Alya Fuentes El eco de mis pasos en el nuevo pasillo de mi padre sonaba a victoria, aunque fuera una pequeña y silenciosa. me pasé la mañana doblando sus camisas y pantalones que me había comprado, acomodando los pocos libros que habían sobrevivido al naufragio de su vida y asegurándome de que la alacena tuviera todo lo necesario. Él me miraba con una mezcla de adoración y culpa, deteniéndome de vez en cuando para decirme que no era necesario tanto esfuerzo, pero yo necesitaba ese ajetreo. Necesitaba sentir que, por una vez, yo era la arquitecta de la seguridad de alguien más. Al dejarlo instalado. El regreso a casa con Matro quien había decidido acompañarnos fue un viaje envuelto en un silencio denso, casi sólido. Él conducía con esa eficiencia mecánica que lo caracterizaba, con la m

