Alya Fuentes El peso del aire en el salón era casi insoportable mientras terminaba de abrocharme el abrigo frente al espejo. Podía sentir la mirada de Mateo en mi nuca, una caricia invisible cargada de preguntas que no se atrevía a formular. Él sabía leer mis silencios mejor que nadie, y estoy segura de que no se le escapaba el modo en que Marcos y yo habíamos estado coordinando movimientos durante las últimas horas. Mateo es un hombre que conoce a su gente; sabe cuando la lealtad de un escolta ha sido secuestrada por una causa mayor, y aunque no tenía idea de que el metal de la caja fuerte estaba oculto bajo mi mando, su intuición le gritaba que yo estaba cruzando una línea de no retorno. —Ten cuidado hoy, Alya —murmuró él desde el umbral de la cocina, con esa voz grave que siempre logr

