes de salir del baño, dejándome con el corazón a punto de estallar.
Salí minutos después, fingiendo una calma que no tenía. Me senté de nuevo en la mesa.
Mi madre y Mateo ya estaban discutiendo fechas. "Tres meses", decía ella. "Un mes sería mejor", replicaba él con una mirada gélida.
Me mantuve en silencio, comiendo mecánicamente hasta que la cena terminó y Mateo se despidió con una elegancia que ahora me resultaba repulsiva.
En cuanto la puerta principal se cerró, me acerqué a mi madre. Estaba recogiendo unas copas, su rostro de nuevo serio y distante.
—Mamá... tengo que contarte algo — comencé, sintiendo una opresión en el pecho —Mateo... él me dijo algo.—
Ella se detuvo y me miró de reojo, esperando. —Dijo que no se casa contigo por amor, que es un compromiso de su familia y... mamá él me coqueteo hoy en la cafetería, no es el hombre que crees que es me ha estado faltando al respeto.—
No mencioné lo del baño, pero el simple hecho de delatar su coqueteo me pareció suficiente. Esperaba que ella se derrumbara, que llorara o que cancelara todo.
Lo que recibí fue un golpe seco que me giró la cara. El impacto de su mano contra mi mejilla resonó en la sala vacía.
—¡Cállate!—gritó ella.
Su voz llena de un odio que nunca le había conocido. —¿Quién te crees que eres para intentar arruinar esto?—
—¡Él te está usando, mamá!— grité, llevándome la mano a la cara ardiente
—¡No lo necesitamos! ¡Tenemos el dinero de papá, podemos irnos, puedo trabajar!— quería que supiera que no tenía que hacerlo
—¡No tenemos nada, estúpida!— gritó ella, sus ojos inyectados en sangre mientras se acercaba a mí
—¡Estamos en la ruina! ¡Tu padre no dejó nada más que deudas y cuentas vacías que he estado ocultando durante años!— Me quedé en shock, el aire se escapó de mis pulmones.
—¿Qué...?— susurré.
—Este estilo de vida, esta casa, tu universidad... todo se sostiene por hilos, Alya. Mateo Montes es nuestra única salida si él se casa conmigo, sus activos cubrirán nuestras deudas así que vas a cerrar la boca, vas a ser amable y vas a dejar de meterte entre nosotros con tus fantasías de niña consentida o nos quedaremos en la calle mañana mismo.— Quedé fría.
Mi madre dio media vuelta y subió las escaleras, dejándome sola en la penumbra del comedor la bofetada ya no me dolía tanto como la verdad.
Estábamos en bancarrota...
Mi vida era una mentira y mi única salvación era el hombre que acababa de meterme su tarjeta en el pecho después de intentar besarme.