Alya Fuentes —Por hoy es suficiente, Alya —dijo Ángel, apoyándose en el marco de la puerta de mi oficina con una sonrisa que lograba suavizar incluso la dureza de sus propios rasgos—. Vamos a salir un poco más temprano. Necesitas ver el apartamento, instalarte mínimamente y, bueno... tenemos ese evento en la noche. Quiero que tengas tiempo para ti. Asentí con un movimiento de cabeza, sintiendo que por fin alguien respetaba mis ritmos y mi necesidad de espacio. —Gracias, Ángel. Te veo en un momento. Él se retiró y yo me quedé un par de minutos más cerrando los archivos en la computadora. Mi teléfono, que descansaba sobre el escritorio como una pequeña granada a punto de estallar, comenzó a vibrar de nuevo. Mateo. Otra vez. Había perdido la cuenta de cuántas llamadas llevaba ig

