Alya Fuentes La mañana se sentía como una condena de muerte envuelta en papel de seda. El despertador había sonado demasiado temprano, obligándome a abandonar la seguridad de mis sábanas para enfrentarme a la farsa que era mi vida Me quedé frente al espejo del baño por lo que parecieron horas, mirando el colgante de oro viejo que descansaba sobre mi clavícula. Mis manos temblaron mientras abrochaba los botones de mi blusa de seda, ocultando la joya, pero sintiendo su peso frío contra mi piel. Era una marca de propiedad, una cadena invisible que me arrastraba de vuelta hacia él, sin importar cuánto intentara Ángel rescatarme con su bondad infinita. Llegué a la oficina de Ángel con el corazón en la garganta. La lluvia golpeaba los cristales de la torre corporativa, creando un ambiente d

